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La digna muerte de Don Quijote 

Hace cuatrocientos años salía a la calle la segunda parte del Quijote, por obra de Miguel de Cervantes. Esta segunda parte vio la luz diez años después de que apareciera con gran éxito la primera; meses más tarde de la publicación de una segunda parte apócrifa (el Quijote de Avellaneda); y pocos meses previos a la muerte del propio Cervantes. Si la obra de Avellaneda ─que disgustó a Cervantes porque, entre otras cosas, le insultaba─ aceleró la escritura y publicación de la segunda parte del Quijote, bienvenida sea su descarada intromisión.

Aunque fue el propio autor del Quijote quien afirmó que nunca segundas partes fueron buenas, lo cierto es que la segunda parte de esta novela es mejor que la primera. El autor ha madurado, ha sido receptivo a las críticas a la primera entrega, y ha forjado una obra más redonda, más unitaria, más profunda, más rica en ideas, con unos personajes más logrados.

En la primera parte del Quijote, el caballero realiza dos salidas en pos de aventuras. La primera vez, solo; la segunda, acompañado de su paisano Sancho Panza como escudero. La primera escaramuza dura poco; la segunda partida, en cambio, se extiende largamente, hasta que regresa enjaulado, a instancias del cura y del barbero de su pueblo. El caso es que don Quijote, sin Sancho, no es nadie, pero con Sancho la cosa puede durar. Las dos salidas con su diversa duración y resultado son una parábola de la amistad frente al individualismo. La primera escapada podría ser argumento de una novela breve; la segunda, ya con Sancho, transforma el relato en novela. Don Quijote no es un héroe solitario, como Hamlet. Es un loco-cuerdo que asocia a un escudero, pronto amigo, quien acaba siendo una particular toma de tierra con la realidad.

En la segunda parte de la novela, la publicada en 1615, hay un solo viaje de ida y vuelta. Un largo itinerario que cumplen ambos, caballero y escudero. Y si bien las dos partes pueden conformar una novela, cada una de ellas es una obra autónoma: diez años y notables transformaciones las separan. Son hijas de un mismo autor, pero un autor dinámico, en continuo aprendizaje.

el supremo instante de la muerte

Todo este largo periplo geográfico, intelectual y moral termina con la digna muerte de don Quijote, retornado a su condición de Alonso Quijano “el bueno”, como se denomina él mismo. Don Quijote muere dignamente, y en paz. En paz con Dios (se confiesa); en paz con familiares y amigos, para quienes redacta un testamento justo; en paz con el mundo. Estas son sus palabras en el capítulo 74, el último:

«Las misericordias —respondió don Quijote—, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte: querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento».

Don Quijote, lúcido, afronta la muerte con serenidad. Su actitud dignifica el trance de la muerte. Hay quien afirma que la muerte del hombre es indigna. ¿Por qué? ¿No somos animales mamíferos? ¿No mueren todos los de nuestra especie, y aun todo ser vivo? Luego quien afirme que la muerte humana es indigna percibe que el hombre no es un mamífero más. Es también un espíritu que se resiste a morir, al que le repugna la idea de la aniquilación, porque conoce, ama y crea, y el conocimiento, el amor y la capacidad creativa son, en cierto modo eternos, no están aherrojados a un aquí y ahora temporales. Entonces, ¿es indigna la muerte? La muerte es traumática, ruptura, separación entre alma y cuerpo: dos elementos surgidos para conformar una unidad.

La muerte es crisis, pero no indignidad. El alma es inmortal, y don Quijote lo sabe. Por eso se confiesa. Por eso muere en paz. Sí, ha sido loco, pero esa locura no es la de un ser depravado. Es la locura de quien deseaba implantar una justicia, leída en los libros, con unos procedimientos frente a los que se resiste la realidad, y pone objeciones la prudencia. Pero era una locura nacida, en definitiva, del ideal cristiano de justicia universal que supera la barrera sexual, familiar, tribal y racial para extenderse a toda persona.

Si la muerte fuera indigna, también lo sería nuestro proceso vital: nacemos, crecemos, envejecemos. La fe cristiana, que comparte don Quijote, explica la muerte como castigo por el pecado original; un castigo superado por la muerte y resurrección de Cristo, y la consiguiente llamada a vivir eternamente en comunión con las personas divinas, angélicas y humanas de la gloria, amén de la resurrección de la carne. No puede despreciar el cuerpo una religión que nos augura una eternidad corporal.

morir para vivir mejor

Desde la fe cristiana el trauma de la muerte se ha transformado en cambio de casa; paso, pasión, pero no pasión inútil. La muerte, como la vida humana, puede ser acción y pasión útiles si se acepta como designio de un Dios-Padre, y no una Fortuna-Moira caprichosa, cruel y vengativa. Don Quijote lo sabe. Es un hombre que ha confundido la lectura literal con la figurada, que se ha fascinado con ese artilugio creado por la imprenta: el libro impreso; que se ha enfrascado destempladamente en la lectura, pasando las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio. Pero no es un hombre malo, también porque el objeto de su fascinación ha sido los libros de caballerías: criatura de la Edad Media cristiana.

Los caballeros andantes eran fanfarrones, pero no bandidos. Poseían un fuerte sentido de la justicia, consistente en combatir el abuso de poder, en luchar porque la fuerza de la razón superase a la razón de la fuerza, en defender al débil frente al fuerte. Los caballeros andantes no buscan solo la fama personal. No son unos héroes exhibicionistas, culturistas de gimnasio: poseen un objetivo sentido de la justicia, nacida de la parábola del buen samaritano: una justicia universal, basada en la común dignidad del ser humano, más allá de la lengua, el sexo, la raza y la nación. Don Quijote fue de esa estirpe. Fue loco y cuerdo, pero siempre bueno. Y el que bien vive, bien muere.

«Los de hasta aquí —replicó don Quijote—, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como este no se ha de burlar el hombre con el alma; y, así, suplico que en tanto que el señor cura me confiesa vayan por el escribano».

El ser humano, en su vivir, hace un derroche de energías impropio de quien es mortal, y lo sabe. El hombre, un ser que se equivoca, no es un ser equivocado; no es estúpido. Si vive como si no fuera a morir no es solo porque cierre los ojos a la realidad, es porque tiene sed de inmortalidad, y eso le hace capaz de componer una sinfonía, una escultura, un lienzo, una novela o cualquier obra buena. Si la muerte fuera simplemente un arbitrario e imprevisible cese de actividades biológicas, entonces la muerte sería indigna para quienes se resisten a morir. Pero la muerte no es solo eso. El hombre ha dado culto a los muertos porque sabe que la muerte no es un fin definitivo. Filósofos como Platón lo han razonado en el Fedón. La fe cristiana lo ha iluminado. Y el Quijote y la muerte de su protagonista nos dan ocasión a reflexionar sobre ello.

Antonio Barnés
Doctor en Filología

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