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La autoestima en las personas mayores 

“Envejecer es obligatorio, madurar es opcional”

Sin duda alguna, el término autoestima está de moda en la psicología actual. Sin embargo, es muy posible que su significado más profundo sea ignorado, y eso con independencia de que sea un concepto de muy amplia circulación social en la actualidad. Cuanto más frecuente es su uso en el lenguaje coloquial, más parece que su auténtico significado es ignorado y pasa inadvertido a muchos. No deja de ser curioso que el uso generalizado de tal concepto, aunque venga empleándose en el ámbito de la psicología desde hace muchos años, solo se haya divulgado en las últimas décadas.

El término autoestima es la traducción del término inglés self-esteem, que inicialmente se introdujo en el ámbito de la Psicología social y de la personalidad; denota la íntima valoración que una persona hace de sí misma. De ahí su estrecha vinculación con otros términos afines como el autoconcepto (self-concept) o la autoeficacia (self-efficacy), en los que apenas se ha logrado delimitar lo que cada uno de ellos pretende significar.

Hay personas que han triunfado en la vida —de acuerdo, al menos, con lo que la opinión pública entiende por triunfar— y, sin embargo, se tienen en muy poca estima. Como en una ocasión me hizo notar un buen amigo: “hay triunfadores que dan pena”. Es decir, han triunfado en su profesión y en su familia, tienen prestigio social, son admirados por mucha gente, disponen de un excelente futuro, trabajan en lo que les gusta y, a pesar de todo ello, se estiman muy poco, por lo que… ¡dan pena! Esta situación la he podido comprobar en muchas ocasiones.

Por el contrario, hay personas que desde la exclusiva perspectiva del éxito social alcanzado serían calificadas de fracasadas y, sin embargo, su estima personal es alta en modo suficiente, incluso demasiado alta en algunos casos. Esto demuestra que la autoestima no puede atribuirse principal o exclusivamente al éxito que se obtiene.

La autoestima podría entenderse mejor como la convicción de ser digno de ser amado por sí mismo —y por ese mismo motivo, por los demás—, con independencia de lo que se sea, tenga o parezca. Este modo de explicar la autoestima apunta a la capacidad de que está dotada la persona para experimentar el propio valor intrínseco, con independencia de las características, circunstancias y logros personales que, parcialmente, también la definen e identifican.

la experiencia es un grado

 

La autoestima no debiera entenderse como algo dependiente de los logros alcanzados o del nivel intelectual que se posee. La autoestima hay que abrirla a los valores. Conviene advertir que los valores sobre los que se debe fundar la autoestima son, desde luego, los valores intrínsecos, aunque sin menospreciar los extrínsecos a los que también se abre el concepto, pero sin que jamás se subordine la autoestima a solo estos últimos.

Los valores intrínsecos son aquellos valores autoconstitutivos de sí mismo (virtudes); los valores que configuran el entramado del propio yo, de manera que este crezca derecho y en su máxima estatura posible; de tal forma que se desarrolle vigorosamente y haga posible el que cada uno saque de sí y acreciente la mejor persona posible en servicio de los demás. En este último sentido la autoestima está muy vinculada a la educación y a la justicia social.

Pero no debería reducirse este concepto a solo la educación. La autoestima alude, de forma inexcusable, a la dirección de la propia vida y al comportamiento personal. Es decir, a la tarea de ir haciéndose a sí mismo, un hacer que está mediado por el uso de la libertad del que aquella depende.

De acuerdo con esto, la autoestima habría que entenderla como el eje auto-constitutivo sobre el que componer, vertebrar y rectificar el propio yo a lo largo de la vida, de acuerdo con las experiencias personales de que se disponga. A lo largo y ancho del camino zigzagueante de la vida, la persona puede deshacerse al tratar de hacerse a sí misma. Pero esto no tiene porqué hundir para siempre la autoestima. No obstante, mientras que la persona sea libre y disponga de esperanza puede recuperar —si rectifica— la autoestima perdida. Así las cosas, la autoestima se nos manifiesta como la condición de posibilidad para rehacerse a sí mismo, a partir de los fragmentos, grandes o pequeños, saludables o enfermizos, buenos o malos, que como huellas vestigiales configuran el propio yo en una determinada etapa del vivir humano.

cabeza y corazón

En el fondo de estas cuestiones, una y otra vez vuelve a ponerse sobre el tapete esa cierta contraposición entre cabeza y corazón o, formulado de un modo más tradicional, entre el entendimiento y la voluntad.

Recordando a los clásicos, es preciso afirmar, hoy como ayer, que el objeto del entendimiento es la verdad así como el objeto de la voluntad es el bien, todo lo cual concierne también a la autoestima. Pero bien y verdad son, en cualquier caso, aspectos de una misma y única realidad, como el entendimiento y la voluntad son facultades de una misma persona.

Por eso, cuando el entendimiento alcanza la verdad, esta deviene en un cierto bien para la voluntad que, al mismo tiempo, es apetecido por ella. De otra parte, cuando la voluntad se dirige a alcanzar el bien, este deviene en una cierta verdad para el entendimiento. Se diría que, en este caso, el bien es introducido en el ámbito cognitivo bajo la especie de verdad. De aquí que pueda hablarse respecto de la voluntad, del bien de la verdad y, respecto del entendimiento, de la verdad del bien, elementos que forman parte de la autoestima.

Ninguno de ellos está por encima del otro, sino que ambos se atraen y se hacen copresentes —casi siempre de forma simultánea— en la raíz del comportamiento humano; aunque, según las personas y las diversas circunstancias, puede haber un relativo predominio del entendimiento sobre la voluntad o de esta sobre aquel, del querer sobre el conocer, y viceversa, o de la verdad sobre el bien. Y esto con independencia de que el entendimiento y la voluntad no se equivoquen cuando el primero se percata de lo que entiende como verdad y el segundo de lo que quiere como bien.

hacia un proyecto personal

La vida humana no debiera enajenarse —a fin de lograr la autoestima— imitando ciertos modelos (éxito, popularidad, dinero, etc.) que los mass media popularizan. Entre otras cosas, porque esa enajenación lleva pareja un falseamiento del núcleo más íntimo de la vida personal. No, tampoco es conveniente identificarse, por ejemplo, con el protagonista principal de un relato amoroso para transvivirse en el papel representado por él y, con él, revivir como propias todas y cada una de sus emociones. También la empatía tiene sus limitaciones y ha de estar a buen recaudo bajo la vigilancia de la racionalidad, que sostiene o debiera sostener la propia identidad.

La pequeña satisfacción que proporciona al espectador la vida amorosa del protagonista de un film, los sentimientos que el lector toma a hurtadillas de un relato cualquiera y luego los interioriza y revive en la soledad de su alcoba es del todo insuficiente —y, en ocasiones, contraproducente— para asentar sobre ellos las raíces del destino personal.

Cada persona —especialmente en esto de estimarse a sí misma— ha de determinarse por una opción singular, no delegable e inimitable. En una palabra, por una elección, personalísima y libérrima —el proyecto personal—de la que depende el modo en que a sí misma se quiere, y de la que es consecuencia el modo en que querrá a los demás.

siempre en positivo

 

La autoestima se manifiesta más diáfana y transparente, más bulliciosa y en ebullición, en las personas jóvenes que en las de más edad. Su descenso en las personas maduras puede tomarse como un signo de envejecimiento, al que suelen acompañar otras muchas manifestaciones. Pero eso no siempre es verdad. A fin de evitar al lector este mal sabor de la vida ya mediada o en decadencia, transcribo aquí, de acuerdo con Fontana Tarrats, las características de las personas no tan jóvenes o incluso ancianas que no tienen problema alguno con la autoestima. He aquí los excelentes consejos para estimarse a sí mismo a pesar de la edad:

«La juventud no es un periodo de la vida, sino un estado de espíritu, un efecto de la voluntad, una cualidad de la imaginación, una intensidad emotiva, una victoria del valor sobre la timidez, del gusto a la aventura sobre el amor a la comodidad.
No se llega a viejo por haber vivido un cierto número de años; se llega a viejo por haber desertado de nuestro ideal. Los años arrugan la piel; renunciar a nuestro ideal arruga el alma.
Las preocupaciones, las dudas, los miedos y las desesperanzas son los enemigos que lentamente nos van inclinando hacia la tierra y nos convierten en polvo, antes de morir.
Joven es el que se sorprende y se maravilla. El que pregunta como el niño insaciable: “¿Y después?”. El que desafía los acontecimientos y encuentra alegría en el juego de la vida.
Tú eres tan joven como lo sea tu fe; tan viejo como lo sean tus dudas. Tan joven como tu confianza en ti mismo; tan joven como tu esperanza; y tan viejo como tu abatimiento.
Te mantendrás joven en tanto te mantengas apto para comprender. Comprender lo que es hermoso, bueno, grande. Comprender los mensajes de la Naturaleza, del hombre y del infinito.
Si un día tu corazón está a punto de ser mordido por el pesimismo y anquilosado por el cinismo, que Dios tenga piedad de tu alma de viejo».

Aquilino Polaino-Lorente
Catedrático de Psicopatología
Universidad San Pablo-CEU          

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