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La cultura occidental en caída libre 

Acaba de aprobarse recientemente en el Parlamento andaluz una ley de “igualdad de género”, por la que se permite a las personas la posibilidad de cambiarse de sexo si así lo creen conveniente por su inclinación sexual. De esta manera, por impositivo legal, se hace caso omiso de la naturaleza de cada persona —por la que es, inevitablemente, hombre o mujer, según su constitución genética— y se permite que cada cual determine lo que quiere ser, según su propia decisión personal y en contradicción con su realidad. Y no contento con esto, se obliga a los demás a aceptar la decisión ajena y a tratar, contra toda evidencia, a un hombre como si fuera mujer o a una mujer como si fuera hombre.

Por poner un ejemplo práctico: si un niño se siente niña tiene derecho a ir al colegio vestido de niña, a utilizar los baños de las niñas, a ser llamado con su nuevo nombre de niña y a ser tratado en todo como si fuera niña. Pero no es niña sino niño, porque no tiene vagina ni útero y tanto genética como fisiológicamente es y seguirá siendo siempre niño. Pero no para la ley andaluza que, saltándose toda la lógica y el sentido común, y por la presión de la Ideología de género establece que lo que no es, sea. Y esta aberración se impone a todo el mundo, de modo que en el caso que estamos considerando, todos los colegios andaluces, tanto públicos como privados, han de pasar por este aro.

Esta norma del Parlamento andaluz nos sitúa ante la alternativa de tener que eligir entre la ley de Dios —establecida en la naturaleza de las cosas— y la ley positiva del hombre —que viene impuesta por la decisión de unos cuantos votos. Se trata de una consecuencia de la artificial Ideología de género que desde altas instancias y por motivos inconfesables pretende imponerse en el mundo entero. Es una nueva manifestación de la insensata rebelión del hombre contra su Creador y contra su mismo ser; pretendiendo autoafirmarse cuando, en realidad, camina hacia su destrucción como ser humano.

don de Dios

La Conferencia Episcopal Española ha emitido un documento en el que expone simplemente la realidad de las cosas, recordando que la identidad de género es un don de Dios y no una elección personal, puesto que todo ser humano viene a este mundo como hombre o mujer, lo que determina su propio ser. Y recordemos que el ser de las cosas no puede ser cambiado sin la transformación de su naturaleza. Los colectivos de gays, lesbianas, homosexuales y transexuales se han apresurado a tachar la declaración de los obispos españoles de anticuada y homófona. Claro está que, como ocurre en estos casos, no se han tomado la molestia de estudiar la declaración ni de desmentirla con argumentos autorizados, simplemente se limitan a emitir juicios gratuitos.

La afirmación de los obispos no puede ser antigua porque la naturaleza y la realidad de las cosas es perennemente actual, y no puede ser cambiada por caprichosas modas pasajeras que hoy son pero que mañana habrán pasado a la historia. En este sentido, la Ideología de género, aunque aparente poseer una rabiosa actualidad ha nacido ya anticuada, porque la verdad, tarde o temprano acaba por imponerse. Y mucho menos la Iglesia puede ser considerada como homófoba porque homofobia significa odio al hombre, y esta no odia sino que ama al hombre y quiere su bien —por eso lo llama a la verdad aun cuando esto le acarree rencor, desprecio y persecución por aquellos a los que quiere ayudar.

La persecución no es una reacción novedosa, ya la tuvo que sufrir Jesús mismo, pero su amor al hombre no le apartó de su misión, como tampoco apartará su Iglesia. Si esta callara para no ser criticada y se sometiera a los dictados del relativismo imperante, entonces sí que mostraría su odio al hombre, porque entonces preferiría su propia comodidad al bien de sus hermanos.

¿Qué está pasando en nuestra sociedad? Sencillamente, ha abandonado la fuente de la sabiduría, que es Cristo, y se ha ido detrás de su propia arrogancia. Los hombres, dejando la sabiduría se han vuelto necios, en el sentido literal de la palabra, y caminan a la deriva sin saber a dónde van. El libro de los Proverbios describe muy bien el cuadro que se sucede a partir de esta necedad.

«La Sabiduría pregona por las calles, levanta su voz en las plazas, grita desde las almenas de las murallas y anuncia en las puertas de la ciudad: “¿Hasta cuando, inexpertos, seguiréis amando vuestra inexperiencia? ¿Hasta cuándo, insolentes, os empeñaréis en la arrogancia? Y vosotros, insensatos, ¿hasta cuándo seguiréis odiando el saber? Volveos a escuchar mi reprensión; yo os abriré mi corazón, os comunicaré mis palabras: Yo os llamé y rehusasteis mis consejos, no aceptasteis mi reprensión; por eso me reiré de vuestra desgracia, me burlaré cuando os llegue el terror, cuando os llegue como tormenta el espanto, cuando os alcance como torbellino la desgracia, cuando os lleguen la angustia y la aflicción.

Entonces llamarán y no les responderé, me buscarán y no me encontrarán, comerán el fruto de su conducta y se hartarán de sus propios planes, porque aborrecieron el saber y no iban tras el temor del señor, porque no aceptaron mis consejos y rechazaron mis reprensiones. Su rebelión insensata los llevará a la muerte, su necia despreocupación acabará con ellos. En cambio, el que me obedece vivirá tranquilo y seguro, sin temer ningún mal”».(Pr 1,20-33).

resistir a la mentira 

La sociedad occidental está siguiendo los pasos que describe el libro de los Proverbios. Se está tornando insensata y no quiere escuchar palabras de vida. En su estulticia opone ideología a realidad y, cerrándose a toda razón, oculta la evidencia de las cosas bajo la avalancha de sus caprichos: niega que el concebido sea persona desde su concepción y pretende imponer el aborto por narices; no considera dignas de ser vividas las vidas de personas con deficiencias y exige la eugenesia y la eutanasia —con lo que se asemeja como una gota de agua a otra, a ciertas ideologías totalitarias del siglo pasado— y, en aras de su absoluta libertad, ocupa el lugar de Dios y decide cambiar por su cuenta la naturaleza de las cosas.

Por eso su porvenir es muy incierto y está abocada al fracaso. Los problemas que recientemente está padeciendo nuestra sociedad son muestras de ello, y si no rectifica su línea de conducta su porvenir es muy oscuro entre el radicalismo, por la izquierda, de las nuevas ideologías políticas y el radicalismo, por la derecha de un mundo musulmán que en ningún momento ha abandonado su finalidad de someter el mundo al Islam y que en estos momentos ve más cercano su objetivo por la debilidad espiritual de occidente y su propia fuerza en expansión.

El remedio lo tenemos, sin embargo, al alcance de la mano, si hay voluntad para ello: volver a Cristo, camino, verdad y vida de todos. La regeneración de Occidente y del mundo entero se encuentra únicamente en el Evangelio. Pero, ¿será capaz esta sociedad de rectificar y volver sobre sus pasos?, ¿o tendrá que morder el polvo para reconocer su desvarío?

A nosotros cristianos nos toca la misma tarea que desde siempre nos ha confiado Cristo: vivir y proclamar la Verdad, resistiendo a la mentira, y si es necesario oponer la objeción de conciencia ante leyes tan aberrantes como la que estamos comentando, habrá que oponer la obediencia a Dios a la de los hombres, sin importar las consecuencias. Si los colegios cristianos se oponen a cumplir las normas que impone la ley andaluza pueden perder las subvenciones, pero ¿no será mejor esta postura que la de claudicar ante la mentira?

Ramón Domínguez

Director de la extensión dominicana del Pontificio Instituto Juan Pablo II

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