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Inmaculada Concepción 
8 de diciembre
Por Manuel Requena

JAIRE KEJARITOMENE

 En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Y el ángel se retiró. (Lc 1,26-38)

Hoy en la liturgia, cielo y tierra miramos hacia el mismo punto de fusión, la virgen nazarena, nacida sin las torpes cadenas de su madre Eva, y adornada con plenitud de gracias. Ninguna creatura conocida, hombres o ángeles, la superan. Su corazón y su vientre estaban preparados para ser primer lugar de encuentro del Creador con su proyecto cósmico y humano, en nueva fase. Dios había querido siempre hacerse hombre desde que lo creó. ¿Se hubiese encarnado si Adán no hubiese pecado? Yo creo que sí. La aventura de ocupar el vientre y el alma de María, como templo vivo del Espíritu, para empezar a ver todo el mundo creado desde la perspectiva de los ojos humanos, era como la justificación de toda su obra. El pecado solo fue una piedra en el camino. Pero un lecho del río de la vida, ahora seco, y el hueco de una fuente fecunda que manase de su esencia eterna le estaban esperando. No faltaría a la cita. Al que todo lo puede, le era imposible dejar de ser Dios, de amar, de permitir que alguien tan torpe como un ángel caído, con la colaboración de la pasión humana descontrolada, le rompiesen sus planes de vivir en medio de sus criaturas vivas. Y buscó una puerta de entrada secreta, humilde, fascinante, escondida en un un lugar absurdo para la la historia de la codicia y la soberbia humana, Nazaret.

En el pequeño pueblo galileo, una virgen, desposada ya, aceptó hacer realidad en sí misma, la plenitud del mensaje guardado en Israel durante siglos: «el Señor está en ti (meta sou) … «La fuerza del Altísimo te cubrirá». La Presencia y la “Fuerza”, siempre había estado cerca de su pueblo, pero no de aquella forma engendrante y universal, católicamente fecunda.

La clave del mensaje de Lucas, en cuanto al alma de María, nos la da Gabriel, el Arcángel bendito de las noticias más humanas del Misterio: “¡Jaire kejaritomene…! Alégrate superalegre…! Engráciate hasta la plenitud de gracia que ya brota en ti desde antes de nacer!

 ¿Qué hizo Grabriel? ¿Anunció, describió, admiró, pidió? Porque todos esos sentidos caben en el escueto mensaje. La riqueza del Evangelio está en la posibilidad de dar respuesta a todas nuestras preguntas y formas de preguntar, sobre el Misterio de Dios entre los hombres. Los mismos ángeles, los buenos y los malos, en lo que atañe a los hombres, quedaron vinculados por aquella realidad que el Padre estaba manifestando ahora: toda la obra creativa de cielos y tierra, tenían y tienen como centro, la presencia en ella del propio Creador, no hecho ángel, sino hecho hombre, nacido de una humilde mujer a la que llenó previamente de su gracia, modelando en su vientre, por la fuerza del Espíritu Santo, a su Hijo amado, su imagen perfecta.

La misma virgen se asombra ante la obra que estaba realizándose en ella. Su ser entero, alma, cuerpo y espíritu, en plenitud de gracia, se convirtió con su aceptación, en templo del Hijo de Dios, y para nosotros, en alegría de fe.

La alegría cristiana que produce la Noticia, es el índice del proceso de transformación, hasta la semejanza con el Hijo de Dios. El estado de conciencia, anunciado por Gabriel, que a ella le embargó ante el Misterio, fue la emoción inteligente, o la inteligencia emocionante que aún nos cautiva como “alegría cristiana”

Toda la fuerza sintética y descriptiva del griego que emplea Lucas, se unifican en el humilde término ale-gría, alezeia y jaris verdad y gracia. ALE significa la verdad, la luz que ilumina la mente, y  JARIS resume la fuerza pasional, el calor del corazón que engendra vida, la gracia de la Palabra. Incluso las letras centrales de los dos conceptos, la L y la J, en todos los idiomas, se sitúan o impostan para su pronunciación en los lugares que nos dan otra clave. La ele se pronuncia en el velo del paladar, en el llamado cielo de la boca, –como ELI, o ALA–. En cambio la jota, especialmente para los semitas, se pronuncia en lo más profundo de la garganta, como saliendo del corazón, núcleo de nuestras pasiones y fuerza, según la antropología que traducen esos fonemas. Ese sería el Jaris kejaritomene griego, con el que Gabriél saludó a María. Y con tanta Verdad saludó, y con tanta pasión ella recibió la Palabra, que Dios se hizo carne entre nosotros.

Gabriél debió quedar prendado de aquella misión. Estaba acostumbrado a la belleza de Dios, ante cuyo trono sirve siempre, pero aquello era sorpresivo, demasiado. ¡Su Dios hecho un hombre en el vientre de aquella criatura, aunque fuese excepcional! Todos los artistas lo pintan en actitud reverente, entrando al misterio en el que ella vivía, que era también el misterio de toda la humanidad. El Señor de ángeles y hombres, estaba culminando su gran obra.

Y aún sigue culminando, hasta que entremos todos en esa admiración.

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