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LA CRUZ EXALTADA 
14 de Septiembre
Por Antonio Segoviano

Jesús le dijo a Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo, si no es el que bajó del cielo: este Hombre. Como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado el Hijo del Hombre, para que quien crea en Él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que quien crea en Él no perezca, sino tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él” (San Juan 3, 13-17).

COMENTARIO

Hoy celebre la Iglesia la fiesta de la exaltación de la Cruz. ¿Qué significa esta fiesta para nosotros? ¿Qué representa la Cruz para el cristiano? Veámoslo en profundidad.

La Cruz es la máxima expresión del amor de Dios a la humanidad: ” Tanto amó Dios a los hombres que entregó a su Hijo…” dice Jesús. No podía Dios Padre darnos más. Y Cristo hecho hombre, lo ha dado todo por nosotros. No sólo su vida entera, su sufrimiento físico indecible; también el dolor inmenso del rechazo de su pueblo, de la traición y el abandono de los suyos, de ser odiado, injuriado, escarnecido. Todo el sufrimiento imaginable. Y todo por amor a ti y a mí.

De modo que, si los acontecimientos de mi vida me llevaran algún día a dudar del amor de Dios, me bastará volver los ojos al que traspasaron por mi causa. Si cometo un pecado, y lo hago a diario, sé que Él ha pagado por mí, y me sigue amando. Si me toca sufrir, en el cuerpo o en el espíritu, sé que Él está conmigo, sufriéndolo también, compartiéndolo todo. Me basta mirar al crucificado, y mis dolores se alivian. Él es el remedio de todos mis males. Quien me rescató del infierno existencial, no me deja solo, ni me abandona en el peligro.

Por todo esto, la Cruz es gloriosa para el cristiano. Pablo no se gloría de otra cosa, y motivos tendría para hacerlo: apóstol y maestro de las naciones; teólogo insigne, que hizo accesible el cristianismo a los paganos. EL dice en una de sus car tas: “Dios me libre de gloriarme, si no es en la Cruz de Cristo”. Porque para el cristiano, la cruz de cada día es el lugar y el momento del encuentro con Cristo. En la máxima debilidad, recibo su fuerza de resucitado. Es el instante en que la fe en Él se autentifica, se consolida, se acrisola.

Los cristianos vivimos de Pascua en Pascua, que es tanto como decir: de cruz en cruz, y de resurrección en resurrección. La cruz es condición necesaria para vivir la Pascua de Jesús, para trascendernos, para pasar a la otra orilla, y dejar de vivir en nosotros mismos, para que sea Cristo quien viva en nosotros. Así nos lo enseña también Pablo: ” Con Cristo estoy crucificado y vivo, no yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.

Es en la cruz de cada día donde experimentamos la verdad de la resurrección; conocemos nuestro destino a la eternidad, a ser uno con Cristo, y vivimos su amor, más fuerte que nuestra amargura, angustia o desesperación. Es ahí donde se demuestra la verdad del cristianismo, donde se atestigua que Cristo sigue vivo, y vivificando a los hombres.

Nuestra religión no son teorías ni especulaciones. Tampoco es un tratado de moral y buenas costumbres. Es el hecho histórico de que hombres y mujeres, débiles como los demás, pasan a través del sufrimiento indemnes pese a ello, porque Cristo está viviente en ellos.

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