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La conversión cristiana 

¿Qué es la conversión? ¿Qué implica y cuáles son sus rasgos más característicos? A menudo aparecen en los medios de comunicación noticias sobre conversiones de personajes famosos: escritores e intelectuales, artistas, científicos, activistas sociales , políticos,… Sus historias son muchas veces atractivas e impactantes. Cada caso es único y original. Algunos abrazan la fe tras un dilatado proceso de búsqueda; en otros, el cambio se produce de manera repentina; los hay que llegan a Cristo por la cabeza y quienes lo hacen por el corazón; quienes encuentran o retornan a Dios después de una crisis existencial, y quienes lo alcanzan sin turbulencias interiores; quienes estudian la razones de la fe antes de dar el paso, y quienes solo después de darlo sienten la necesidad de conocer más y mejor aquella fe a la que ya se han entregado totalmente.

El deseo de conversión es una constante antropológica universal ligada a la búsqueda de verdad y de sentido. La historia de la humanidad atestigua un inconformismo general del hombre y de la mujer ante la ignorancia, el error o la mentira, tanto en el orden teórico como en el práctico. La tensión entre lo que soy y lo que debería ser es el detonante, desde el punto de vista antropológico, de la aspiración constante de conversión y de mejora –renovarse o morir‑ del ser humano. Como decía Ortega y Gasset, «la vida es inexorablemente invención».

La fenomenología religiosa y la antropología cultural han descubierto en los pueblos antiguos algunas expresiones de este anhelo humano, como son los “ritos de expiación y purificación” para reparar las rupturas de la comunidad con los dioses, o los “ritos de iniciación” que expresaban la ruptura con la antigua vida y la entrada en la nueva. La tragedia griega constituye también una importante expresión cultural del deseo humano de conversión a través de su peculiar dimensión catártica, como ya señaló Aristóteles en su Poética. El espectador ve proyectada su vida en la representación de los actores, de manera que las propias pasiones y culpas salen a la luz sin tapujos provocando en él una mezcla de sentimientos de piedad y temor que impulsan a la catarsis, es decir, a la purificación interior y a la necesidad de conversión para alcanzar un renovado estado existencial.

una respuesta gozosa  

En sentido religioso, el término conversión expresa una realidad rica y múltiple como dinamismo espiritual del hombre hacia Dios. Son diversas sus modalidades: el paso de la increencia a la fe; la adhesión a una nueva religión; el retorno a una religión abandonada anteriormente por rechazo o indiferencia; la reconciliación del pecador arrepentido con Dios; la reincorporación a la vida eclesial y comunitaria; o incluso –según un sentido clásico ya en desuso‑ la entrada en el estado religioso. También en el lenguaje común se emplea ese término para referirse a la incorporación a la Iglesia Católica de un bautizado en otra Iglesia o Comunidad cristiana, aunque ese uso no es teológicamente ni preciso ni acertado.

La conversión cristiana –que en la Biblia es descrita principalmente con los términos epistrophé y metánoia‑ se integra en la teología de la alianza de Dios con los hombres. En referencia a los hombres, la alianza aparece siempre como un proyecto en devenir, nunca acabado. La historia de la alianza es agitada y frecuentemente dramática. Por eso, la apelación de los profetas del Antiguo Testamento a la conversión es un recurso primordial para mantener la alianza viva y actualizada, ya sea como advertencia para poner en guardia contra el riesgo de olvido o negligencia de ese pacto, o bien en ocasiones, como denuncia ante una ruptura ya consumada.

Cuando Jesús inicia su ministerio público en Galilea no pretende simplemente enseñar una nueva doctrina o un arte de vivir. Su intención es proclamar un acontecimiento extraordinario, el Evangelio de Dios, que Él sintetiza con un doble anuncio: «El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca»; al que sigue una doble exhortación: «convertíos y creed en el evangelio» (Mc 1,14-15).

Adviértase cómo la conversión presenta ahora un marco bien distinto del que tenía en la exhortación profética del AT. En la predicación de los profetas –también en Juan el Bautista‑ había una relación causal entre conversión y salvación: convertirse significaba “volver hacia atrás”, invertir el propio rumbo para retornar a la alianza y obtener el perdón de Dios después del pecado y la infidelidad (Zc 1, 3-4; Jr 8, 4-5). Lo que motivaba el cambio de corazón era el deseo de recuperar nuevamente la predilección de Dios. La conversión era así una exigencia y una condición de la salvación.

En la predicación de Jesús se produce un giro importante en la relación entre conversión y salvación. Ahora la salvación no es tanto una recompensa ante un esfuerzo humano previo, sino un regalo inmerecido que Dios otorga de modo magnánimo. La conversión no es primeramente una condición de salvación, sino una respuesta lógica y gozosa ante la Buena Noticia que Jesús proclama. El apremio a la conversión no viene ahora por vía de inquietud o amenaza, sino a través de la lógica del amor. La conversión cristiana no es, en definitiva, la vuelta a lo antiguo; es un salto hacia adelante, el comienzo de una nueva vida. Un encuentro con Jesús.

un asunto de amor

La conversión cristiana es un asunto de amor y, por tanto, cuestión de dos: Dios y el hombre, siendo Dios quien tiene la iniciativa. Refiriéndose a su conversión, el periodista italiano Vittorio Messori comenta: «Por lo general, se hacen buenos propósitos de cambio de vida. Yo no la cambié. Me fue cambiada».

Por parte del hombre, la conversión auténtica no es el resultado de modas o de caprichos. Tampoco es pura cuestión de sacrificios y renuncias. Como afirma Benedicto XVI en encíclica Deus Caritas est, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida».

Indudablemente, la vida nueva que abraza le exige al converso abandonar aspectos negativos de su vida anterior. Pero ‑contrariamente a lo que pudiera pensar un observador superficial‑ el corazón del convertido no está presidido por un sentimiento de triste abnegación. Al contrario: son nuevos aires de verdad y libertad los que llenan desde entonces su naciente existencia. «El convertido no es uno que renuncia: es uno que conquista» (Igino Giordani). No es un perdedor, sino un ganador; no un infeliz, sino un afortunado que ha respondido a un Amor que le ha salido al encuentro y le ha conquistado.

La conversión cristiana reúne aspectos de varios términos bíblicos que expresan diferentes significados: inversión de dirección, retorno, comienzo de una nueva ruta, cambio de mentalidad, arrepentimiento, penitencia,… En una palabra, la conversión significa un cambio efectivo en la manera de pensar, una nueva visión de la realidad. Se trata de abandonar una visión anclada en lo material y visible para adoptar otra perspectiva cimentada sólo en Dios. Convertirse significa aceptar que «la realidad de las realidades es Dios», según unas palabras recientes de Benedicto XVI. El converso ha hecho de Dios el criterio de todos sus pensamientos, palabras y acciones.

Tatiana Goritcheva, la joven comunista que encontró a Dios a los veintiséis años mientras hacía yoga y recitaba el padrenuestro como un simple mantra, lo expresa de la siguiente manera: «Si alguien me pregunta qué significa para mí el retorno a Dios… y cómo ha cambiado mi vida, puedo contestarle con toda sencillez y brevedad: lo significa todo. Todo ha cambiado en mí y a mi alrededor. Y, para decirlo con mayor precisión aún: mi vida empezó sólo después de haber encontrado a Dios».

La conversión es una gracia de Dios, pero también una tarea para el hombre que dura toda la vida. Así lo expresa San Agustín: «No te contentes nunca con lo que eres, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque allí donde te consideraste satisfecho, allí te paraste. Si dijeres: “¡Ya basta!”, pereciste. Crece siempre, progresa siempre, avanza siempre» (Sermón 169, 18).

Siguiendo el encargo de Jesús, la Iglesia recorre el mundo anunciando el Reino de Dios e invitando a la conversión. Y lo hace a todos, también a los mismos bautizados, para quienes la conversión es una dimensión permanente de su vida cristiana, un rasgo esencial de la llamada universal a la santidad que está conformada por constantes conversiones sucesivas: «La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida» (San Josemaría Escrivá).

nacer de nuevo

En el cristianismo, convertirse significa ante todo nacer a una vida nueva: llegar a ser hijos de Dios Padre en el Hijo por el Espíritu Santo. Ese nuevo nacimiento tiene en el bautismo su expresión fundamental, como bien lo manifiestan los ritos y signos de la celebración bautismal en la vigilia pascual desde los primeros siglos del cristianismo: el expresivo juego de oscuridad y de luz, el despojamiento de los vestidos a los catecúmenos antes de ser sumergido en el baptisterio, la inmersión en el agua bautismal como signo de la muerte con Cristo al pecado y la salida del agua como señal del nacimiento de una nueva criatura, la invocación a la Santísima Trinidad, el vestirse con hábitos blancos, la entrega del cirio encendido, la imposición de las manos y la unción que hace el obispo con el crisma, la procesión de entrada en la Iglesia y la presentación del bautizado a la asamblea, la leche y la miel que se le da como símbolo del alimento del recién nacido…

Difícilmente pueden expresarse mejor la naturaleza y los principios esenciales de la conversión cristiana: la iniciativa de Dios Uno y Trino; su dimensión eclesial: ese nuevo nacimiento se realiza y desarrolla en la Iglesia como dispensadora de los misterios de Dios y como comunidad de convertidos; la libertad del hombre para optar por Dios renunciando a la ilusión de la autosuficiencia; su carácter totalizante e integral, por afectar a todas las dimensiones humanas: la conversión no sólo es moral o cultual o intelectual, sino una aceptación de Dios como principio rector de toda la existencia, como ocurre en todo verdadero enamoramiento; su proyección universal, puesto que los hombres y las mujeres de todos los tiempos están llamados a la conversión y a la fe.

«Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Estas palabras de Jesús son el fundamento de la missio ad gentes y, por tanto, de la tarea que la Iglesia ha recibido de invitar a la conversión. Quien experimenta la belleza de la conversión personal o ajena, comprende también la necesidad de la evangelización. Como ha señalado Benedicto XVI «en un mundo marcado por la indiferencia religiosa, e incluso por una creciente aversión a la fe cristiana, es necesaria una nueva, intensa actividad de evangelización, no sólo entre los pueblos que nunca han conocido el Evangelio, sino también en aquellos en los que el cristianismo se difundió y forma parte de su historia».

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