Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, junio 24, 2019
  • Siguenos!

Despierta, pueblo, despierta 

Palabras, palabras y más palabras sin otro objeto que el de neutralizar la capacidad de reflexión de las personas que las escuchan son los productos que ofrecen los mercaderes de ideologías cuyo contenido no pasa de medias verdades, no pocas mentiras, simplezas académicas  y una pizca de retórica, todo ello en apoyo de lo que, ya en tiempos de la Democracia Ateniense se llamaba Demagogia.

La Demagogia es, probablemente, el más sutil de los enemigos del sano discurrir político. Se manifiesta en artificios verbales al estilo de “tú eres malo, luego yo soy bueno” o en torrentes de indemostrados e indemostrables supuestos, tras las cuales se agazapan las secretas intenciones de acaparamiento, de abuso de poder y de engatusar a crédulos e incautos.

La Demagogia se hace fuerte en tópicos e idealismos trasnochados, se recrea en la “progresiva atonía reflexiva” de las personas y rechaza cualquier análisis en profundidad de la Realidad político social del momento, algo que, aplicado a las vivencias democráticas, debiera ser punto de partida para una elemental, libre y constructiva reflexión del ciudadano al que se le da el derecho a decidir por medio de su voto.

El ciudadano responsable, sea cual sea su situación o nivel cultural, está obligado a vacunarse contra la Demagogia, algo que, en la mayoría de los casos, no es más que un burdo, descarado y superficial disfraz de una mentira que juega a ser la alcahueta de la Democracia.

Puede ser mentira la división de poderes, la estimación de capacidades en los funcionarios con mayor responsabilidad, los méritos a evaluar en la asignación de puestos en las listas electorales, la teórica prevención de abusos, la información sobre los entresijos de la realidad económica, la imagen de las formas de vivir…, hasta el resultado de tal o cual elección.

Una Democracia rebajada al nivel de simple demagogia no pasa de ser una soterrada y triste dictadura, en donde las sagradas libertades, una a una, son neutralizadas por lo que Tocqueville llamó “instintos salvajes de la Democracia”.

Para llegar a esa situación y mantenerla después es preciso que los demagogos hayan traducido en cautivadoras consignas las apreciaciones serviles, que la sugestión tenga mucha más fuerza que el poder de convicción, que, en el discurso político imperen las palabras vacías de contenido etc., etc.,… y ya será difícil, muy difícil, casi imposible la Paz Social, ese precioso bien que todos y cada uno de los cristianos tenemos la obligación de servir y preservar. El bendito y tan cercano San Juan XIII nos lo dejó muy claro en su  encíclica “Pacem in Terris” al glosar en ella “El deber de actuar con sentido de responsabilidad” de la siguiente manera:

La dignidad de la persona humana requiere, además, que el hombre, en sus actividades, proceda por propia iniciativa y libremente. Por lo cual, tratándose de la convivencia civil, debe respetar los derechos, cumplir las obligaciones y prestar su colaboración a los demás en una multitud de obras, principalmente en virtud de determinaciones personales. De esta manera, cada cual ha de actuar por su propia decisión, convencimiento y responsabilidad, y no movido por la coacción o por presiones que la mayoría de las veces provienen de fuera. Porque una sociedad que se apoye sólo en la razón de la fuerza ha de calificarse de inhumana. En ella, efectivamente, los hombres se ven privados de su libertad, en vez de sentirse estimulados, por el contrario, al progreso de la vida y al propio perfeccionamiento.

                                                                                             Antonio Fernández Benayas.

Añadir comentario