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La decisión de abortar 

Matar a una persona, cortar el cordón umbilical, destruir la vida…, expresiones como estas deberían entrar en cauce racional y dejar sencillamente de existir. Si así fuera existirían más personas, más sujetos a quienes amar.

La decisión es algo que el ser humano necesita para comprometer la vida en el valor. Pero hay decisiones que, dado el tema sobre el que versan, no son tales sino más bien actos que denigran el valor. Decidimos comprar o no comprar. Decidimos comprar un coche blanco o negro. Decidimos comprar un libro por la tarde o ir al cine a esa misma hora. Conceptualizando, y siguiendo la terminología tradicional, diríamos que decidimos poner un acto o no ponerlo; poner un acto o su contrario; o poner un acto u otro distinto. En cualquiera de las tres opciones, para que sean verdaderamente humanas han de estar al servicio de la persona, si no estaríamos ante actos realizado por hombres que no resultan humanos. La decisión entre el bien y el mal la realizan los hombres pero solo son humanas si el resultado de la misma es el bien. Un acto de hombre por el que se elige el mal no resulta humano, por muy de ser humano que sea. Optar por odiar vitaliciamente en vez de amar perpetuamente es un acto de hombre, no humano.

La decisión de matar a infantes, a niños, a fetos, procediendo de hombres no es humana porque atenta contra su dignidad personal. Lo humano siempre es vital. En una sana filosofía la vida siempre es mejor que la muerte, amar que odiar, construir que destruir, la salud que la enfermedad, estar bien educados que carecer del mínimo aceptable para un suficiente social.

cauce de vida al bien

Abogamos pues por una conexión esencial entre la decisión y el bien. Decidir ha de ser en este caso servir al valor, a la verdad. Decidir el mal es matar el ser en alguna parcela de la realidad. La decisión según la estamos presentado es la posibilidad de actuar el bien, de darle vida, forma concreta. Para Miguel Ángel Buonarroti cincelar era sacar del mármol lo que ya estaba creado: “Vi un ángel en el mármol y tallé hasta que lo puse en libertad (…) En cada bloque de mármol veo una estatua tan clara como si se pusiera delante de mí, en forma y acabado de actitud y acción. Solo tengo que labrar fuera de las paredes rugosas que aprisionan la aparición preciosa para revelar a los otros ojos como los ve con los míos (…) ¿Cómo puedo hacer una escultura? Simplemente retirando del mármol todo lo que no es necesario”.

Decidir destruir el mármol por vandalismo es hacer un acto malo, imposibilitar el nacimiento de algo valioso o útil. La trampa de la decisión es pensar que puedo elegir entre el bien y el mal. Considero que la decisión es la capacidad y el coraje digamos, para optar por el bien y darle consistencia real, darle cauce de vida. Son bien conocidas las tesis existencialistas ateas donde se cuecen pesimismos antropológicos, contrasentidos camuflados o manifiestos. Ir al médico para caprichosamente estropearse, mutilarse, deteriorarse es algo que el hombre puede hacer pero que no resulta humano, ataca a la realidad persona.

En el fondo de todo lo que venimos diciendo laten dos concepciones distintas de la libertad: la de Guillermo de Ockham y la de Santo Tomás de Aquino. La primera defiende un tipo de libertad sin conexión alguna con el ser. Matar sería algo precioso si Dios lo incluyera en el Decálogo del Sinaí, robar sería meritorio y la impureza sería laudable, digna de encomio. Es cuestión de la decisión arbitraria de Dios. Dios por ser Dios puede decidir lo que le venga en gana. Para Santo Tomás de Aquino, precisamente Dios por ser Dios puede decidir lo que le compete como Dios. La libertad en Ockcam podría ir contra la esencia; la escuela tomista, en cambio, propugna una libertad que es tanto más libre cuando más se esclaviza al bien, a la verdad, a la vida. En esta concepción Dios nunca mandaría matar por capricho o hacer que el mismo asesinato fuera, si Él quisiera, un acto digno, ejemplar, plausible, por la sencilla razón de que Dios no puede actuar en contra de su esencia, que es la misma Bondad y Vida, Amor personal de Tres.

Por la misma razón, Dios no puede hacer que un círculo sea cuadrado a la vez porque esto va contra la esencia misma de la figura geométrica, contra la realidad de la verdad. Matar en sí mismo no es bueno, no por conceso ni decisión sino porque la vida es así, vida. Dios manda no matar porque previamente se entiende la vida como un valor. Por tanto: porque matar es malo es por lo que Dios prohíbe hacerlo (Santo Tomás de Aquino) y no porque Dios decide prohibir matar es por lo que resulta que matar es malo (Guillermo de Ockham).

una ética de la responsabilidad

Si las decisiones no se toman desde el manantial del ser se vuelven locas, amenazan ruina. Llegaríamos a llamar bien al mal y al mal bien, y estarían permitidos los disparates antropológicos, estéticos y religiosos. Es la manía moderna de no querer someterse a la verdad. El aborto es una crueldad contra la mujer, porque es mutilar la vida que lleva dentro y dislocar la maternidad natural. Resulta que a esta crueldad se le llama libertad absoluta, derecho irrenunciable. Los términos quedan trastocados, desorientados… Herencia remota de Ockham.

La feminidad pasa así a ser concepto puramente cultural, cambiante, carente de entidad propia, sin unos mínimos universales. La mujer puede abortar, defienden algunos. Decimos nosotros que tal acto es un acto de mujer, no femenino, no humano. Es el contrasentido que conlleva la ausencia de compromiso con la verdad. El hombre no responsable, inmaduro, y cobarde en muchos casos, resulta ser el héroe de nuestras películas de hoy. Todo al revés.

La moral no es moralina, ni decálogo siquiera; es moral y nada más que moral, el ser al servicio del bien, diríamos. En un ambiente terrorífico de destrucción bélica, E. Levinás proponía la primacía de la Moral en unos grados insospechados para la Metafísica. Para este autor, que dejó honda huella en San Juan Pablo II, la ética no son normas sino atención a lo humano, respeto absoluto a la dignidad humana, servicio a rostros vulnerables, indefensos. Hay que abogar por una ética de la responsabilidad (G. Marcel).

Aniquilar una semilla de naranja es evitar el nacimiento de la misma. Cuando se destroza el sentido común (J. Balmes) las aberraciones toman posesión del asfalto. Un médico que mata es como un bombero pirómano. Es la locura en la ciudad. Detrás del ser viene la alegría. Detrás del no ser viene la tristeza. Son legión las chicas que abortan voluntariamente y que no atinan a perdonárselo nunca el resto de su vida. Hay que formar médicos y farmacéuticos que sean tales, personas a favor de la vida, que no la consideran un capricho sino algo sagrado.

Dios creador, dador de vida

La Teología moral enseña que el egoísmo es nocivo y que la vida es un valor primero a defender. Deben las leyes promover el nacimiento de niños como promueven la lucha contra la droga, la delincuencia y la higiene callejera. El favorecer la vida no puede hacerse parcialmente sino en su totalidad, en todos los aspectos que comporta. Lo legal no siempre es lo correcto moral. Y sin ser la ley trasunto moral, al menos no ha de ser inmoral. El egoísmo del interés y de la soberbia quedan regulados por un simple semáforo, que sin ser este moral ni no moral, impide atropellos, actos inmorales de falta de educación cívica.

Con la lectura de la Biblia gozamos de un Dios creador, dador de vida (Gn 1). Nadie tiene el derecho a decidir sobre la vida de los demás. Nadie es perdonador de la vida del otro, sino responsable de su felicidad, de su desarrollo (Gn 4,9). El no matarás (Ex 20,13) procede de un Dios Amor. Él es la Vida (Jn 14,6) que opta por salvar una vida y no por dejarla perecer como parecían querer ya los fariseos (Mc 3,4. Lc 6,9)

Podemos decir que Dios no decide, actúa. Quiero decir, que su decisión es perfecta porque no puede hacer el mal nunca, ya que iría en contra de su misma esencia. Sus actos son divinos y no pueden dejar de serlo. Y mis decisiones, siguiendo este supremo modelo, deben estar tan purificadas que permitan a mis actos de hombre ser a la vez humanos, dignos de personas. Decidir es servir sin remedio al Bien, la Verdad, la Vida. Una cosa es fallar en la decisión y otra optar por fallar. El desajuste que causa el mal se vuelve contra uno mismo. Si castigo asesinando en el vientre materno recibiré un castigo saludable. Gran responsabilidad de los que gobiernan, afirmaba San Benito.

Francisco Lerdo de Tejada
Capellán Universidad CEU-Montepríncipe

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