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LA AUTORIDAD DE JESÚS 
4 de Septiembre
Por Antonio Segoviano

Reflexion, evangelio, hoy, Martes

Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo y se puso a gritar a grandes voces: «¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.» Jesús entonces le conminó diciendo: «Cállate y sal de él.» Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados y se decían unos a otros: «¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen.» Y su fama se extendió por todos los lugares de la región (San Lucas .4, 31-37).

COMENTARIO

Nos encontramos hoy ante un tema recurrente en el Evangelio. Jesús habla y actúa revestido de una autoridad insólita. Cuando proclama en el monte: “Habéis oído que se dijo… Pero Yo os digo…”o cuando sentencia:” En verdad os digo…”quienes le escuchan perciben un tono de autoridad tan firme, tan categórico, que nadie se lo explica. Igualmente cuando ordena a las fuerzas de la naturaleza: enfermedades, tempestades, pesca milagrosa, pan multiplicado, etc… Incluso cuando expulsa a los demonios: éstos, que le conocen, han de obedecerle contra su voluntad.

Cuando purifica el templo expulsando a los vendedores, lo hace con tal poder que las autoridades religiosas del pueblo le piden una explicación. Y Jesús, siempre dueño de la situación, se niega a dársela, argumentando que no creyeron a Juan Bautista y eso les desautoriza.

Esta autoridad categórica es parte del misterio de Jesús. Se fundamenta en la verdad que enseña y que todo corazón humano, siendo sincero, reconoce. Cuando afirma: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”, o cuando enseña: “No es lo que entra en hombre lo que le hace impuro, sino lo que sale de su corazón”, la verdad de esta enseñanza es tan evidente que nadie puede ignorarla.

Pero sólo quien cree en él es capaz de entender el origen de su autoridad: Él es el Mesías, el enviado de Dios, que habla y actúa en su nombre. Para la mayoría del pueblo dicho origen es un misterio. Y para los jefes del pueblo, que ven menoscabado su prestigio, Jesús es un impostor. ¿Cómo es posible que el Mesías no cuente con ellos y prefiera a la gente más baja del pueblo, a los pecadores? ¿Cómo se entiende que alguien con tales poderes no viva en Jerusalén, en un palacio, sino dependiendo a diario de la hospitalidad de cada pueblo? Es éste un elemento más del misterio de Jesús, sólo accesible desde la fe,

Una cuestión más profunda; esta autoridad patente de Jesús ¿es sólo un atributo de su personalidad humana, o es algo que trasciende a su vida entre nosotros, para abarcar a todas las generaciones posteriores e incluso a toda la humanidad?

Veámoslo desde los hechos: A partir de su vida entre los hombres, la historia da un giro definitivo, como jamás lo ha dado. Aparece la dignidad de la persona, incluida la dignidad de la mujer. La razón de la fuerza cede ante la fuerza de la razón.

El Imperio Romano se cristianiza; los pueblos bárbaros son civilizados al par que evangelizados; aparece una sociedad cristiana, donde el hombre no es ya esclavo del hombre. Todo ello, muy poco a poco, en precario, siempre amenazado por el mal. Pero en cada etapa de la historia, la dignidad humana va siempre ganando valor.

¿No muestra todo ello la presencia de la autoridad moral de Cristo, actuando a través de los suyos, en medio de los hombres? ¿No es prueba evidente de su poder sobre todo poder? Y dicho poder se ejerce por su victoria en el corazón de cada hombre, respetando siempre su libertad, y tornándole dócil a la acción de la gracia divina, construyendo así, en el interior de la humanidad, el Reino de Dios.

Por tanto, la autoridad de Jesús es algo siempre presente en la historia. En la de cada ser humano y en la universal. Más aún, es el motor y el timón de ésta.

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