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Hungría, la piedra de toque del estado de la Unión Europea 

 | (Observatorio Cardenal Van Thuân)- El 25 de junio pasado, 17 de los 27 países de la Unión Europea rechazaron una ley húngara que prohibía la «promoción de la homosexualidad» entre los menores. En esa ocasión, Ursula Von der Leyen anunció la llegada de dos procedimientos de infracción, uno contra Hungría y otro contra Polonia. La cumbre europea se celebró en presencia del secretario general de la ONU, Antonio Guterres. Nueve países: Bulgaria, Croacia, Letonia, Lituania, Polonia, la República Checa, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia y, por supuesto, Hungría, no asistieron a la reunión y no estuvieron de acuerdo con la resolución. Estos países tienen en común un pasado con un régimen comunista, que sufrieron durante décadas y que, al parecer, los inmunizó contra el virus del 68 y la cultura del prejuicio de la que se alimenta el progresismo. Un progresismo que, últimamente, ha sido bautizado como woke, quizás por su obsolescencia, como hacen los viejos que ya no son jóvenes, pero se compartan como tales. Una cultura que etiqueta y para la que Orban es irremediablemente malo, una maldad confirmada por esta ley, aprobada por una amplia mayoría. En 2013 se aprobó en Rusia una ley similar, que prohíbe la «propaganda gay» a los menores. Esta vez, sin embargo, los villanos parecen ser los otros. Porque la red mediática occidental se ha negado a dar espacio periodístico a la ministra de Justicia húngara, Judit Varga, que en un artículo intentó explicar el contenido real de la ley incriminada. Una censura unánime de la prensa de los principales países europeos; solo Le Figaro se dignó publicarlo. Una condena, la de la UE, en contumacia; sin embargo, no fue el acusado quien se ausentó, sino el tribunal, que publicó la sentencia sin llevar a cabo ningún procedimiento judicial, al menos en público. Los periódicos italianos, por supuesto, se alinearon con el resto de los medios de comunicación: acusaron a Hungría de homofobia y falsearon el contenido de la ley húngara. Solo La Verità dio espacio, el 15 de julio, al ministro con una larga entrevista.

El corazón de la ley húngara aprobada el 15 de junio de 2021 reside en la prohibición de acceso a los menores de 18 años a contenidos que promuevan o representen la llamada divergencia de la identidad personal correspondiente al sexo de nacimiento, el cambio de sexo o la homosexualidad.  Además, la letra de la ley se ajusta plenamente al apartado 3 del artículo 14 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, que establece que «se respetará la libertad (…) de los padres de proveer a la educación y la formación de sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas, de acuerdo con las leyes nacionales que regulan el ejercicio de esta libertad». La ley prohíbe la propaganda sexual, la promoción y representación directa, natural o intencionada de la sexualidad (ya sea heterosexual u homosexual) o la promoción de la desviación del sexo de nacimiento, el cambio de género. La nueva ley prohíbe el acceso a las escuelas de las organizaciones LGBT que quieran llevar a cabo proyectos de «formación» sobre la cultura de género, precisamente uno de los puntos en juego en el proyecto de ley italiano Zan. Además, se censurarán los libros infantiles que hablen de la homosexualidad en términos de propaganda y no se dará espacio a las campañas de inclusión de las comunidades LGBT+.

Por supuesto, la prensa italiana ha criticado la ley húngara no por lo que dice, sino por lo que representa a los ojos del progresismo. Para ello, los periódicos exhumaron la historia de Jozsef Szajer, colaborador de Orban y coautor del nuevo texto constitucional húngaro profamilia que, en 2020, en pleno confinamiento, fue detenido por la policía de Bruselas durante una redada en una fiesta homosexual. Los buitres se abalanzaron sobre la presa y, en lugar de discutir sobre el texto legislativo, se dedicaron a señalar con el dedo moralizador la incoherencia del «pecador», para denigrar al entorno del gobierno húngaro. Pero si el vino es bueno, lo es a pesar de la existencia de borrachos. La coherencia de los gobernantes húngaros no se cuestiona; baste decir que la ministra Judit Varga es una mujer con tres hijos del mismo hombre, y Orban tiene cinco hijos y lleva 30 años casado con la misma mujer, casos raros que hay que mencionar. Para escribir tres páginas de denigración contra Hungría, Il Foglio del 28 de junio envió a dos periodistas, que titularon su artículo «L’imbroglio di Orban» [«El engaño de Orban»]. Lo paradójico es que, al final del artículo, no queda claro de qué embrollo se está hablando.  La ley es muy clara en su letra e intenciones. Es necesario proteger a los menores de la pornografía y de las distorsiones irracionales de género, devolviendo el protagonismo a la familia y a los padres, que no deben tener esquemas educativos impuestos por organismos que no están legitimados para ello. La legislación debería exportarse a toda Europa porque protege a los niños y adolescentes de la influencia nociva de la pornografía, sea cual sea su naturaleza, ya que representa la sexualidad como un fin en sí mismo. Se trata de un argumento sólido y de peso, que da una importancia primordial a la educación integral de la persona humana en lugar de hacer pasar por «educación» sexual el «manual de instrucciones» de obsoleta memoria y que se remonta al 68.

La historia de la ley húngara anulada por el grupo de los 17 demuestra que hay una división política y cultural en Europa que se achaca a Orban. En realidad, el asunto no es más que la piedra de toque que pone de manifiesto las profundas contradicciones inherentes a la UE, que no es Europa, sino su negación. La ruptura con un pasado bimilenario llamado Roma, Atenas, Jerusalén y Cristianismo, sin el cual Europa no sería más que un vástago peninsular de Asia. Contradiciéndose, Il Foglio escribe: «Para Europa, que siempre se enfrenta a la dificultad de poder hablar con una sola voz, de imponerse como potencia internacional, de ser creíble, Hungría es un freno más. En 2020 Budapest tomó como rehén el Fondo de Recuperación para desafiar la condicionalidad del Estado de Derecho. En 2021 tomó como rehén la política exterior.». En resumen, la UE sería tan débil como para ser socavada por un pequeño país de diez millones de habitantes. Hungría ha hecho enloquecer a la UE al incluir en su nueva Constitución la definición de familia como una entidad fundada en la unión de un padre y una madre, un hecho insólito y horrible sobre todo para los habitantes de todas las ZTL de Europa. Nuestro continente tiene un defensor solitario de los cristianos perseguidos, Orban, -siempre es él-, y su Ministro de Recursos Humanos Zoltan Balog que declaró: «Hoy en día el cristianismo se ha convertido en la religión más perseguida: de cada cinco personas asesinadas por motivos religiosos, cuatro son cristianas». Desde 2017, Hungría ha ayudado económicamente a 100.000 cristianos en África, ha donado un millón de euros para la reconstrucción de Beirut, ha construido casas para 1.200 familias cristianas en Iraq, escuelas para los cristianos de las Iglesias caldeas y siro-ortodoxa, 33 iglesias en el Líbano y, por último, ha participado en el desarrollo y la construcción en la Llanura de Nínive. ¿Dónde está la UE en todo esto?

Sentimos curiosidad por saber qué hará la UE cuando se celebre la Copa del Mundo de 2022 en Qatar, donde la homosexualidad se condena con tres años de cárcel, flagelación y, si es el caso, la pena de muerte. ¿También se arrodillarán allí los equipos? ¿Tendrán los estadios los colores del arcoíris? Problemas graves, que estamos seguros que los burócratas de la UE sabrán resolver. ¿Es esta la moral pragmática de Bruselas, hablar duro con Orban y someterse al islam?

Las políticas húngaras están recuperando un país que estaban en extinción demográfica. La población en 1980 era de 10,7 millones, hoy es de 9,7 millones. El líder húngaro ha aprobado un paquete de leyes que han revitalizado las políticas familiares, generando una auténtica explosión de la natalidad que aún está lejos de compensar lo perdido por la depresión institucional, cultural y demográfica del régimen comunista. Enderezar una curva demográfica es difícil, requiere tiempo y determinación. Si Europa no cambia su régimen cultural, está condenada a la extinción, con el beneplácito de la burocracia que la domina desde Bruselas. Entre 2010 y 2020, el gobierno de Budapest ha elevado el índice de natalidad de 1,25 (el índice actual italiano) a 1,56, lo que supone un crecimiento del 28%. Receta: políticas familiares, promoción y apoyo a las parejas jóvenes, empleo femenino, oposición cultura a la ideología de género, no inmigrantes. Hay que recordar que Judith Butler concibió la ideología de género como un medio para «destradicionalizar» la familia, deconstruirla y, con ello, abolir las nociones de masculino-femenino en favor de un mundo líquido que constituya el espacio de afirmación de la máxima libertad. Bruselas ha hecho suya esta visión de «máxima libertad», que cree que se consigue con el género y su difusión en las escuelas gracias a los espacios concedidos a las ONG y a las siglas LGBT+. Al mismo tiempo, uno de los paladines de la cultura de la cancelación [cancel culture] occidental, Michel Foucault, causa estragos en los campus estadounidenses: Harvard tiene 24 cursos sobre el pensador francés, un maestro del suicidio de Occidente y del odio hacia nosotros mismos que la UE parece cultivar, persiguiendo a los que nadan a contracorriente. Por consiguiente, atacar a Hungría no es atacar a una pequeña nación de diez millones de habitantes en el corazón de Europa, sino que atacar una cultura, la visión natural y cristiana, nuestras raíces. No sabemos hasta qué punto Orban es consciente de esto, pero sus pasos políticos demuestran que la UE de los 27 está dividida: hay 10 patrias disidentes que forman, de facto, un dique geocultural. El imperialismo moral de la UE es incomprensible a los ojos de muchos pueblos, especialmente del Este. ¿Por qué las familias húngaras no pueden decidir libremente sobre la educación de sus hijos?

Peter de Vries, periodista de investigación, recientemente asesinado por la «MocroMaffia» holandesa, una organización criminal de origen magrebí instalada en el país de los tulipanes, solía decir: «De rodillas no hay manera de ser libres». La lucha por la vida de una civilización o de una nación pasa por la afirmación y la defensa de la vida en todos los ámbitos, empezando por la escuela, los niños, los jóvenes, y la capacidad de mantener tu identidad, las verdades y los valores que profesas. Orban está construyendo una Hungría que permanezca de pie, que es la espina en el costado de la UE. Tal vez sea esta la razón por la que los burócratas de Bruselas le hacen la guerra y sus servidores del mundo mediático lo estigmatizan continuamente como «¡Orban el malo!».

Publicado por Paolo Piro en el Observatorio Cardenal Van Thuân.

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

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