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Jesús Hijo de Dios 
23 de Marzo
Ángel Moreno

Los judíos agarraron de nuevo piedras para apedrearlo. Jesús les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?» Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».  Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: Sois dioses”?  Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”?  Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».

Y muchos creyeron en él allí (Jn 10, 31-42).

COMENTARIO

El Evangelio de San Juan presenta desde el principio a Jesús como Hijo de Dios. Al acercarnos a los días de su Pasión, debemos estar convencidos de que su identidad divina es la razón de nuestras celebraciones.

El Misterio Pascual, la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor, no es un ejercicio de piedad popular, ni un sentimiento compasivo. Al hacer públicamente gestos de devoción hacia el Nazareno y hacia su Santísima Madre, o al tenerlos de manera más íntima, nos reafirmamos en la clave esencial para vivir de otra manera, motivo de esperanza en el transcurso de la existencia.

Estos días contemplamos los acontecimientos terribles de la muerte de Jesús. Dentro de una semana lo haremos de manera especial precisamente porque es el Hijo de Dios. Su sufrimiento no es una fatalidad, sino una expresión máxima de amor, amor por el cual nos sentimos redimidos.

Vemos al Maestro acosado por las autoridades, pero no se amedrenta, sino que les hace cara y defiende ante ellas su identidad, y nos sorprende cómo se escabulle de entre sus manos. De alguna forma, se puede interpretar que el autor sagrado adelanta el triunfo de Jesús, que celebraremos en la Pascua de Resurrección.

Como aquellos testigos de la reyerta que creyeron en Jesús, nosotros deberemos reafirmar nuestra pertenencia a quien nos revela también nuestra identidad sagrada.

Hoy miramos con devoción a la Madre de Jesús, en la conmemoración de Nuestra Señora de los Dolores, y nos encomendamos a ella.

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