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La atracción por la belleza 

Juan Pablo II repetía con insistencia: “La Verdad se propone, no se impone”. Benedicto XVI nos dijo que “el cristianismo no crece por proselitismo, sino por atracción”. Una Iglesia fea no podrá atraer nunca, porque lo que seduce al hombre es la belleza. No es la ley, ni el moralismo, sino la belleza del amor entre los hermanos. El milagro moral: el “mirad cómo se aman”. Mas ¿cómo encontrará el hombre de hoy la belleza en la Iglesia?

El P. Marko Ivan Rupnik, artista esloveno de prestigio mundial y autor de bellos mosaicos, sostiene que no es el moralismo lo que atrae: “¡Si estamos en conflicto con los hombres de nuestro alrededor, si continuamente les apuntamos con el dedo, no podemos anunciarles al Salvador y comunicar su gracia como vida nueva!”. Y continúa, “una iglesia buena, organizada, eficaz y llena de obras no atrae a nadie”. Porque lo que atrae es la belleza, pero no la belleza de una idea sino la belleza encarnada. En palabras del teólogo ruso Vladimir Soloviev: “La belleza como carne de la verdad y el bien”. Pero ¿qué verdad? Como afirma Pavel Florenski, sacerdote y escritor ruso asesinado por el comunismo en 1937: “La verdad revelada es el amor, y el amor realizado es la belleza”.

La Belleza hecha carne es la que atrae al hombre. Y la Iglesia es esta verdad realmente bella, “la comunión de personas en Cristo muerto y resucitado”.[1] Esta es la belleza que salvará al mundo, como dejó escrito Dostoievski en El Idiota; y la Belleza que salva al mundo es Cristo.[2] No hay mayor belleza que el amor de Dios por ti y por mí manifestado en Cristo Jesús. No hay mayor bien, mayor verdad ni mayor alegría que la de sentirse amado por Dios hasta el extremo de la cruz.

Tu gracia se derrama en abundancia

La mirada del hombre busca la belleza porque ha sido creado para contemplarla. La Belleza se ha manifestado en Cristo, y los que la admiramos no podemos ocultar nuestra alegría: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”, ni la podemos disimular: “El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión”.[3] Nuestra alegría no viene de que en nuestra búsqueda de la belleza la hayamos encontrado, sino de que ella nos ha encontrado a nosotros: Cristo, la Belleza, no se cansa de buscarnos y de esperarnos: “Mira que estoy a la puerta y llamo”. Este es el gran misterio: Él siempre llama y espera detrás de la puerta.

Una noche de Navidad de 1886, un joven ateo, el poeta francés Paul Claudel, entró en la Catedral de Notre Dame y quedó seducido por la belleza de la liturgia: “Mi corazón se sintió tocado y creí”. El encuentro con la Belleza le condujo a la Verdad: “Es cierto. Dios existe, está allí. Es Alguien, es un ser tan personal como yo mismo. Él me ama. Él me llama. Me vi embargado de lágrimas y sollozos”. Así relató él mismo, años después, el inicio de su camino de fe.

A las 5:10 horas de la tarde de un 8 de julio de 1935, el hijo del primer secretario del Partido Comunista francés, un joven educado en el perfecto ateísmo —tan perfecto que no perdía el tiempo negando la existencia de Dios— el escritor francés André Frossard entra en una iglesia en busca de un compañero de trabajo, y queda seducido por una Belleza superior a todo lo conocido: “Dios existe, yo me lo encontré… Yo lo he visto alzarse más bello que la belleza, más luminoso que la luz”. Él mismo dejó escrito su experiencia en su obra Dios existe, yo me lo encontré.[4]

He aquí dos testimonios de cómo el hombre es atraído por la belleza y seducido en lo más íntimo de sí por esta. Sin embargo, ¿cómo se encontrará el hombre de hoy con la belleza de la liturgia si no entra jamás en una iglesia?

dando vida a los crucificados

 

El mal odia la belleza y la verdad. Parece que en el mundo triunfa la fealdad de la mentira. Tantos hombres y mujeres que sacan a pasear su soledad por la ciudad, únicamente acompañados por sus mascotas; soledades bajo un cielo de cemento, rodeadas de feísmo y de grafitis; personas cerradas a Dios, sin fe, que hace tiempo perdieron la alegría porque la mentira del enemigo les dejó sin esperanza…, ¿se encontrarán alguna vez con la belleza? ¿Quién les mostrará el bien de la belleza de la verdad?

Joseph Ratzinger, en su sabiduría, nos aclaraba dónde está la verdadera belleza de Cristo. Cristo es el Esposo del Cantar de los Cantares, de quien dice el Salmo 44: “Eres hermoso, el más hermoso de los hijos de Adán”. Mas Cristo también es el Siervo de quien habla el profeta Isaías: “Sin figura, sin belleza, lo vimos sin aspecto atrayente, con el rostro desfigurado por el dolor”. El más hermoso de los hombres y el de aspecto más miserable, “ante quien se vuelve el rostro”. He aquí la paradoja, ¿cómo puede ser que el más hermoso de los hijos de Adán sea también este siervo doliente, ante quien se vuelve el rostro? Ahí está la verdad: “Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas”,[5] por ti y por mí.

El hombre de hoy está muerto por la desesperanza. No conoce, porque nunca le ha sido mostrado el amor más fuerte que la muerte, el amor al enemigo. La verdadera belleza es el Rostro de Dios, que se ha manifestado en Cristo crucificado por amor al ladrón, al asesino, al malvado, al gran pecador que somos nosotros. Este nuevo amor más allá de la muerte es el Cristo resucitado. El mundo de hoy está esperando que se manifieste esta nueva relación: el milagro moral en la pequeña comunidad cristiana, en la que el otro es Cristo.

La belleza en el arte está en la relación de algo con lo demás. El amor es relación, y este amor nuevo es un nuevo modo de relación: el mismo que convirtió uno a uno a los paganos de Roma, el mismo que atrajo a los aguerridos bárbaros germanos, el mismo que sedujo a los poderosos imperios inca y azteca. Este amor es el mismo que anhela el hombre postmoderno de hoy.

Todo el mundo tiene derecho a escuchar al menos una vez en su vida el anuncio del Kerigma; a encontrarse frente a frente con una Persona, con el Bien y la Belleza de la Verdad: la persona de Cristo, el tesoro escondido por el que vale la pena abandonarlo todo.

Dios también entra en la historia de hoy, en la postmodernidad, haciendo presente el amor y la unidad en la pequeña comunidad cristiana, en la familia y el matrimonio cristiano, que evangeliza con su presencia en medio del mundo: “Lo que gratis habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Este amor gratuito, signo de la presencia del Espíritu Santo, este amor entre los hermanos —“no juzguéis… amad a vuestros enemigos” — es lo que el mundo necesita ansiosamente encontrar.

Javier Alba


[1] Rupnik, discurso al recibir el título de Doctor Honoris Causa en la Universidad Francisco de Vitoria, en Madrid, 18-10-2013.
[2] Kiko Argüello, La Belleza que salva al mundo, V Congreso Católicos y Vida Pública, 2003.
[3] Papa Francisco,
Evangelii Gaudium, 2013
[4] André Frossard,
Dios existe, yo me lo encontré, 1969.
[5] Joseph Ratzinger,
Meeting de Rímini, 2002.

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