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Jornada Mundial contra la Persecución Religiosa 

Por iniciativa de Polonia, este año la ONU estableció cada 22 de agosto como “Día Internacional en conmemoración de las víctimas de actos de violencia basados en la religión o la creencia”, nombre demasiado extenso que busca recordar y dar visibilidad a las víctimas de violencia motivada por discriminación religiosa. Es de aplaudir la decisión de la ONU, pues “más vale tarde que nunca”, porque inexplicablemente este tipo de discriminación y violencia, aun siendo el más frecuente, se encontraba silenciado, no se le daba visibilidad.

No es delirio de persecución ni afán de protagonismo. Los fríos números no dejan mentir. Desde hace años “Ayuda a la Iglesia Necesitada” publica un “Informe sobre Libertad Religiosa”, mientras que la organización evangélica “Puertas Abiertas” emite una “Lista Mundial de Persecución”. En ellos se documentan los casos de violencia, que van de asesinatos, quema de templos religiosos o establecimiento de leyes contrarias a la libertad religiosa verificados a lo largo del mundo. Aunque los medios de comunicación suelen hacerse poco eco de tan dramáticos acontecimientos, estas instituciones se toman la molestia de contabilizar aquellos de los que se tiene noticia. De esta forma, sólo durante el 2018 murieron 4,305 cristianos por odio a la fe, mientras que 1,847 iglesias fueron atacadas. Si a ello aunamos el hecho de que no sólo los cristianos son perseguidos, resulta incomprensible ese silencio y esa pasividad.

Ahora bien, cabe preguntarse, ¿por qué tarda tanto la ONU en reaccionar?, ¿por qué esa pasividad en defender a un inmenso grupo vulnerable?, ¿por qué, aunque se violan impunemente desde hace años los artículos 18, 2 y 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada por la misma ONU en 1948, no se había levantado la voz hasta ahora? Y, finalmente, ¿por qué tuvo tan poco eco mediático el primer día en que se recordaron oficialmente a las víctimas de violencia religiosa?

Es decir, la efeméride constituye, indudablemente, un motivo de alegría, un paso en lo que a la defensa de los derechos humanos se refiere. Pero, ¿por qué tardó tanto tiempo en darse este paso?, ¿por qué, una vez dado, se dio tan tímidamente? Pareciera, en realidad, que la ONU muy a regañadientes lo aceptó, o lo aceptó porque no le quedaba opción, pero no se preocupó en promoverlo. Las comparaciones son odiosas, pero si comparamos este día con el eco, la propaganda y la publicidad que tienen los días de la mujer, de los pueblos indígenas, de la lucha contra el SIDA, contra la homofobia, la violencia contra la mujer o el holocausto, pueden levantarse justamente suspicacias.

¿Cuál sería entonces la causa de la falta de visibilidad que tiene la persecución religiosa? En realidad, se trata de un cúmulo de causas. La primera es bastante obvia: la religión no está de moda, no solo eso, no es políticamente correcta o, mejor dicho, lo políticamente correcto es no hablar de ella. Se fomenta así el silencio sobre esta triste violencia real, a causa de unos oscuros y cuestionables pruritos teóricos propios del laicismo. En segundo lugar, porque muchos de los lugares en los que se padece este tipo de violencia no son del primer mundo. A la gente, aunque no lo diga expresamente, no le preocupa demasiado el hecho de que mueran africanos o asiáticos. Ya estamos tristemente acostumbrados; forma parte de nuestro tétrico paisaje conceptual. Mil nigerianos muertos por odio religioso pueden no conseguir ni siquiera un pequeño recuadro en los diarios de los países occidentales, no es noticia, no capta el interés. En tercer lugar, porque hay un interés positivo, de matriz política y a veces económica por visualizar otro tipo de “víctimas” y de causas más acordes con el “espíritu de los tiempos”. No importa que los números de las víctimas sean muy inferiores ni que se tenga que estirar, hasta dar más de sí, el término “violencia”, lo importante dar visibilidad a la propia causa, aún a costa de exagerar y cerrar los ojos a la realidad.

Estamos, en consecuencia, en un primer paso. Es poco, pero es mucho. Si al pensamiento imperante no le preocupa demasiado defender los derechos humanos y la dignidad de las personas, si los medios están direcionados para silenciar algunas causas e inflar otras, la mayor parte de las personas tenemos religión y conciencia; podemos en consecuencia dar visibilidad a estos hechos dramáticos, para solidarizarnos con los que sufren y contribuir a su erradicación.

 Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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