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JESÚS, EL UNGIDO DE ESPÍRITU 
10 de Enero
Por Manuel Requena

Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca”
(San Lucas 4,14-22a).

COMENTARIO

Lucas nos da en todo su Evangelio mucha noticia de Jesús hombre y su tiempo concreto en Galilea. Hemos contemplado estos días al Niño Jesús y sus padres, su gestación y nacimiento en Belén, ya más conocido por Jesús que por David. Ahora, con «la fuerza del Espíritu», empieza su entrega a su pueblo.

Aunque no sea directamente y como objetivo final de su Evangelio, las noticias de Lucas sobre el hombre Jesús, se le escapan por alguna orilla de su río de Espíritu, que no puede contener en su cauce toda la plenitud de la lluvia de gracia que le llega del cielo y de la tierra. Contiene su Evangelio toda la información que necesitamos para iniciar el camino de conocimiento del Emmanuel, el Dios hombre entre los hombres, que nos aupa a conocer la dimensión celestial de su persona. Pero sus cosas de hombre de carne y hueso, cuerpo y alma que crecían y se desarrollaban, como los nuestros, también nos interesan. A pesar del desarrollo de la Teología, la antropología de Jesús es fascinante. Su obra no es solo una luz del cielo, como la estrella que vieron los Magos de Oriente, o el lucero del alba que nace en la conciencia, como nos dice S. Pedro, sino una llama prendida en la Noticia de su carne y alma de hombre que enciende la nuestra.

Como cualquier hombre se ponía en pie y leía, se sentaba en su sinagoga, e intentaba comunicarse con los que allí estaban. Que no lo consiguiera, y de hecho allí mismo quisieran tirarlo por el barranco, es otra dimensión de su humanidad que nos hace sentirnos semejantes. La Verdad proclamada del amor, produce a veces el odio y la cruz. No siempre el Amor produce amor.

El mensaje de hoy es la profecía, esperanza de Israel, de la Unción del Espíritu, que aquellos paisanos tenían delante de sus ojos y oídos, y que Jesús, el Cristo, dio por cumplida en su persona, «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido». Esa Verdad, que aún es válida para que se cumpla en nosotros hoy, tiene un presupuesto con actos y gestos también puramente humanos: volver a nuestras galileas personales, que son los lugares de trabajo y vivienda habituales; ir a la parroquia, -que son nuestras sinagogas-, como ponerse en pie como actitud de oferta, desenrollar el libro o tarea que nos toque con los pobres, con los cautivos por las redes del mundo, hacer la lectura de los signos de los tiempos personales, y ver a Dios en ella realizando su obra a través nuestra !No es poca cosa ser hombre del Espíritu, hombre de Dios que participa en la unción de Jesús!

Jesús tenía unos ojos de hombre perfecto, impresionantes. Los de la carne y los del Espíritu se unían en una mirada que movía la vida. Veía a los hombres como estaban, a cada uno encadenado en sus cosas y sus intereses, y veía la realidad de Dios que actualizaba su Palabra anunciada por Isaías sobre ellos. Iluminados en la Verdad, aquellos hombres se sentían mirados, conocidos hasta lo más hondo de sus vidas. Y lo mejor de esa mirada, es que traspasa las barreras del tiempo y el espacio, y llega limpia y nueva a cada uno de los que en Él creemos por los siglos de los siglos, para la misma liberación.

Si nos quedamos en la lectura de hoy, parecería que la primera estancia del Jesús carpintero, hijo del querido José y de María, había sido un éxito en su pueblo, con su gente de siempre, incluyendo familia y amigos. Pero Lucas se encarga de poner las cosas en su sitio en el mismo capítulo. Si seguimos leyendo el relato Lucano, que la selección de hoy corta en la mitad de un versículo, los que estaban en la sinagoga casi lo linchan. “Lucas 4:28 Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira, 29 y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. 30 Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.”

Jesús los provocó, diciéndoles que no querían entender nada de lo que allí pasaba y había pasado durante treinta años, y que Dios actúa cuando quiere y donde quiere, pero desde luego su actuación no fue un triunfo en su pueblo. La lectura de hoy, mutilada del resto del capítulo de Lucas, solo es la mitad de la verdad que vivió allí Jesús, y que a nosotros nos podría cuestionar si vemos o no la presencia de Dios en nuestras vidas de hombres y mujeres sencillas de hoy, en nuestros pueblos.

¿Qué pensarían los discípulos incipientes de aquello? Ser de Cristo no es fácil.

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