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Internet: la RED II parte 

Decíamos en la anterior que no había que alarmarse, que todo dependía del uso que se haga de un buen instrumento. Es cierto, que un azadón sirve y está concebido para cavar la tierra y que sólo el asesino puede utilizarlo para matar a su vecino, pero en la Red, sin embargo, no todo es bueno. Y no todo depende de la buena voluntad del que la usa. Hay una verdadera intencionalidad cada vez más extendida, por aquellos que sólo aman el dinero, de convertirla en un lugar de adoctrinamiento, de perversión y de contaminación de la humanidad, no por el mero afán de pervertir, sino de captar clientes e incrementar las ganancias para el futuro. Se trata de engendrar consumidores para empresas hasta la irrupción de Internet sólo satisfacían las necesidades de los perversos. El fácil, el universal acceso de cualquiera al dominio de lo perverso hace que se extienda a las masas como la pólvora lo que antes estaba restringido a gente enferma o muy débil. La contaminación mimética de las distintas adiciones amenaza como la peste con enfermar a la humanidad.

La bandera de la libertad sirve para justificar cualquier atrocidad con tal que sea fruto de mi voluntad y pertenezca o se mantenga en el ámbito de la privacidad. Pero el problema aparece cuando en el mostrador de la tienda, en esa ventana electrónica -por la que pasa todo el mundo: niños, ancianos, locos y ciudadanos normales-, se ofertan gratis centenares de armas mortales de uso inmediato. Qué fácil es que esa disponibilidad gratuita se convierta en un factor de riesgo de incalculables consecuencias.

Este discurso suena reaccionario, pero es lo contrario: hoy, ya, es revolucionario. Advertir que el hombre es un ser mimético, que copia sin reflexión, que nuestras neuronas de espejo buscan repetir lo que han visto que a otros les gusta y porque les gusta, no porque sea bueno o malo, y que la reflexión viene después de sufridas las consecuencias… es una mera constatación, no una carga moralista reaccionaria.

Son miles y miles de páginas webs las que cada día están exhibiendo pornografía, violencia, e incitando a los hombres a caer prisioneros de sus redes de ludopatía, pederastia, o un uso indebido de recursos inmorales que hace a algunos ricos a costa de las debilidades de unos cuantos. Introducir una adicción de cualquier tipo requiere la extensión del producto sin medida, la publicidad gratuita, la exhibición de fácil acceso… eso se llama “abrir mercado”, crear clientes para el futuro que habrán interiorizado la naturalidad de la pornografía, lo divertido del juego, el placer de la violencia, la necesidad del egoísmo para la supervivencia… Y fruto de esta voluntad libre incentivada, se obtiene una voluntad enganchada, enviscada. Lo que empezó siendo un canto a la libertad acabará con ella. Ya no se entrará para ejercer la voluntad libre de navegar a placer, comunicarse, intercambiar experiencias, sino para saciar lo insaciable, para vender y comprar, para enganchar al pez en el anzuelo.

Cuando ya no tengan posibilidades de echar la culpa a la religión, a la moral (siempre habrá quien vea restos por todos lados de patriarcalismo, moralismo, e influencia nefasta de las creencias primitivas aunque las hayan hecho desaparecer de las escena pública y educativa) los intelectuales de avanzadilla  pondrán el grito en el cielo en aras de la pérdida de la humanidad en las relaciones entre vecinos, de la pérdida del misterio y de la poesía en las en las relaciones sexuales… y querrán rescatar para sus hijos el pudor, el respeto absoluto al otro, querrán, los indistintos gobiernos, rescatar la sexualidad para la procreación porque la supervivencia de la especie estará amenazada… ¿Pero cómo lo harán si en el camino todos los obstáculos que la humanidad había tardado siglos en adquirir los hemos dilapidado con un par de leyes al gusto de cualquier votante? La expresa denuncia de la locura de los actos perversos que protegía más y mejor de la expansión indiscriminada del mal social, se ha convertido en la reivindicación del orgullo de cualquier grupo que guste de eso o aquello.

De momento, por ahora, en nuestra estrechez de miras toda la locura de las ofertas universales de Internet se defiende en aras de la libertad. Eso lo justifica todo porque es incontestable si mana de mi voluntad. Sería una injerencia intolerable que alguien pusiera cortapisas a mi determinación. Ya que todo me está permitido y, ahora, también,  todo me es lícito, sólo les queda hacer arte de todo: de los cuerpos de muertos exhibidos como obras para la contemplación estética, de la comida o la idolatría del buen gourmet que llega al paroxismo de la Grand Buffe, de la emoción de la sangre esparcida por doquier en todas las películas, de la supuesta belleza de unos cuerpos fundidos en espasmos. Pero no es ésta la belleza que entiende Dostoievski que salvará al mundo. Dentro de nada será exhibir descarnados los cuerpos vivos, comer hasta reventar en orgías sin fin, quedar por Internet para comerse unos a otros ya no será el plato a degustar de un loco, será una experiencia de espíritus exquisitos que ya lo habían probado todo, será el gusto por la cacería del hombre por el hombre -como las del zorro en Inglaterra-, y decenas de aberraciones más que explotarán la imaginación hasta la monótona repetición de lo de siempre, porque es fácil agotarla si sólo se trata de cuerpos. La búsqueda del placer infinito está frustrada antes de empezar, porque nos rodea la finitud en todo lo humano. Por eso hay que multiplicar las experiencias repetitivas con variaciones cada vez más provocadoras, o pagar inmensas cantidades de dinero por una idea creativa que nos libere del “más de lo mismo”, pero cada vez hay que ir más lejos en las exploración de nuevos caminos… es una condición antropológica que nos ha ayudado a evolucionar, pero que también puede ayudarnos a desaparecer como especie. Será superior la realidad a la ficción… y eso es lo que permite Internet: cada uno tendrá su minuto de gloria, you tube y todas las cámaras web están cambiando la realidad, están invitando a ir más lejos cada vez, a entrar en el record guinness de los exabruptos, de la grosería, del crimen, a exhibir sin vergüenza mi íntima personalidad desviada como un logro social, a naturalizar lo cultural. Cada hombre del subsuelo tendrá su espacio virtual para paliar la falta de ser, pero ese espacio es muy exigente porque ya está todo inventado… No conocemos los límites de lo que somos capaces de hacer pero no hay nadie que pueda decirnos qué es lo que es bueno o qué debemos hacer. No hay autoridad moral en la Red. Todo vale, anything goes, si todo vale nada vale nada. La nada invade la Red.

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