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Jesús traspasa tu fachada 
13 de octubre
Por Antonio Pavía

«En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: “Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo”». (Lc 11,37-41)


No hay la menor duda de que estas palabras de Jesús a los fariseos son realmente duras. La cuestión es si son para algunos, o es bueno que las consideremos también para nosotros. El hecho es que Jesús, que ve el interior del hombre, pasa de su fachada y, por supuesto, también de la nuestra; y claro, vivimos en una sociedad —todas fueron iguales— que premia la fachada.

Nos guste o no hacemos parte de esta realidad; el que no haya dado nunca culto a la fachada, empezando por la propia, que tire la primera piedra. Justamente, la espiritualidad de la Palabra crea en el hombre gestos tan auténticos que, pasando de la fachada y de la apariencia, trabaja, y además con gusto, por poner a punto con la mayor elegancia posible su interior. Es allí donde Dios quiere tener su lugar santo, su nuevo templo. En cuanto a la distinción que hace Jesús entre la fachada y el interior del hombre, escuchamos estas palabras suyas: “Mientras estuvo en Jerusalén por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre, al ver los milagros que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre” (Jn 2,23-25).

Antonio Pavía

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