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La belleza del matrimonio cristiano 

Al comenzar un nuevo año es frecuente que en diócesis y arciprestazgos se organicen los primeros cursillos prematrimoniales. Hoy en día —y lo digo por experiencia— se van pareciendo cada vez más a catequesis de iniciación cristiana, pues los novios frecuentemente llegan con muy escasa formación en asuntos de fe. Es habitual, asimismo, que se vayan viendo progresivamente más y más sorprendidos por las cosas que van escuchando —muchas de las cuales son completamente extrañas a la mentalidad dominante— y que deben asimilar; en la mayoría de los casos, sin embargo, cuando el curso termina se muestran agradecidos, esperanzados y felices. En muchas ocasiones descubren un mundo completamente nuevo y particularmente atrayente y hermoso.

Les asombra, en primer lugar, descubrir que hasta entonces no sabían cuál era la diferencia entre vivir juntos y estar casados, más allá del consabido “por los papeles”. No sabían que la mera convivencia se basa en el hecho afectivo, mientras este dure, por lo que supone compartir la vida diaria con aquel a quien se ama y con quien la convivencia es satisfactoria. Pero que, por eso mismo, en cuanto deje de serlo se acaba, mientras que el matrimonio cristiano supone la entrega absoluta al cónyuge, la donación recíproca de todo cuanto se es y de todo cuanto se será, de nuestro presente y de nuestro futuro, pase lo que pase y para siempre. Los amantes se quieren, los esposos se comprometen a quererse, como afirma Viladrich. Es por tanto algo absolutamente distinto.

No salen de su asombro cuando les decimos que el hombre es más libre cuanto más radicalmente entrega su libertad, por lo que el miedo al compromiso es garantía segura de no ser jamás verdaderamente libre. Se sorprenden mucho cuando se les explica que el Amor (con mayúscula), y en particular el amor matrimonial, no está basado en los sentimientos, que son cambiantes y volubles, sino que se fundamenta en las potencias superiores del Hombre, que son la voluntad y el entendimiento. Pero se les dice también que distinguir enamoramiento de amor no significa renunciar a los sentimientos.

encontrar la pulpa entre la corteza

Abren desmesuradamente los ojos cuando les hablamos del inmenso valor del encuentro sexual de los cónyuges —abierto a la vida cuando la entrega mutua es total—, que la Iglesia aplaude y bendice y que, como decía San Juan Pablo II, es ocasión de encuentro con Dios. Les decimos que es muy importante que los cónyuges cuiden con mimo este importantísimo aspecto de su relación y que se esfuercen en mantener siempre encendida la chispa de la mutua atracción. «Las parejas que funcionan, que aprenden a donarse, no renuncian al placer. Solo que, a veces, han de tener la paciencia, el tiempo y el empeño para buscarlo, para encontrar la pulpa entre la corteza de las complicaciones de la vida», dice Constanza Miriano, autora del libro “Cásate y sé sumisa”.

También les causa sorpresa la insistencia en la unidad y en la indisolubilidad, propiedades esenciales del matrimonio tal y como lo quiere la Iglesia. La manera en la que habitualmente se concibe la indisolubilidad matrimonial, que suele verse como un impedimento o freno a la libertad, es en nuestra opinión un gran error. Porque es precisamente lo contrario: es un seguro, una garantía, un baluarte firme al que agarrarnos en momentos de dificultad. Imaginemos que navegamos en un esquife, cerca de la costa, se hace tarde, se aproxima la puesta de sol y aparece una tempestad. Lo que haremos será buscar un puerto natural, un resguardo seguro que nos ofrezca una mínima protección, que nos proteja de golpes de mar que nos pueden poner en serio peligro de naufragar. El buen marino buscaría sin duda esa seguridad. Pues bien, la indisolubilidad cumple precisamente esa función, la de puerto seguro, la de resguardo amable que nos protege frente a las inclemencias.

Cuando un matrimonio pasa por dificultades, cuando problemas externos o internos afectan a la convivencia, la indisolubilidad ofrece la protección del salvavidas. En todas las piscinas públicas existen obligatoriamente varios salvavidas, habitualmente colocados en las esquinas, que, atados con un cordel, serán utilizados para el rescate de los nadadores que pasen por momentos de dificultad. Lanzados al agua le permitirán agarrarse a ellos y sobrevivir. De este modo actúa la indisolubilidad, cuando firmemente cree el casado que su unión con el cónyuge es para siempre. Lo expresa de manera admirable la ya citada Constanza Mirano: «La indisolubilidad del matrimonio te cierra todos los demás caminos pero te abre una autopista. Comienzas a esforzarte en amar también los defectos, no se los echas en cara, sino que los acoges. Ya no te planteas el problema de si la situación te agrada o no, sino de cómo hacer que las cosas funcionen, dado que tienen que continuar adelante, a toda costa». La indisolubilidad, vista desde esta perspectiva, contribuye fuertemente al fomento de la estabilidad matrimonial y familiar.

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Poco a poco, las jóvenes (o ya no tan jóvenes) parejas de novios empiezan a conocerse entre sí, empiezan a confiar en sus monitores y se les empieza a soltar la lengua. Y empiezan a comprender que lo que se les está planteando es tan radical y apasionante que hoy en día es completamente transgresor. Les comentamos que la felicidad se encuentra en los detalles insignificantes del día a día, que puedes sentir el deslumbramiento de la primera etapa del noviazgo cuando cualquier tarde ves aparecer cansado a tu marido o a tu mujer, esforzándose en ofrecerte su mejor sonrisa, a pesar de haber tenido un mal día. Que lo verdaderamente revolucionario es ser leal, cuidar de los tuyos para siempre, gastar tu vida en algo serio, grande y hermoso como es sacar adelante a una familia. Que el amor no se acaba, y que es más fuerte que la muerte.

Empiezan a verse a ellos mismos, pendientes uno de otro y enamorados, caminando juntos de la mano en el otoño de sus vidas. Amándose tiernamente cuando ya peinan canas y sus miembros artríticos ya no les obedecen. Habiendo dejado atrás un sinfín de dificultades y pruebas, superadas porque se tenían el uno al otro, y mirando al sol poniente con una sonrisa, embargados por un estremecimiento amoroso.

Este es el Matrimonio que propone la Iglesia, que en mi opinión es la mayor fuente de felicidad personal conocida. Porque además, y con esto ya les rompemos a los cursillistas todos sus esquemas, está el Sacramento, que proporciona una fuente inagotable de ayuda y consuelo a los cónyuges, porque Dios mismo está empeñado en que los cónyuges se quieran para siempre. Nuestro Padre celestial pone toda la carne en el asador de nuestra felicidad y de nuestro compromiso. Jamás nos dejará solos, y para eso está la Iglesia, que es Madre y, como todas las madres, nos espera y nos acoge siempre.

Sobre todo, resulta esencial esa ayuda en los primeros años de matrimonio, como acertadamente señaló la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos en octubre de 2014: «Los primeros años de matrimonio son un período vital y delicado durante el cual los cónyuges crecen en la conciencia de los desafíos y del significado del matrimonio. (…) Resulta de gran importancia en esta pastoral la presencia de esposos con experiencia. La parroquia se considera el lugar donde los cónyuges expertos pueden ofrecer su disponibilidad a ayudar a los más jóvenes, con el eventual apoyo de asociaciones, movimientos eclesiales y nuevas comunidades». 

El filósofo Robert Speamann, en un artículo titulado “Divorce and Remarriage”, y que se puede encontrar en Internet (http://www.firstthings.com/article/2014/08/divorce-and-remarriage), señala con pesar que «también entre los creyentes el matrimonio ha dejado de considerarse “una realidad nueva e independiente que se encuentra por encima de la individualidad de los esposos” y que no puede ser disuelta ni por la voluntad de los cónyuges, “ni por la decisión de un sínodo o del Papa”». Sin embargo, Speamann cree que hay un inmenso atractivo en la idea de que la unión de un hombre y una mujer está “escrita en el cielo”, que perdura en lo alto, y que nada puede destruirla, que permanece “tanto en la salud como en la enfermedad”. «Esta convicción es una maravillosa y estimulante fuente de fortaleza y gozo para aquellos esposos que se enfrentan a crisis matrimoniales y que buscan encender de nuevo su viejo amor».

Es responsabilidad de todos los católicos, y muy en especial de los cónyuges, hacer ver a todos con nuestro ejemplo la hermosísima realidad del matrimonio que propone la Iglesia. Pero, como afirma Spaemann, «la belleza de la vida matrimonial solo puede brillar cuando se presentan también sus exigencias, sin diluirlas ni rebajarlas; de otro modo, desaparecería».

Joaquín J. Polo Cañavate
Master Universitario en Matrimonio y Familia

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