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La adoración de los Magos – Pinceladas de simbología en un tríptico de Hans Memling 

La pintura de los Primitivos Flamencos, en particular la de Hans Memlig (Alemania 1433- Bélgica 1494), es un reflejo de los cambios que se producen en Europa con la llegada del siglo XV. La sociedad, la economía, el pensamiento y también la devoción experimentan en esta centuria una serie de permutas que afectan a todo el arte europeo.

Mientras que Italia entra en el Quattrocento rompiendo con toda la estética medieval, en los Países Bajos surge un arte más vinculado a las formas góticas de la Baja Edad Media y caracterizado por un profundo sentido religioso. Abundan, en este sentido, los cuadros devocionales y los temas marianos como el tríptico de la Adoración de los Magos de este pintor alemán y que en la actualidad se encuentra en el Museo del Prado.

Madre e Hijo, corredentores del plan eterno

Esta obra, que sirvió para decorar el oratorio particular de Carlos V en la casa real de Aceca,  sigue el mismo esquema compositivo del tríptico de Santa Coloma, de Van der Weyden, el cual fue maestro de Memling.

En sus cuadros, y en consonancia con la devotio moderna, este pintor de la escuela flamenca recurre a una estética refinada y elegante e imprime un carácter cotidiano en el tema religioso. Los personajes se visten como burgueses de la época e incluso algunos rostros se han relacionado con contemporáneos suyos. Los temas que utiliza son, en las tablas laterales, el Nacimiento y la Presentación del Niño Jesús en el templo y, en la central, la Adoración de los Magos. La Virgen y el Niño protagonizan las tres composiciones.

En cada una de ellas, María aparece junto a su hijo, el Salvador, participando como corredentora en el plan eterno de la salvación.

El humilde esposo de María

La Virgen es la primera que, junto a los ángeles, adora a Cristo desde su nacimiento. La primera que se hace trono de Nuestro Señor sentándolo en su regazo, que ofrece su hijo a Dios, sabiendo que viene de Él y acepta la profecía de Simeón: “Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma” (Lc 2, 34-35).

Por el contrario, la figura de San José queda en un segundo plano, representado al margen del misterio y con gesto ausente. En la primera tabla porta una vela que indica que la acción transcurre en la noche y en la Presentación lleva un canastillo de mimbre con las dos tórtolas que se ofrecían en el templo. Este papel secundario que el artista le otorga es, por un lado, una forma de señalar su condición de padre adoptivo y, por otro, una imagen de la humildad del esposo de la Virgen, que acepta la voluntad de Dios.

En la Iglesia oriental solían representar a la figura de Satanás tentando a San José en la escena del Nacimiento, lo que simbolizaba la lucha interior del hombre que duda sobre el milagro que está aconteciendo.

El buey y el asno, símbolos proféticos de la Iglesia

En cada escena existe un contraste entre los espacios. Así, para la Presentación, Hans Memling elige un interior gótico que es imagen del templo de Jerusalén, mientras que en las tablas anteriores la acción transcurre en el establo en que se emplaza el Nacimiento de Cristo.

Aquí es donde aparecen representados el buey y el asno que la tradición de la Iglesia sitúa en el escenario. Las bestias que acompañaron al Redentor se relacionan con un texto del profeta Isaías: “Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento” (Is 1, 3).

Los Padres de la Iglesia asocian este pasaje con una profecía que apuntaba a la Iglesia, al nuevo Pueblo de Dios, personificado en estos animales que adoraron al Niño y que otros habían rechazado. A esto se refirió Joseph Ratzinger diciendo: “Ambos animales eran como los símbolos proféticos tras los cuales se oculta el misterio de la Iglesia, nuestro misterio, puesto que nosotros somos buey y asno frente a lo eterno, buey y asno cuyos ojos se abren en la Nochebuena de forma que en el pesebre reconocen a su Señor” (El Rostro de Dios, Ed. Sígueme, Salamanca, 1983).

La humanidad entera reflejada en los Magos de Oriente

El único texto sagrado que recoge la presencia de los Reyes Magos es el evangelio de San Mateo. En él se menciona a unos magos de Oriente que fueron a adorar al Dios de Israel y así se cumplieron las profecías mesiánicas veterotestamentarias. Aunque son pocas las referencias canónicas, hay multitud de escritos apócrifos que complementan este pasaje y que han servido de fuente iconográfica a lo largo de toda la historia del arte para la representación del tema. Uno de estos textos, el Evangelio Armenio de la Infancia, es el primero que presenta a estos magos como reyes y especifica su número y sus nombres.

El primero de ellos era Melkon, rey de los persas, que ofreció al Niño mirra como prefigura de la sangre que el Hijo de Dios derramaría en la cruz; el segundo Gaspar, rey de los indios, le ofrece incienso reconociéndolo como verdadero Dios; por último, Baltasar, rey de los árabes, le entrega oro por su condición de rey de los reyes.

Estos tres sabios se relacionan con los tres hijos de Noé (Sem, Cam y Jafet), que simbolizan las tres razas del mundo. En este sentido Memling introduce la novedad del rey negro, ya que hasta finales del siglo XIV no empieza a aparecer en las representaciones de la Epifanía.

El universalismo de la Adoración es lo se que se celebra en esta fiesta. Los Reyes Magos, con independencia de la historicidad de su número o de su lugar de origen, son una personificación de la humanidad entera a la que va dirigido el mensaje ecuménico de que Jesucristo ha nacido para salvar a todos los hombres, de todas las razas y de todos los pueblos. Los Reyes Magos no pertenecían al pueblo elegido, lo que nos revela que la Buena Noticia es para todos, desde  sabios y reyes poderosos hasta humildes pastores.

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