Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, abril 24, 2019
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«Joven, a ti te hablo, levántate» 

“Aconteció tiempo después que iba a una ciudad llamada Naín, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaban a las puertas de la ciudad vieron que llevaban un muerto, hijo único de su madre, viuda, y una muchedumbre bastante numerosa de la ciudad la acompañaba” (Lc 7, 11-12).

—¡Qué desgracia!, ¡Jarím!, ¡Jarím! ¿Cómo es posible una desgracia así…? Ayer, juntos en el campo, intercambiando bromas mientras cuidábamos de nuestro ganado… Y hoy, está ahí…, blanca su piel como la cera, sin aliento, ¡muerto!, ¡muerto mi buen amigo Jarím! ¿Cómo pueden ocurrir estas cosas? ¿Dónde está ese Dios al que todo el día rezábamos de niños? ¿Se olvidó de Jarím? ¿Puede un padre bueno, olvidar a un hijo y permitir que se le parta la cabeza en dos por un simple resbalón, un estúpido resbalón cuando regresábamos a casa…? ¿Qué burla de Dios es esta que permite que una cosa así ocurra? ¡Solo tenía veinticuatro años…, solo veinticuatro!

—¡Deja ya de lamentarte Alef! ¡Acepta de una vez la cruda realidad! Llevas así toda la noche y por mucho que reniegues nada cambiará. Sí, Jarím está muerto, ya no vive. Muerto para siempre. Así es nuestra miserable vida. Vio morir a su padre cuando solo tenía diez años y ahora muere él y de este modo tan cruel. Pero él ya no siente nada, está muerto. Aquí nos quedamos nosotros para contemplar y vivir este drama. ¡Ahí queda su madre! Esa pobre mujer, sin marido y ahora sin hijo que la sustente. Dentro de poco vendremos también a su entierro, ya lo verás.

Ambos amigos, Alef y Elam, caminaban entre el gentío que acompañaba, a las afueras de Naín, al joven muerto para su entierro. Estaba amaneciendo en la ciudad.

La muchedumbre que seguía a Jesús llegaba en ese momento a Naín y al entrar a la ciudad se topó con la que salía de ella formando el cortejo fúnebre. Ambos grupos se mezclaron formando un gran tumulto. Alef, en el enorme barullo, reconoció a un amigo de la infancia, también de Naín, que estaba en el inmenso grupo que seguía a Jesús a su entrada a la ciudad.

—¡Besai!, ¡Besai! ¿Eres tú? —pregúntó Elam con cierto entusiasmo.

—¡Hola amigos! Si, soy yo, aunque algo más mayor ¡Cuánto tiempo sin vernos!

—Hace años que no te vemos por Naín. ¿Cómo es eso? —preguntó con seriedad Alef.

Besai miró el féretro y preguntó con inquietud:

—¿Quién es el muerto?

—¡Es Jarím! Bueno…, era Jarim —dijo Elam, bajando la cabeza.

—¡Dios mío! ¡Jarím! Yo jugaba con él en mi calle. ¿Qué le ha ocurrido?

—Ayer, cuando volvíamos con el ganado, al intentar evitar que se despeñara un cordero se tropezó con una roca y cayó por el barranco golpeándose en la cabeza. Murió a las pocas horas. Ha sido una desgracia —explicó con sollozos Elam.

—La repentina muerte de su padre le obligó a trabajar duro para sostener el hogar siendo aún muy joven. Su vida ha sido muy dura…, ¡pobrecillo! Que el Señor lo acoja en su seno —dijo Besai con sincero dolor.

—A ese “Señor” del que hablas no parece importarle mucho Jarím —replicó Alef a Besai mirándole con frialdad a los ojos.

—¿Por qué dices eso Alef? El Padre del Cielo nos cuida a cada instante.

—Te veo muy piadoso —le interrumpió Alef en tono irónico. No eres el mismo que salió de Naín hace seis años. ¿Te has hecho rabino o monje del desierto, de esos que vuelven a casa en vacaciones? ¡Déjate de rollos! ¡Mira ese féretro! ¡Míralo bien! Es Jarím, nuestro amigo de la infancia. Está muerto. Solo tenía veinticuatro años. Ahora mira allí… ¿La ves bien? Es Lydia, su madre. Se ha quedado sola. ¿Quién cuidará de ella ahora? ¿Quién la sostendrá? ¿Tu Padre del Cielo vendrá cada día con un cestillo con pan, leche y miel? Viuda y sin hijos. Su futuro es negro. ¿Ha querido mucho tu Padre del Cielo a Jarím y a Lydia? Yo creo que no. Creo que si ese tu “Padre del Cielo” estuviera aquí, ya le diría yo cuatro cosas. Creo que es cruel. Bueno, en realidad yo creo que no hay nadie en el Cielo. Nadie…

—Comprendo tu dolor, Alef. Pero estás siendo muy injusto en tus comentarios. Nuestro Padre del Cielo no disfruta con nuestro dolor. Ha creado una naturaleza libre en la que los acontecimientos agrios se solapan con los buenos, la vida con la muerte y el bien con el mal. Podemos comprender algunos de estos hechos y otros no podemos… Eso no niega la bondad de Dios Padre. No somos nosotros los dueños de la vida. En su infinita sabiduría, Dios guía los acontecimientos en la dirección del bien mayor: la vida eterna. No podemos juzgar nada de lo que nos ocurre sin tener en cuenta lo del Cielo.

—Muchas gracias por tu sermón —volvió a replicar Alef en tono cada vez más despectivamente irónico—. ¿Quién te ha enseñado esas chorradas celestiales? No serás tu también discípulo de ese tarado al que está de moda seguir: el Nazareno. ¡No me digas que ha venido de “gira” a nuestro pueblo! Pues ha escogido un mal día para visitarnos. Te juro que como abra la boca y me hable como tú, lo apedreo. A ese yo hoy lo apedreo. Estoy harto de iluminados que nos hablan de un Dios bueno que dicen que es Padre, mientras nosotros sufrimos de sol a sol para comer un pedazo de pan, y en los descansos enterramos a pobres inocentes como Jarím. ¡Vete al cuerno con tu profeta Jesús y sus monsergas…! Yo tengo que consolar a una pobre viuda que se ha quedado sin su único hijo…

“Viéndola el Señor, se compadeció de ella y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron, y Él dijo: Joven, a ti te hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó a hablar, y Él se lo entregó a su madre. Se apoderó de todos el temor y glorificaban a Dios diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo. La fama de este suceso corrió por toda Judea y por todas las regiones vecinas” (Lc 7,13-17).

Tras la conmoción inicial provocada por el impresionante suceso, muchos vecinos de Naín siguen aún en la calle aunque la noche ya está avanzada. Hablan entre ellos todavía con asombro sobre lo acontecido hoy en su ciudad a la vista de todos. El joven Alef permanece sentado en el suelo meneando la cabeza incesantemente y sin pestañear. A su lado está su amigo Elam.

—Alef, llevas toda la tarde callado sin decir una palabra.

—¡Vive….! ¡Jarím vive! ¡Está de nuevo vivo…! ¡Ha resucitado…! ¿Cómo es posible? ¿Quién es ese hombre que puede devolver la vida a un muerto? ¿Cómo ha podido hacer una cosa así? ¿Quién es ese hombre? —repetía continuamente con la mirada perdida.

—¡El dueño de la vida! —contestó Besai que surgió de la oscuridad de la noche y que se había separado de sus viejos amigos al suceder el milagro.

—¡Besai! ¡Todavía estás en Naín! Pensábamos que ya te habías ido con el Nazareno —dijo Elam con gran alegría de volver a ver su viejo amigo.

—Nos vamos ahora. Venía a despedirme de vosotros.

—¿Quién es ese hombre, Besai? ¿Cómo ha podido hacer una cosa así? —volvió a repetir Alef con la voz entrecortada todavía por la emoción.

—Ya te lo he dicho. El Hijo de Dios hecho carne, el Dueño de la vida. Por eso puede devolvérsela a un muerto.

—Entonces, Jesús es el verdadero Mesías, el que desde hace tantos años esperábamos. Del que nos hablaban de pequeños… Yo ya había dejado de creer… ¡Realmente hay un Dios!, hay una vida trascendente detrás de todo lo que nos pasa, por amargo e incomprensible que nos parezca —cada vez Alef hablaba con mas emoción, como quien ha descubierto algo de increíble valor.

—Déjame que te cuente algo Alef— dijo Besai sentándose junto a su viejo amigo. Hace seis años, cuando tenía dieciocho, salí de Naín porque quería ver mundo, hacer fortuna para vivir la vida “a tope”. No quería quedarme en esta ciudad, no quería perder mi vida en este recóndito lugar. Creía que la felicidad la daban las riquezas, la gloria, el poder… Pronto me fue muy bien. Hice negocios poco honrados y gané una fortuna. Tuve que engañar a muchos, no tuve compasión de viudas, ni de pobres a la hora de enriquecerme. Llegué a manchar mis manos de sangre por dinero. Todos los días me rodeaba de bellas mujeres, juergas, vino y todo tipo de placeres. Creía que era feliz porque lo tenía todo, al menos todo lo que había ansiado siempre. Pero en el fondo de mi corazón había siempre un vacío, un hueco que no se llenaba nunca a pesar de hacer crecer cada día más mis riquezas, mi poder y satisfacer todos mis deseos más carnales.

Hace tres semanas, al amanecer, salía de una de mis juergas nocturnas y vi a lo lejos, en un monte cercano, una enorme muchedumbre de personas que se agolpaban en torno a un hombre que les hablaba. Me acerqué por curiosidad, con la misma actitud que tú mostraste conmigo esta mañana antes de ver a Jarím revivir. Entre risas con mis colegas de juerga nos sentamos para escuchar al que creíamos que era un predicador de pacotilla vendiendo palabras celestiales y engañando a los bobos. Empecé a escuchar sus palabras y cada una de ellas se fue clavando en mi corazón dejándome sin aliento por la emoción que me causaban: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos…”. Jamás un hombre me había hablado así. Cuanto más le escuchaba, más lágrimas brotaban de mis ojos, más deseos me entraban por vivir esas palabras y más vergüenza sentía de mi vida. Yo también, como ahora haces tú, Alef, me preguntaba quién era ese hombre que con su palabra me estaba desnudando. Sentí en mi interior la misma escena que hoy habéis visto en Naín cuando el Maestro se ha acercado al féretro donde estaba Jarím y le ha dicho: “Joven a ti te hablo, levántate”. En un instante tuve la plena certeza de que en esas bienaventuranzas estaba el verdadero camino de la felicidad que yo buscaba, pero en la dirección opuesta al que hasta ahora había seguido. Lo dejé todo por seguir a Jesús ese mismo día. Repartí mi fortuna entre los pobres y me he hecho uno de sus discípulos. Ahora siento la paz que buscaba, ya no hay vacío en mi vida por llenar. No tengo nada material, pero no me falta nada esencial.

Seguir a Jesús no me hace la vida fácil, ni me libra de sufrimientos, ni me hace comprender todo lo que me rodea, como la muerte de un amigo por una caída estúpida. Pero me da la certeza de que todo cuanto nos ocurre y lo que no nos ocurre está en manos del Padre que nos tiene reservada una morada en el Cielo, si confiamos en su infinita bondad, aun en los momentos de prueba y de oscuridad.

Alef, yo no puedo explicarte por qué Jarím murió ayer, ni por qué el Señor hoy ha querido pasar por aquí y devolverle la vida. No podemos comprender las cosas de Dios porque somos sólo sus criaturas. A Dios solo hay que amarle y no tener miedo en seguirle.

Alef y Elam escuchaban emocionados las palabras de su viejo amigo de la infancia.

—He tenido que ver resucitar a mi amigo para volver a amar a mi Señor. ¡Qué dureza de corazón la mía! —se reprochaba Alef compungido.

—Hay quienes ni viendo resucitar a un muerto han creído en Él. Yo también estaba de otra forma muerto y ahora vivo. Todos los que se han dejado tocar por Él han vuelto a la vida. Ese ha sido tu mérito, dejarte tocar por Él.

Besai se levantó y dando un fuerte abrazo a sus amigos, se despidió de ellos y se perdió en la oscuridad de las calles de Naín.

Jerónimo Barrio

 

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