Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, noviembre 12, 2019
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La creación del hombre a imagen de Dios 

“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?

He aquí la eterna pregunta que el hombre de todos los tiempos se hace

y que responde de muy

distinta manera según sean sus principios, sus valores, en último término

su proyecto de vida,

su concepción de la relación Dios-hombre-mundo.

Es la pregunta que

el salmista  dirige a Dios, porque es Dios mismo quien puede contestarla adecuadamente.

Y no cabe duda que lo hace, en este Salmo 8,

cuando afirma:

“Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad.

Le diste el mando sobre las obras de tus manos,

todo lo sometiste

bajo sus pies…”

Pero es en el libro del Génesis donde aparece con más nitidez la revelación de Dios sobre el hombre, su criatura más querida.

Como es sabido, en el libro de los Orígenes se yuxtaponen dos relatos, dos tradiciones, la llamada yavista (J), que corresponde al siglo X a C, que con su lenguaje arcaico revela el origen del hombre, al que coloca en un edén, en estrecha relación con Dios, y la denominada sacerdotal (Priester Codex :P), siglos V- IV a C, en la que se afirma: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” Gn, 26-28). Juan Pablo II hace notar que el “Hagamos” supone consulta, solemne decisión. Puede ser un plural mayestático, o referirse a la Santísima Trinidad, que, como es sabido, no aparece explícitamente revelada en el Antiguo Testamento, pero nunca  se trataría –dice el Santo Padre- de una visión politeísta. Revela una separación radical entre el hombre y el resto de la creación, la igualdad radical entre el hombre y la mujer –varón y varona- además del origen religioso de la institución natural del matrimonio, expresado por el versículo 28: “y los bendijo Dios y les dijo Dios: Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla…”, que también expresa la misión del hombre de conservar la naturaleza, como lugarteniente de Dios. En Gen 2, 4, que corresponde a la tradición yavista, abunda  la revelación en la unión esponsal cuando afirma: “Abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” No se puede expresar más gráficamente la unidad, la unión íntima, en un mismo amor, del hombre y la mujer.

 

Ninguna visión del hombre puede ser más alta que la visión cristiana: imagen y semejanza de Dios. De ahí la dignidad personal de todo hombre, capaz de conocer, amar, y vivir en libertad. Dios le habla y él responde.

 

De ahí también que el ser humano, a imagen de la Santísima. Trinidad, necesite de la alteridad, de la relación amorosa con los otros y con el “Otro”, que también se revela como Padre.

 

Ya en los primeros siglos del cristianismo, Ireneo y Tertuliano, afirman que Dios crea al hombre como anticipo de Cristo, como un esbozo que Cristo lleva a plenitud en la Encarnación. El hombre es creado en referencia y ordenación al Hijo de Dios encarnado. De ahí la necesidad del hombre de conocerle, seguirle y amarle; de identificarse con él, de ser “otro Cristo”, “el mismo Cristo”  porque, como nos recuerda el Vaticano II, en Gaudium et spes – que recoge  el texto de Tertuliano- “Cristo revela al hombre quién es el hombre” “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”.  Y haciendo referencia al Génesis 2 se afirma: “lo que Dios expresaba en ese barro de la tierra al formar a Adán, era la idea de Cristo, el hombre por venir, el Verbo hecho carne”.

 

En el mismo sentido, Pascal  indica que “para conocer al hombre hay que conocer a Dios”.

 

Después de la “muerte de Dios”, en un mundo de increencia, el hombre se ha quedado sin referencia, lo que ha hecho pensar en la “muerte del hombre”. Porque sin Dios ¿qué sentido tiene la vida? El hombre queda  reducido a “nada más que” puro biologismo (mono desnudo), o psicologismo según la visión de Freud que piensa que “el yo no es dueño de su casa”, sino guiado por su inconsciente, por sus instintos, por sus complejos, en una visión pansexualista y reductora. Como reductora es la idea sociologista que considera al hombre como producto  de las fuerzas productivas y  ecónomicas. En la era de la tecnología y de la industrialización, el hombre se ve como creador ante las máquinas que son sus criaturas, pero acabará siendo esclavo de ellas, un hombre-maquina que se deshecha cuando ya no rinde.

 

Desde  una visión  profundamente atea,  Feuerbach, dirá que “no es Dios quien crea al hombre, sino el hombre quien crea a Dios”. También el ateismo de Sartre considera al hombre creador de sí mismo pero, muy coherentemente con estas ideas, termina por pensar  que venimos de la nada, existimos sin justificación alguna y terminaremos en la nada, porque hemos sido arrojados a la existencia, y la vida es absurda, pura “náusea”.

 

En contrate con estas ideas pesimistas que llevan al hombre de hoy a una profunda “frustración existencial” – en frase de Víktor Frankl- aparece la gozosa revelación de Dios sobre el hombre, al que incorpora a la condición de hijo amado.

Siguiendo la revelación del Génesis, en su tradición yavista, capítulo 2º, aparece Dios como un alfarero que con cuidado va modelando al hombre, a cada hombre, porque no somos hechos en serie, sino únicos e irrepetibles, como las vasijas que el artesano fabrica. Nos ha elegido y nos ha llamado por nuestro nombre. Contamos mucho para él, somos obra de sus manos. “Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gen 2,7)

 

Si bien es cierto que somos frágiles –hechos de barro- sin embargo, Dios nos da su aliento de vida, “ruah”, que hace posible nuestra participación en la vida divina. Si en el capítulo 1º, en la tradición sacerdotal, se insiste en la grandeza del hombre, en la tradición yavista se hace notar su debilidad, su fragilidad, hecho de barro de la tierra, en dependencia total con su creador que modela al hombre amorosamente y le pone nombre. Y ya que el hombre se encuentra con respecto a los animales  en un abismo  de soledad porque ninguno puede llenar su necesidad de amor, decide Dios darle una compañera, “hueso de sus huesos y sangre de su sangre”, que transforme su soledad en amorosa compañía. Ya no serán dos, sino uno con una misma dignidad, con un fin común, para que caminen juntos hacia un mismo destino. Aquí aparece poéticamente descrito el gran misterio del amor en las relaciones hombre-mujer: la pareja humana es también imagen de Dios. Me gusta imaginarme, la admiración y gozo del hombre  cuando Dios le presenta a la mujer, como el primer flechazo de la historia de la humanidad. Cuando Dios forma a la mujer de la “costilla” del hombre, se nos está indicando la igualdad y al mismo tiempo la diferencia y complementareidad de ambos sexos.

 

Hoy existe una cierta confusión acerca de esta diferenciación sexual, varón y mujer, fruto de ciertas ideas del feminismo más radical y de la  llamada “ideología de género” que no admite ningún tipo de determinismo biológico, es decir del sexo con el que se nace y, en contra de la propia naturaleza,  se inclina por la opción sexual que uno prefiera, independientemente de su condición de varón o mujer.

 

De ahí también que el ser humano, a imagen de la Santísima. Trinidad, necesite de la alteridad, de la relación amorosa con los otros y con el “Otro”, que también se revela como Padre.

 

Ya en los primeros siglos del cristianismo, Ireneo y Tertuliano, afirman que Dios crea al hombre como anticipo de Cristo, como un esbozo que Cristo lleva a plenitud en la Encarnación. El hombre es creado en referencia y ordenación al Hijo de Dios encarnado. De ahí la necesidad del hombre de conocerle, seguirle y amarle; de identificarse con él, de ser “otro Cristo”, “el mismo Cristo”  porque, como nos recuerda el Vaticano II, en Gaudium et spes – que recoge  el texto de Tertuliano- “Cristo revela al hombre quién es el hombre” “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”.  Y haciendo referencia al Génesis 2 se afirma: “lo que Dios expresaba en ese barro de la tierra al formar a Adán, era la idea de Cristo, el hombre por venir, el Verbo hecho carne”.

 

En el mismo sentido, Pascal  indica que “para conocer al hombre hay que conocer a Dios”.

 

Después de la “muerte de Dios”, en un mundo de increencia, el hombre se ha quedado sin referencia, lo que ha hecho pensar en la “muerte del hombre”. Porque sin Dios ¿qué sentido tiene la vida? El hombre queda  reducido a “nada más que” puro biologismo (mono desnudo), o psicologismo según la visión de Freud que piensa que “el yo no es dueño de su casa”, sino guiado por su inconsciente, por sus instintos, por sus complejos, en una visión pansexualista y reductora. Como reductora es la idea sociologista que considera al hombre como producto  de las fuerzas productivas y  ecónomicas. En la era de la tecnología y de la industrialización, el hombre se ve como creador ante las máquinas que son sus criaturas, pero acabará siendo esclavo de ellas, un hombre-maquina que se deshecha cuando ya no rinde.

 

Desde  una visión  profundamente atea,  Feuerbach, dirá que “no es Dios quien crea al hombre, sino el hombre quien crea a Dios”. También el ateismo de Sartre considera al hombre creador de sí mismo pero, muy coherentemente con estas ideas, termina por pensar  que venimos de la nada, existimos sin justificación alguna y terminaremos en la nada, porque hemos sido arrojados a la existencia, y la vida es absurda, pura “náusea”.

 

En contrate con estas ideas pesimistas que llevan al hombre de hoy a una profunda “frustración existencial” – en frase de Víktor Frankl- aparece la gozosa revelación de Dios sobre el hombre, al que incorpora a la condición de hijo amado.

Siguiendo la revelación del Génesis, en su tradición yavista, capítulo 2º, aparece Dios como un alfarero que con cuidado va modelando al hombre, a cada hombre, porque no somos hechos en serie, sino únicos e irrepetibles, como las vasijas que el artesano fabrica. Nos ha elegido y nos ha llamado por nuestro nombre. Contamos mucho para él, somos obra de sus manos. “Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gen 2,7)

 

Si bien es cierto que somos frágiles –hechos de barro- sin embargo, Dios nos da su aliento de vida, “ruah”, que hace posible nuestra participación en la vida divina. Si en el capítulo 1º, en la tradición sacerdotal, se insiste en la grandeza del hombre, en la tradición yavista se hace notar su debilidad, su fragilidad, hecho de barro de la tierra, en dependencia total con su creador que modela al hombre amorosamente y le pone nombre. Y ya que el hombre se encuentra con respecto a los animales  en un abismo  de soledad porque ninguno puede llenar su necesidad de amor, decide Dios darle una compañera, “hueso de sus huesos y sangre de su sangre”, que transforme su soledad en amorosa compañía. Ya no serán dos, sino uno con una misma dignidad, con un fin común, para que caminen juntos hacia un mismo destino. Aquí aparece poéticamente descrito el gran misterio del amor en las relaciones hombre-mujer: la pareja humana es también imagen de Dios. Me gusta imaginarme, la admiración y gozo del hombre  cuando Dios le presenta a la mujer, como el primer flechazo de la historia de la humanidad. Cuando Dios forma a la mujer de la “costilla” del hombre, se nos está indicando la igualdad y al mismo tiempo la diferencia y complementareidad de ambos sexos.

 

Hoy existe una cierta confusión acerca de esta diferenciación sexual, varón y mujer, fruto de ciertas ideas del feminismo más radical y de la  llamada “ideología de género” que no admite ningún tipo de determinismo biológico, es decir del sexo con el que se nace y, en contra de la propia naturaleza,  se inclina por la opción sexual que uno prefiera, independientemente de su condición de varón o mujer.

 

Nota: Remito al lector interesado en profundizar en la revelación que Dios hace al hombre  a través de la Sagrada Escritura, a la “Biblia para la iniciación cristiana”, elaborada por la Comisión  Episcopal de Enseñanza y Catequesis. Se trata de un libro utilísimo para iniciarse en la lectura del texto sagrado, que procurará, además de formación, de la que tan necesitados estamos, un encuentro con  la Palabra y por tanto con nuestro Dios y Señor. Muchas de las ideas aquí expuestas están sacadas de este libro.

 

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