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La “Cuestión Ni…Ni” 

«Dice el señor: “Mirad las aves del cielo: ni siembran, ni cosechan… Aprended de los lirios del campo: ni se fatigan, ni hilan…”» (Mt 8,26-28). «Porque así habla Yahveh, Dios de Israel: “Ni se acabará la harina en la tinaja, ni se agotará el aceite en la orza» (1Re 17,14).

Hablar de los “Ni-Ni” de hoy, como de los de antaño y de ayer y de mañana, es hablar del reparto de la esperanza. Es decir, dar cuenta de la parte alícuota que a cada uno nos toca poner en la solución de la crisis. Porque, como ya indiqué en otra ocasión, vamos a salir de esta en la medida en que descubramos que la “razón esperanzadora” es la clave de los tiempos difíciles.


Es posible que a estas alturas, y visto lo visto, apenas queden quienes crean que con las medidas económicas, laborales, etc. superaremos nuestros problemas. Sería como curar un tumor maligno con analgésicos. El conocimiento de la enfermedad nos asegura que debemos hacer más que solo anestesiar el dolor. Recuperar el Estado de bienestar es legítimo y necesario, pero totalmente insuficiente. En la segunda década del siglo XXI, en que estamos, hemos aprendido ya algo de esto.

ni creo en nada ni falta que me hace

 

Nuestra sociedad aún conserva un importante remanente de la “razón instrumental y práctica” de tiempos de la Ilustración y el Progreso, y le cuesta mucho pasar la razón abierta a regiones más allá de lo que se puede tocar, medir y controlar por la Ciencia. La propuesta de fundamentar la vida no en el “progreso” sino en la esperanza sigue pareciendo como inaceptable por contradictoria: “razón esperanzada” es una expresión que se entiende en un significado inmediato, pero que resulta vacía de contenido real. Es decir, no se pueden entender la razón y la esperanza hasta el punto de que generen un hombre libre de prejuicios, de ataduras caducas, de ensueños religiosos, etc.

Hemos creado una forma de comprender la realidad y de vérnoslas con ella que apenas deja sitio para cuanto levante la  sospecha de ilusión y delirio. Miramos con recelo aquello que nos saca de lo útil y concreto, de lo manipulable y controlable. La llamada “razón positiva” no quiere maridaje alguno con la esperanza, si esta no está vuelta al más acá, habiendo dejado todos los más allá: sobre todo el más allá de la tradición cristiana. Y tanto ha insistido en este distanciamiento, que se ha visto obligada a parapetarse tras el pretendido estatuto de autenticidad: solo ella, y no la esperanza cristiana, tiene carácter de auténtico modo de acceder a la realidad, y por tanto es la única forma legítima de habilitar el mundo para que el hombre viva feliz en él.

Pero las cosas no pintan bien tampoco para esta filosofía: hay muchos que “ni una cosa… ni otra”, que aparecen como “descartados” de este juego moderno. Muchos hombres y mujeres ya no creen ni en el Dios cristiano, ni en la diosa Razón práctica. La amplitud de esta franja de población in-creyente es cada vez mayor… Y la desesperanza ocupa sectores progresivamente más extensos. Suenan alarmas de que esto no va bien.

La misma complejidad y heterogeneidad de los problemas que nos aquejan está reclamando una respuesta. Respuesta que pide la recuperación del sentido de la vida fundamentado en la esperanza. Necesitamos una óptica nueva, una perspectiva nueva; precisamos de un “transportador de ángulos” o similar, que nos permita variar la clave en que tenemos colocada la razón: de este modo avanzaremos de la mera espera a la esperanza real. Dios puede ser recuperado como garantía de una razón liberada de prejuicios y recortes.

vuestro Padre celestial las alimenta

 

El discurso de Jesús en el Monte se sitúa en el plano del sentido del esperar: su “recurso” a la actuación de Dios que da comida a las aves y vestido a la hierba tiene un “exceso” en su programa, que transporta la espera humana y la convierte en esperanza. Decir que ni siquiera Salomón comió y vistió como estas aves y estos lirios han comido y vestido, interrumpe nuestro pensamiento materialista y, confiado en nuestros medios y poderes, nos hace levantar la vista hacia quien habla así.

Levantar la vista a Jesús de Nazaret, a su propuesta de vida, es aceptar de nuevo la esperanza como un principio de “razón auténtica de lo real” y del vivir real. Es decir, nos vuelve a colocar en una comprensión de la vida como una filosofía nueva acerca de la totalidad del mundo y de nosotros en él.

Mateo no habría escrito el v. 26 del capítulo 6 de su Evangelio, si no hubiera captado en el Sermón del Monte esa sabiduría que transforma a los hombres y las estructuras mundanas. También Jesús fue un ni-ni; un descartado y reprobado, pero su propuesta es “mejor” porque viene désuper, como rocío de lo alto, del cielo. Y sabemos que ya que el cielo no está arriba ni abajo; no es un lugar, sino una contraseña que nos permite juzgar con acierto las constantes vitales, históricas y culturales y económicas, en que su juega nuestra existencia. Invitar a quien no tiene ni arte ni parte en el negociado del mundo a que mire las aves del cielo podría parecer un sarcasmo hiriente, pero no lo es. Es proporcionarle un esquema de comprensión que abra su corazón y su razón a una Realidad que abrace la suya en el amor. La propuesta de Jesús de fiarse de Dios empuja la esperanza a hacer una experiencia de Amor; la misma que Él tuvo: el abandono en la Providencia no es volcar nuestros anhelos más profundos (e incumplidos) en el vació de la fe. ¡Esto debe decirse claro y fuerte!

el amor de Dios nos redime del ninguneo

 

¿Puede la fe alienar al hombre? Desde luego, la cristiana —la que se funda y sigue a Jesús— no. Fe y esperanza aúnan esfuerzos y se hermanan en un empeño único que no escamotea o dribla los problemas y sufrimientos humanos —a veces “inhumanos”—, sino que implica y com–plica a Dios y al hombre en un destino común: por eso para la teología cristiana, Jesús es el camino que a la vez nos ha traído a Dios y nos lleva a Él. Jesús es la experiencia viva de que siendo Dios donación gratuita al hombre, suscita en este una respuesta de amor que redime del ninguneo a que le somete la actual cultura laicista y de religión sin Dios. Para Dios no hay ni-nis: el laicismo es de vuelo bajo y corto; la Providencia de Dios Padre es infinita y universal.

La razón esperanzada brota del Evangelio mismo, de la persona misma del Resucitado, realizando el Amor y el Bien, a pesar del mal. Recobrar a Dios desde la indigencia de no ser ni más  ni menos que hombres amados por él, es recobrar al hombre mismo: lo dice la esperanza, que se alumbra en la fe y se alimenta en la caridad; que espolea la ilusión por vivir y el afán por obrar el bien.

El amor de Cristo apremia y llama a nuestra puerta con insistencia; nos trae la posibilidad de encontrar una razón para la existencia. Los pájaros en el azul del cielo, y los lirios en el verde del campo son indicadores de una única dirección para los cansados ojos de nuestro siglo. Ya San Pedro aconsejaba a los primeros cristianos: “Confiadle a Dios todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros” (1 Pe 5,7). Nunca, para ninguna generación, han sido tan verídicas, tan consoladoras y esperanzadoras las palabras de Jesús que miran hacia adelante: “Así que nos os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con  su inquietud” (Mt 6,34). Dios ni nos olvida ni nos va a la zaga: hoy ya es para Él mañana.

César Allende García

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