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Jesús de Nazaret. Primera parte 

JOSEPH RATZINGER- BENEDICTO XVI
Jesús de Nazaret. Primera parte: Desde el Bautismo a la Transfiguración.
Esfera de los Libros, Madrid 2007, 448 páginas
Si con este mismo título y contenido exacto este libro lo hubiera escrito algún
conocido teólogo que se llamara Fulano de Tal, probablemente no habría sido
traducido a veinte idiomas ni se hubieran publicado varias ediciones en poco
tiempo, en cuyo caso no habría prevención alguna para recensionarlo. Pero,
claro, tratándose de una obra de Joseph Ratzinger, ya eximio catedrático de teología
antes de ocupar en el Vaticano el puesto de vigía de toda la doctrina católica
y que, luego, por sobrenombre se llama Benedicto XVI, la cosa es para pensárselo
más de dos y tres veces antes de decir algo sobre este precioso libro.
Afortunadamente el mismo Papa hace confesión de humildad en las primeras
páginas para aceptar cualquier opinión sobre él, además de advertirnos que no
recurre a su función magisterial en cuanto escribe, aunque yo —y supongo que
muchísimos— preferimos que lo haya escrito Benedicto XVI a, por ejemplo,
Fulano de Tal. Estoy seguro de que en España y en todo el mundo se han hecho
muchísimas recensiones y recomendaciones de este libro y, por citar algunas, basta ahora la de Monseñor César Franco
(Alfa y Omega, 6-IX-2007, pág. 27) y las más de cuarenta páginas del número 112 (julio-septiembre 2007) de Nueva Revista.
No sobra ninguna y todas nos parecen bien y muchas excelentes. Personalmente pienso que la mejor recensión de este
libro de Joseph Ratzinger la hace Benedicto XVI en su prólogo, que estimo de suma importancia para entender y encuadrar
el libro en su contexto. Se trataba de dar un paso más sobre el dado por las clásicas vidas de Jesucristo —que el
mismo Papa enumera, aunque entre las olvidadas no figura la del P. Bover—, porque quedaba al descubierto un hiato o
fisura entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe; se trataba sobre todo de sobrepasar la magnífica labor exegética que,
en el campo católico, había venido construyendo otro peso pesado del mundo bíblico, Rudolf Schnackenburg, para ver
en el método histórico crítico y en las cuestión de los géneros literarios e historia de las formas un substrato de continuidad
entre la percepción de ambos Cristos, el histórico y el de la fe, por lo que, si en algunas corrientes católicas había
subentrado una figura de Jesús desvaída y vaga —con el grave riesgo de apoyar nuestra fe en algo ambiguo y deletéreo—,
Ratzinger sale al paso ofreciéndonos su Jesús de Nazaret, reafirmando su convicción de que los evangelios nos
hablan realmente del Jesús histórico. Para ello no entra siquiera en disquisiciones sobre cuáles fueron las “ipsissima verba
Christi” —como quisieran aquilatar los exegetas de todos los tiempos y más de los últimos—, es decir, si de los labios de
Jesús salieron exacta, concreta y explícitamente estas o aquellas palabras, dichos o frases. El Papa da por válidas las
Escrituras globalmente, interesado como está en su búsqueda personal, fruto de un largo proceso interior, del rostro de
Cristo, cuyos rasgos hermosos y bien definidos presenta a todos los hombres en esta bella y sugestiva obra.
La raíz de todo ello está en la unión de ese Jesús con Dios, recogiendo ahí el testigo de Schnackenburg: “Este es también
el punto de apoyo sobre el que se basa mi libro: considera a Jesús a partir de su unión con el Padre” (página 10 del
prólogo), hasta el extremo que esa unión se hace tan íntima e indisoluble —los teólogos dicen hipostática— que Jesús
de Nazaret es el mismo Verbo del Padre.
El lector no debe esperar un libro que desarrolle toda la vida de Jesús conocida según los Evangelios y otras fuentes: se
limita a los acontecimientos y otros aspectos más esenciales solo en diez capítulos, de los que hablaremos en otra ocasión.
El Papa se reserva una segunda parte de la obra para hablar de la infancia de Jesús y de la resurrección.
Dos apuntes más: varias veces se elogia este libro porque “se entiende todo”. No nos confundamos. Es cierto: lo entiende
todo quien esté avezado en conocimientos bíblicos, sobre todo del Nuevo Testamento, y entrenado en el escrutinio de la
Escritura. Otros lectores podrán tener dificultades. No faltan aquí y allá algunas frases latinas, transcripciones de términos
griegos o hebraicos y alguna que otra palabra que tal vez necesite tener cerca el diccionario. El libro se presenta con todas
las características de un trabajo científico, con sus diversos índices de citas y onomástico más la abundante bibliografía
manejada, casi toda en lengua alemana, todo ello como corresponde a aquel eximio catedrático alemán de teología.
¿Hay que añadir, finalmente, que es un libro recomendable? Muchos no podrán prescindir de su lectura si quieren conocer
más a Jesucristo, el Rostro real del Padre, verificándose así que “quien me ha visto a Mí, ha visto al Padre” (Jn 14,10).

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