Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, julio 18, 2019
  • Siguenos!

La cruz despeja todas las incógnitas       
12 de Septiembre
Por Manuel Requena

«En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame que te saque la mota del ojo’, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano». (Lc 6, 39-42)


¡Interrogantes de la Buena Nueva! Interrogantes de toda la Escritura. Esencial interrogancia de Dios. ¿Es realmente una parábola? Casi todo el texto de hoy es una pregunta, incitando a una respuesta. Y la respuesta perfecta nos la da el mismo texto, será llegar a ser como el Maestro, Cristo Jesús. En el llamado “Sermón de la llanura” de Lucas, se intercala esta invitación al examen propio, antes de ir a ejercitar el gran mandamiento de ayuda al hermano. A veces habrá que ayudar al prójimo, incluso con una viga en el ojo, pero lo que quiere Jesús es la sinceridad del corazón. Hay que sacar la viga y también la mota, para poder verlo a Él mismo. No es una parábola exactamente, porque la realidad que presenta es desproporcionada, no contiene ejemplo alguno del mundo natural. Uno no puede llevar una viga en el ojo e ir por ahí mirando motas en el ojo del hermano. Pronto acabaría en el mismo hoyo de los ciegos. Antes bien, el hermano de la motica en su ojo tendría que ayudar al de la viga. ¿Qué nos dice entonces Lucas, con tan desproporcionada comparación? Porque la gente sencilla entiende perfectamente el mensaje serio que contiene la Palabra, aunque pueda escucharse en clave de humor. Hay un antiguo aserto del retrato de Jesús, “algunas veces lloró, pero nunca rió…”, que gustaba a los estrictos monjes, pero la gente se divertía, reía y gozaba con Él, con seguridad. Mucho más cuando la Verdad dejaba en ridículo a los que se creían dueños del corazón y de las puertas del cielo.

Una clave del texto es la palabra hipocresía, que además es igual en todos los idiomas: fingimiento de cualidades o expresión de sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.

En griego, upokresía es también el disimulo, o interpretar un papel en una representación teatral. Y en ese significado, seguramente estamos todos más cerca de la crítica evangélica de lo que quizás creamos. El terrible grito de Jesús, —“¡Hipócritas!” —, dejaría helados a los fariseos de su tiempo, y nos puede alcanzar a nosotros.

Quizás seamos también ciegos que quieren guiar a otros ciegos, y en  ese caso estaremos cerca del hoyo profundo, en el que caen los que representan su papel fingido de salvadores en el teatro del mundo.

Realmente Lucas está apuntando a los fariseos y legistas judíos. Estaban ciegos porque no veían la luz de Jesús. No tenían el corazón limpio para ver a Dios. Pero cualquiera podemos ser así en algún momento de la vida. Uno no es un hipócrita todo el tiempo, ni lleva siempre una viga metida en el ojo, pero algunas veces sí tenemos un buen madero en el corazón y más de una mota que enturbia la visión.

La perla de hoy nos la regala Lucas cuando dejando a los ciegos en el hoyo, nos pone como reto final de toda la conducta cristiana, llegar a ser como el Maestro. No se puede ser más, pero se puede llegar a ser así. Es nuestra esperanza. ¡Quién necesita más! La gran muralla que interrumpe el camino, será la hipocresía: querer ser maestro sanador, con una viga de desprecio clavada en el ojo del corazón. Ello no solo inhabilita al hipócrita, supuestamente interesado por la perfección del otro, sino a todo el que esté cerca del grotesco espectáculo, a la Iglesia y al mundo.

Es todo lo contrario de lo que representa el corazón de María, cuya fiesta se  celebra hoy. Habrá que acudir a los interrogantes de aquel corazón suyo, que también nos relata Lucas en otro lugar, para encontrar la gran respuesta, la magistral respuesta, que es su propio hijo. Él, con una enorme viga cargada en el hombro, ofrece la limpieza de todos los ojos que quieran mirarlo. Clavado en dos vigas cruzadas, es el remedio de todos nuestros males, la luz de nuestros ojos.

El buen discípulo será como su Maestro. En la cruz se despejan todas las incógnitas. Solo hay que cargarla y clavarse en ella. ¡Poca cosa!

Manuel Requena

Añadir comentario