Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, junio 25, 2019
  • Siguenos!

La atracción de Cristo 
30 de Noviembre
por Francisco Lerdo de Tejada

En aquel tiempo, pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.

Les dijo:

«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.

Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Mateo 4, 18-22

La Verdad sale al encuentro del ser humano y lo hace de un modo atractivo. El Cristianismo resulta de un atractivo incomparable porque es el mismo Dios con todo su amor creativo el que viene en busca de su criatura. “Con lazos de ternura, con cuerdas de amor, los atraje hacia mí. Los acerqué a mis mejillas… “(Os 11,4). Cristo atrae por su amor. Cristo atrae con su amor. Cristo atrae para su amor.

El Cristianismo toca el corazón humano dotándole de forma divinidad. Cuando el Señor llama transforma, capacita para la transformación. Y esto es posible porque “a pesar de condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando como uno de tantos. Así, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz (Flp 2). “Siendo rico se hizo pobre, para que con su pobreza fuéramos enriquecidos todos ( 2 Cor 8,9)

Hacemos un flaco favor a los demás cuando nos mostramos repelentes, poco agradables, con escasa simpatía. Son precisamente estas notas de la atracción, el agrado y la afabilidad las que hacen creíble lo que creemos y predicamos. “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis responder a cada uno “(Col 4,6)

Sí, sí: atracción, agrado y afabilidad. A Cristo le buscaban las muchedumbres, irradiaba bondad ¡y eso que hablaba de cruz! Todos estaban pendientes de sus labios. Miraba con amor. Ponía ejemplos del campo, floresta y gorrioncillos. Fray Luis de León presenta a Cristo pimpollo, lleno de hermosura y de gracia, agradable en su porte y ser. La atracción procede del amor no de estrategias comerciales. Es el amor lo que atrae. Es el amor el que sana. Es el amor el que salva.

Cristo no buscó su propio agrado” (Rm 15,3). No, no lo buscó. Agradó. Es decir, vivía para llevar a los demás a la Felicidad mayor a la que un hombre puede aspirar. El Cielo es la morada preparada por el Hijo para nuestra Felicidad (Jn 14,2). El no buscó aplausos humanos. Solo buscó y busca nuestra Felicidad.

Por último, Jesucristo es afable, manso y humilde de Corazón. Su delicia es estar entre los hijos de los hombres (Prov 8,31), conversando, amando.

Si no atraemos repelemos. Tenemos los cristianos una responsabilidad grande: transmitir misericordia con misericordia. Transmitir sonrisa con sonrisas. Transmitir amor amorosamente. Transmitir la Verdad con verdad, verdaderamente.

Cristo lo vemos ahora junto al mar. Está caminando. Hay dos hermanos que están en lo suyo, pescar. Y Cristo pasea, ve y habla. El Verbo ya es hombre. Fue en tiempos de la Encarnación. Pasea, ve, habla. Asistimos a la caída en el Amor de estos pescadores. Van a caer enredados en las redes de Oseas.

Lo mismo hace el Señor en nuestras vidas: pasea, ve, habla. Camina por nuestras vidas y se asoma a nuestras circunstancias. Y luego habla. El Verbo haciendo su oficio: hablar, ser poeta de lo divino. El prólogo de san Juan afirma que el Verbo se hizo Logos; palabra ésta que designa tanto Palabra, como discurso hermoso, bien trabado. El Hijo cuando habla enamora. Es hermosura lo que sale de su boca: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia” (Salm 44)

Los amores divinos cambian al ser humano. De rudos pescadores de trucha y salmón a expertos en finas perlas del Evangelio (Mt 13,44-52). No se qué les pasa que están dejando ya sus redes. Están enredados en otras.

Jesucristo prosigue llamando y viendo y hablando. Ahora son otros los que caerán: Santiago y Juan. Antes Pedro y Andrés.

La pregunta ya la tenemos: ¿Cuándo es mi turno? ¿Cuándo los labios del Verbo pronunciará esas palabras para mí? ¿Cuándo caeré yo? Todo el mundo tiene su momento. El nos llama al apostolado. Y nos llama también para asuntos varios de interés divino. Son siempre las almas, las destinatarias de estas empresas. Redes inmensas han de cubrir el mundo para llenar el Cielo de peces.

El Señor pasea, observa, ve, habla. Ellos dejan barca, padre y red. Ellos dejan corazón porque han encontrado Corazón que lata por ellos. Respiran descansan en Felicidad al ritmo de estos nuevo latidos. Cristo hace su apostolado. Los apóstoles quedan cristificados. Intercambio cantado por los Padres de Oriente.

Dice el Evangelio que los recién llamados dejaron pronto, enseguida, lo suyo. Ya están en las urgencias del Amor (2 Cor 5,14). El amor no busca lo suyo, no insiste en lo propio (1 Cor 13)

Fue todo en el mar. Cristo paseando a lo largo del mar. Ellos echando las redes en el mismo sitio. En el mar se obró el cambio. En el mar se abrió el camino. Este Señor infatigable (cuando se trata de los intereses del Padre) nos dice; rema mar adentro (Lc 5,4). Todo en el mar, todo en las riquezas y profundidades de los designios de Dios (Rm 11,33)

Añadir comentario