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La cruz que salva 

«En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”». (Juan 3, 13-17)

 

Horacio Vázquez

 

En Números 21 se relata que Moisés rezó al Señor en el desierto por el pueblo que moría por las mordeduras de las serpientes abrasadoras, y que su oración fue escuchada. Por mandato de Dios, Moisés moldeó en bronce la serpiente venenosa del pecado cometido por el pueblo maledicente, y la alzó en un estandarte, de manera que los mordidos quedaban limpios del veneno con solo levantar los ojos a lo alto y contemplarla.

Ahora, Jesús, nos lo recuerda en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que es escándalo para un mundo asombrado, incrédulo y expectante. Es la locura divina del amor de Dios hacia sus criaturas predilectas, la del Dios que se hace “Hijo del hombre” y desciende de los cielos infinitos, conforme a un plan diseñado antes de que existieran la luz, el tiempo y el espacio. Como en la visión nocturna del profeta Daniel, que lo vio bajar entre las nubes para darse y entregarse a los hombres, que lo clavarán en una cruz y lo levantarán contra el cielo de la tarde, en la hora sexta, que se cubre dolorosamente de tinieblas ocultando las cúpulas brillantes de Jerusalén.

La cruz es desde entonces el estandarte que salva, y el amor infinito y sin medida que bajó del cielo para encarnarse en el seno virginal de María, ese amor gratuito que Dios entrega al mundo, se consagra para siempre en los brazos extendidos de Jesús sobre el madero, como símbolo perenne del abrazo misericordioso del Padre que perdona los pecados de los hombres y les abre las puertas de la vida eterna.

¡Es el tiempo nuevo! ¡Venid, pues aquí, todos! ¡Poneos al pie de la cruz! ¡Mirad a lo alto! ¡Contemplad al crucificado! ¡No es un Dios derrotado! ¡No es un Dios muerto! ¡Ha vencido al pecado y a la muerte! Del valor infinito de aquel suplicio, y de su entrega generosa en obediencia al Padre, ha nacido el perdón y la vida para todos los hombres. Se han cumplido, rigurosamente, y para gloria de la humanidad, las palabras proféticas que Jesús comentó con sus discípulos en la intimidad de la sobremesa pascual, cuando les dijo, que “Nadie tiene amor mayor que este de dar uno la vida por sus amigos”.

Es el testamento espiritual del Dios hecho hombre, tan incomprensible, tan desdeñado, tan cercano…, que nos tiende desde arriba una mano abierta y blanca, traspasada ahora por los clavos de nuestros pecados, y nos pide que miremos de nuevo hacia lo alto, justo allí donde se entrecruzan armoniosamente los toscos maderos del astil o “patibulum”, y del travesaño o “stipes”; las piezas que conformaban el terrorífico instrumento del suplicio romano de la cruz, la pena capital reservada para traidores y delincuentes.

Allí mismo está Jesús, el Hijo del hombre, el Hijo de Dios, el rey de los judíos, como reza en la tablilla que arañaron las espinas de irrisión que coronan su cabeza, cuando él la levantó, solo un instante, para clamar al Padre que lo había abandonado en su agonía, y que ahora, cuando “todo está consumado”, según las escrituras, descansa sobre un pecho que ha cumplido sumiso el mandato del Padre, y que durante tres días,  dejará de palpitar, hasta que amanezca el primer día de la semana.

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