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Humildad y caridad 
3 de noviembre
Por Mª Nieves Díez

«En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: “¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!”. Jesús le contestó: “Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: ‘Venid, que ya está preparado’. Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor’. Otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor’. Otro dijo: ‘Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir’. El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: ‘Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’. El criado dijo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio’. Entonces el amo le dijo: ‘Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa’. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”». (Lc 14,15-24)


Cuando el Señor invita no puede haber excusas, nada es más importante que la llamada de Dios. Pero el hombre está atareado con sus pequeñísimas cosas, no tiene lente para ver la inmensidad del ser, que le hace el gran favor de llamarle a su banquete. El cuidado de los bienes, que en su parábola Jesús identifica con el campo y los bueyes, o el matrimonio, como un importante acontecimiento en la vida personal, son impedimentos que con nuestros ojos miopes vemos lógicos para ser dispensados. ¡Ah!, pero más importante que eso es la invitación al banquete. Y el Señor se indigna y busca comensales en las plazas: los pobres, los lisiados, los ciegos, los cojos, todos aquellos que en la sociedad de ese momento eran despreciados por inútiles y apartados, como el ciego Bartimeo, obligados a pedir limosna a la orilla del camino.

La invitación al banquete es diaria y resuena en el fondo de cada corazón humano, y la negación a asistir va a veces acompañada de rechazo, desprecio, increencia en los que se agrupan como enemigos de Dios, porque la dureza de sus corazones no les permite contemplar siquiera esta posibilidad. Pero la invitación la reciben también los creyentes, en este texto se deja claro que la invitación es para los que se dicen sus amigos, y de ahí la lógica indignación del Señor.

Los marginados a los que llama el Señor, enfadado y dolido por el desprecio de sus amigos, pueden ser en nuestro mundo religioso de hoy los que no conocen los textos sagrados, los que no asisten a la iglesia, los que no alardean de cercanía con Dios, los que no tienen la presunción de ser guías espirituales de los demás, pero tienen el corazón abierto y dúctil para responder a la llamada.

Es muy difícil oír la voz que invita porque el ajetreo de la vida nos mantiene alejados. Nuestros caminos no son sus caminos ni nuestros fines son los fines de Dios… Por eso el místico se hace esta continua pregunta: ¿Qué quieres de mí? ¿Qué tengo que hacer? Así lo expresa en sus versos nuestra Santa Teresa de Jesús: “Vuestra soy, para vos nací,/ ¿qué mandáis hacer de mí?”.

La santa le pide a Dios que le muestre su voluntad porque en tantas situaciones complicadas de la vida, ante una difícil determinación, nos sentimos inquietos e inseguros: ¿Voy a probar la yunta de bueyes? ¿Se me pide hoy ir al banquete del Señor? No creo que los santos tuvieran siempre claro qué se les pedía, cuál era la voluntad de Dios, porque no siempre se muestra tan diáfana. Jesús en Getsemaní es un ejemplo de la aceptación de la voluntad de Dios, pero Él sí la conocía. Nosotros tenemos que pedir insistentemente que se nos muestre el camino, como dice el salmo (24, 4-5): “Muéstrame, Señor, tus caminos, instrúyeme en tus sendas. Guíame en tu verdad, enséñame que eres el Dios de mi salvación”. Pero también dice San Pablo: “Conozco el bien —es decir, la voluntad de Dios— y hago el mal”.

Alguien me dijo una vez que el mandato Cristo es fácil, solo hay dos exigencias: humildad y caridad; reconocimiento de nuestra debilidad ante Dios y ante los hombres y amor al hermano siempre. ¿Fácil? ¡Casi nada! Supongo que la tensión diaria de querer hacerlo según su voluntad, conociendo nuestra debilidad, basta, porque como dice San Pablo (Efesios 2, 8-9): “Es Cristo con su sangre quien nos salva”, “tampoco viene de las obras para que nadie se gloríe”. Es preciso desechar la soberbia espiritual. Cumplir la voluntad de Dios está en nuestro programa de seguidores de Cristo, y no hay motivo para ponerse condecoraciones por cumplir con nuestra vocación ni nuestro deber.

Con la humilde actitud del publicano, quizá entremos al banquete en el grupo de pobres y lisiados que Dios escogerá rechazando a los que declinaron su invitación.

Mª Nieves Díez

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