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Importancia de la familia cristiana 

Panorama actual

Ante los modos laicistas de entender la vida que predominan hoy en el Occidente —tradicionalmente denominado cristiano— y los foráneos impuestos en especial por la inmigración musulmana, que cada día se están afirmando con mayor osadía; si Dios no existiera o si, existiendo, no se interesara por nada de lo que pasa en el mundo, cabría sacar la consecuencia de que en poco tiempo habrá de extinguirse la humanidad, porque el hombre está empeñada en actuar en contra de su naturaleza.

En efecto, con una natalidad decreciente en todas las sociedades del “primer mundo”, que, además, han convertido el crimen del aborto provocado en un “derecho” y, por si fuera poco, abogan por hacer lo mismo con la eutanasia; todo esto durante años y sin que se vislumbre un cambio de sentido en la tendencia, se están sentando las bases para la desaparición del mundo Occidental. Si a esto se añaden unas campañas publicitarias suicidas entre las poblaciones tercermundistas para que eviten la procreación —a veces mediante imposiciones que ahogan la libertad personal— también se está obstruyendo la fuente de vida humana que podría provenir de esos países para paliar el descenso del índice de natalidad en Occidente. Y si, por si fuera poco lo anterior para hacer desaparecer al hombre de la faz de la tierra, cabe añadir que cada día es más difícil que se resuelvan los enfrentamientos endémicos entre facciones irreductibles, que “solamente” duran decenas de años en el mejor de los casos, y constituyen una sangría imparable, dando pie a la propagación de un ciego terrorismo y a la proliferación de países en posesión de armas nucleares. Con todo este panorama, no es aventurado pronosticar que la disminución de la población mundial llegará a alcanzar cifras alarmantes en muy poco tiempo.

Todo esto lleva años produciéndose ante la impasibilidad y el egoísmo que ciega a los que podrían hacer algo verdaderamente eficaz por los demás para invertir tales tendencias destructivas. Lo cual supone nulos deseos de mejorar la situación, pues el dios dinero más el dios poder han paralizado todo impulso altruista en quienes verdaderamente podrían. Y ya lo que acaba de rematar tan negativo panorama es ese “progresismo” científico y tecnológico que sin ningún freno moral se ha lanzado a realizar todo lo que es capaz de hacer la ciencia, sin tener en cuenta si beneficia o no a los hombres ni el daño que provoca en los medios naturales. Solo priva el afán investigador y un desmedido deseo de acumular beneficios industriales, financieros y de cualquier índole, salvo aquellos de los que está carente la humanidad. En resumen, se hace absolutamente imposible una supervivencia a largo plazo.

Sin embargo, Dios existe y es providente. Por eso, en medio de este desorientado mundo en el que los poderosos de las distintas facciones se disputan la hegemonía planetaria, alimentando egolátricas utopías de los paraísos por ellos propuestos y dominados, se ve cómo inexorablemente, con el paso del tiempo, uno tras otro van cayendo los castillos de naipes elaborados por tales visionarios con ansia de ser alguien, que se jactan hasta de creerse dioses poseedores de una omnipotencia indiscutible. Pues, en definitiva, esos personajes no han pasado de ser unos engreídos mortales cuyo nombre apenas se recordará después de algunas generaciones.

Entre tanto desbarajuste y sinsentido, la Iglesia de Jesucristo —santa y humilde, aunque pecadora— permanece impertérrita, monolítica en la defensa y enseñanza de su doctrina de siempre; y, a través de ella, Dios actúa. Esta Iglesia jamás será corrompida ni destruida, porque Jesucristo, vivo y resucitado es quien la guía, con el Espíritu Santo, y la acompañará hasta la consumación de los siglos. Sufrirá poderosos embates, será perseguida incluso desde dentro, pero la tempestad pasará, y lúcida, radiante y victoriosa cumplirá su misión llevando a los elegidos a las anheladas playas de la eternidad, mientras sus enemigos, confundidos, se disolverán en la nadería de sus vanas utopías o, tocados por la gracia y la misericordia divina, abjurarán de sus necedades y se incorporarán al inmenso número de los salvados.

Lo que Dios tiene preparado para este mundo tan confundido es algo que no puede saberse. Si ha decidido que llegue la consumación de los tiempos, el propio hombre está facilitando el camino. Si tiene prevista la recuperación y la salida del atolladero de toda la humanidad, Él sabrá cuándo y cómo deberá llevarse a cabo esta redención. En todo caso, el cristiano sabe que nunca será abandonado por Jesucristo y eso es de un inmenso consuelo y fuente de esperanza.

Título: La única esperanza. Autor: Juan José Guerrero. Editorial: Editorial Bendita María. Av. Pablo VI, 9. 28224 Pozuelo de Alarcón (Madrid). Tf. 917 597 968.

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