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¡AY DE VOSOTROS! 
14 de Octubre
Por Antonio Segoviano

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de Dios: “Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán”; y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario. Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación. ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!»
Al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua con muchas preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras (San Lucas 11, 47-54).

COMENTARIO

Terribles amenazas las que dirige Jesús a los escribas y doctores de su pueblo, en el pasaje de hoy. ¿Será tal vez, demasiado duro con ellos? El conoce bien lo que esconden en el fondo de su corazón: la envidia, el rencor, los deseos de acabar con su presencia. Sabe que bien pronto le condenarán a muerte, colmando así las culpas de sus padres, quienes mataron a los profetas que anunciaban su venida.

Jesús les lanza esta solemne advertencia: están cerrados a la gracia, a la salvación que El viene a ofrecer a todo Israel. Este rechazo supone su perdición. No habrá ya otra oportunidad.

Ellos se sienten seguros, confiados en sus legalismos, en una casuística fabricada a la medida para escurrir el yugo de la Ley.

Desprecian así al último enviado de Dios para llamarles a la conversión y a la verdad; en su sabiduría, han olvidado lo más importante de la Torá: el amor a Dios, y la necesidad de acogerse a su misericordia. Después de esta escena, El no podrá ya hacer nada más por abrirles los ojos, pues la salvación, aunque gratuita, ha de ser deseada, pedida y acogida.

¿Acaso no ama Jesús a éstos, a quienes fustiga tan duramente? Precisamente porque los ama, intenta llegar, con los términos más fuertes, a su corazón cerrado y frío, arriesgándose a su odio. Más aún, sabiendo que todo va a ser inútil, hará cuanto esté en su mano por cambiar esa actitud obstinada. ¡Cuánto dolor interior debieron costarle esas amenazas! Tanto más cuanto

que iban dirigidas a los sabios y maestros de su pueblo, de aquel pueblo al que Dios guio y cuidó con esmero durante tantos siglos. Pero su amor no miraba tanto el sufrimiento propio, cuanto el peligro inminente de aquellos a quienes Él quería.

¿Tiene algo que ver esta tremenda invectiva de Jesús, con nosotros, cristianos del presente siglo? ¿Nos atañe en algo?

Veámoslo detalladamente: Cuando Dios nos envía a alguien que nos corrige, nos denuncia nuestro pecado, ¿aceptamos la corrección, o más bien nos rebelamos, lo rechazamos y lo perseguimos? ¿Nos consideramos sabios y maestros de la moral? ¿Conocemos de memoria deberes y prohibiciones, para después tener siempre a mano excusas y subterfugios que nos eximan de ellos? ¿Sabemos al dedillo sentencias del Evangelio, para aplicárselas a los demás, e ignorarlas nosotros? Por ejemplo: ¿predicamos: “no juzgar” y juzgamos? ¿O bien: “perdonar las ofensas”, y no perdonamos? ¿O “amar al enemigo”, y no lo hacemos, incluso con los amigos? ¿Nos presentamos ante los demás con máscara de piedad, ocultando tras ella nuestra doble intención? ¿Buscamos aplausos, reconocimiento, medallas, honores? ¿Utilizamos las estructuras de la Iglesia para trepar por ellas? ¿Ponemos buena cara a aquel que despellejamos en nuestro interior? Dios conoce nuestro corazón, y todo saldrá a la luz algún día.

Jesús, pues, nos llama a la autenticidad, a no exigir a los demás lo que no cumplimos nosotros. A presentarnos ante Dios y ante los hombres, como lo que realmente somos: pecadores. Que este “¡ay de vosotros! ” no lo sea también para nosotros, por ser cristianos sólo de fachada.

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