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Jornada Mundial de la Juventud Sidney 2008 – Misioneros del amor de Dios en una humanidad secularizada 

El peregrino en su viaje recibe unos dones especiales. El peregrinar ha sido, a lo largo de la historia de la Iglesia, un camino cuya meta es el encuentro con Cristo. Muchas han sido las vías que a través de los siglos se han recorrido para pedir al Señor una gracia o para agradecer la gracia obtenida. Ermitas, templos, santuarios… han sido tradicionalmente el destino de las peregrinaciones. Pero esta vez era otro el término del viaje. En esta ocasión, los miles de peregrinos de los cinco continentes que se dirigieron a Sidney no buscaban a Cristo en un lugar consagrado, sino en una sociedad secularizada en la que no existe prácticamente cultura católica. Y Cristo allí los esperaba en la persona de Su Santidad Benedicto XVI. El Papa eligió la capital australiana para la XXIII Jornada Mundial de la Juventud precisamente por esa condición secularizada: para realizar allí la misión apostólica a la que todo cristiano está llamado. Por eso la evangelización fue el tema central del mensaje que dirigió a los jóvenes. Una cita del primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles fue el punto de partida de su predicación: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos” (Hch 1,8). Siendo éstas precisamente las últimas palabras que Jesucristo dirigió a sus apóstoles antes de ascender a los cielos. De la misma forma que el Santo Padre sucede a Pedro, nosotros somos sucesores de aquellos apóstoles que dieron su vida por llevar a las gentes la buena noticia. Y con este sentido evangelizador se concibió este vigesimotercer encuentro pastoral de la cabeza de la Iglesia con los jóvenes, como un nuevo Pentecostés, como una venida del Espíritu Santo sobre los peregrinos que allí acudimos, para poder, con su fuerza, llevar el mensaje de Cristo a todas las naciones. Sólo con la fuerza del Espíritu Santo se puede realizar esta misión; por eso fue la tercera persona de la Santísima Trinidad la que ocupó la mayor parte del mensaje de Benedicto XVI. El Espíritu Santo, como dijo el Papa, es quien da cohesión y unifica la Iglesia guiándola por el camino de la verdad plena, derramando sobre ella sus dones gratuitamente a través de los sacramentos: “El Espíritu Santo desciende nuevamente en cada Misa, invocado en la plegaria solemne de la Iglesia, no sólo para transformar nuestros dones del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, sino también para transformar nuestras vidas, para hacer de nosotros, con su fuerza, un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo”. Una vez recibidos, estos dones no exigen más que la aceptación, lo cual constituye uno de los misterios más profundos de la vida cristiana y uno de los pilares en los que se asienta el cristianismo: dar gratis lo que gratis recibimos, y aceptar estos dones con alegría y con responsabilidad apostólica. “Percibimos aquí algo del misterio profundo de lo que es ser cristiano. Lo que constituye nuestra fe no es principalmente lo que nosotros hacemos, sino lo que recibimos”, apuntaba el Santo Padre. Fieles a este mensaje, los jóvenes que acudieron a la Jornada Mundial de la Juven-tud dieron testimonio de su fe por toda Australia. Su presencia fue un testimonio para el pueblo australiano, que vio reflejada en ellos la alegría que el Espíritu Santo suscita. Pero este testimonio no fue sólo presencial, ya que muchos de ellos recorrieron calles, plazas y parques, dando prueba de su fe y contando a los que por allí pasaban las maravillas que Cristo resucitado ha hecho en sus vidas. No es fácil evangelizar en una plaza pública, no es fácil proclamar las obras de Jesucristo en una lengua extranjera, “pero el Espíritu Santo media entre quien habla y quien escucha” —exhortaba una catequista—: el mismo Espíritu Santo del que habló el Papa, el mismo que suscitó sobre el Colegio Apostólico el don de lenguas en el día de Pentecostés para hacer universal el mensaje de Cristo. Como aquel día en Jerusalén, en este verano de 2008, en los seis estados y los dos territorios del continente australiano se anunció el mismo mensaje salvífico ante la indiferencia de unos, el escepticismo de otros y la alegría de otros muchos. Los peregrinos que emprendieron esta nueva evangelización en Australia estaban guiados por el referente de los mártires de Oceanía, que durante el siglo XIX derramaron su sangre por amor al mensaje de Cristo y a su Iglesia. Pero tenían otro referente más cercano en las familias que allí se encuentran en misión, familias que, igual que aquellos mártires, ofrecen su vida a la Iglesia, llevando al pueblo australiano la buena noticia, y aceptan con la ayuda de Jesucristo las dificultades que tiene la evangelización en aquel continente. Por eso su tarea se vio reforzada con la presencia en Australia del Sumo Pontífice y de los miles de peregrinos que lo acompañaron, ya que su misión es la misión de toda la Iglesia, que necesita tanto a estas familias misioneras como a los jóvenes peregrinos en su tarea de renovación. “Estoy firmemente convencido —aseguraba Benedicto VXI— de que los jóvenes están llamados a ser instrumentos de esta renovación, comunicando a sus coetáneos la alegría que han experimentado al conocer y seguir a Cristo, y compartiendo con los demás el amor que el Espíritu infunde en su corazón, para que también ellos queden llenos de esperanza y gratitud por todos los bienes que han recibido de Dios, nuestro Padre celestial”.

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