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La dignidad de la vida humana 

Nos encontramos ante un panorama intelectual profundamente contradictorio frente al valor de la vida humana y, por ello, ambiguo -cuando no relativista o nihilista- a la hora de la defensa de su dignidad. Podemos decir, pues, que se presentan dos grandes concepciones enfrentadas entre sí sobre la consideración de la vida humana; el “evangelio de la vida” y la “cultura de la muerte”. ¿Cuáles son las claves culturales que originan estas diversas consideraciones sobre la dignidad humana y, por lo tanto, sobre su defensa o maltrato?

Por desgracia, en nuestro país se vuelven a agitar como bandera ideológica debates como el aborto o la eutanasia, con ánimo de utilizarlos como instrumentos de transformación y de cambio de la mentalidad de la sociedad. Tras ello se esconde una agresividad y una radicalización que va mucho más allá de los meros argumentos. A nadie se le escapa que estos debates, lejos del sosiego y la serenidad que precisan, se dan en un contexto de intencionada confrontación y hasta provocación que, en lugar de ser útiles para buscar la verdad y el bien común, sirven para atizar y lanzar las consignas de una determinada cultura y concepción de la vida frente a otra.

un ser humano es más que la suma de sus genes

Ya no es que el debate intelectual haya llegado a un punto muerto por ser las posturas éticas ininteligibles las unas para las otras, por partir de fundamentos contrarios  y ser radicalmente diferentes, sino que nos encontramos ante un verdadero choque de “antropovisiones”, si se me permite la expresión, donde el afán por borrar del mapa determinados planteamientos morales, tenidos en la reflexión clásica y humanista occidental como verdaderos y buenos, hacen que se mezclen en esta dialéctica pasiones ideológicas, políticas y emocionales que revisten la “cultura de la muerte” de un beligerante proyecto de activismo decostructivo social y cultural.

En la raíz de esta pretensión de “despersonalizar la vida humana” está la afirmación de que el ser humano no es merecedor en sí mismo, por su propio carácter ontológico, de una consideración diferente al resto de los seres vivos. El término persona había añadido en nuestra tradición cultural un valor intrínseco a la dignidad de los hombres, que la actual cultura de la muerte pretende disolver adoptando una perspectiva puramente biologicista.

He aquí, en gran medida, la base de la encrucijada ética en la que nos hayamos. Se tome el problema que se tome referido a la vida humana, siempre nos encontraremos que su resolución dependerá del valor que nos merezca la condición humana y, por lo tanto, de su dignidad inherente y del respeto a que, en consecuencia, nos obligue.

A mi modo de ver, la actual consideración puramente natural de la realidad humana, que la valora como una realidad biológica más, sin una diferencia cualitativa con el resto de los seres vivos, es producto de un reduccionismo epistemológico erróneo y devastador

Los filósofos estoicos no concebían al ser humano como un ser personal, y desde su cosmovisión panteísta confundían su ontología con la del resto del cosmos, pero no por ello eliminaban las consideración cuasi-sagrada de lo humano: “El hombre es una realidad sagrada”. Con ello no es que reconocieran que existía una realidad trascendente, pero sí que la condición de los seres que estamos dotados de la capacidad de reflexionar sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea poseemos unas características cualitativamente diferentes al resto de los vivos, lo que nos reviste de una cierta dignidad inherente, de la que carece todo lo demás existente.

Pues bien, esta concepción materialista pero consciente del “misterio” que implica la vida humana, tan rica y propia de la antigüedad clásica, ha desaparecido por completo en muchos de los planteamientos de la reflexión biológica, ética y antropológica contemporánea.

El filósofo Gabriel Marcel insistía en que no podía confundirse el carácter misterioso con el problemático en el análisis de la realidad que somos y que nos rodea. Un problema es algo de lo que contamos con todos los datos y que, mediante el cálculo o la comprobación, obtenemos una solución. Sin embargo, el misterio es algo que nos supera, que se nos escapa y nos desborda. Reconocer que lo humano está dentro de esta última categoría tanto desde el punto de vista filosófico como del científico es un evidencia, pero pretender negar este hecho es empecinarse en un positivismo militante que es más ideología y prejuicio que adecuación a la verdad.

La fe ciega en la ciencia y su capacidad de desvelar todos los misterios de la naturaleza no deja de ser también una religión que muchos profesan. Regresar al menos, por prudencia, a la excelsa sabiduría griega no sería mal antídoto para los que luchan encarnizadamente contra la tradición filosófica occidental judeocristiana que, por otra parte, tan armónicamente vibraba con la cultura clásica.

coronados de gloria y dignidad

La vida humana, ¿es un simple mecanismo biológico y por lo tanto un mero problema científico a resolver o es, por el contrario, un misterio y un valor a admirar con asombro y tratar con sumo respeto? Su dignidad, ¿es la misma que otro conjunto cualquiera de células o por el contrario merece una consideración especial respecto al resto de lo existente? He aquí la cuestión, he aquí el nudo gordiano del asunto.

Si la realidad humana es meramente actividad biológica, la consecuencia lógica es que puede ser manipulable e instrumentalizable como cualquier otro material de estas características. De ello se deduce que puede ser genéticamente tratado, mezclado con otras especies, congelado cuando adquiere forma de embrión, eliminado cuando empieza a formarse, detenido su crecimiento cuando se gesta en el útero o el seno materno, seleccionado en función de su validez de acuerdo con criterios eugenésicos o muerto cuando, una vez desarrollado no funciona satisfactoriamente de acuerdo con criterios pragmáticos de utilidad o bienestar físico.

Si, por el contrario, lo humano es algo que merece más consideración que la pura materialidad animal, por su valor intrínseco, no podrá ser utilizado, manipulado, cosificado o dado muerte sin ningún tipo de escrúpulo ni freno. Su especial consideración nos obligará al trato delicado y respetuoso que su valor nos merece. No es necesario entrar en consideraciones ni trascendentes ni religiosas, sino atenernos a los meros hechos y a la fenomenología de la condición humana. Este sentido común mínimo es el que es urgente recuperar y restablecer para no caer en aquello que la propia modernidad ha descrito como el escaso desarrollo de la razón moral o ética, en favor de la razón técnica o instrumental, que se ha hiperdesarrollado en detrimento de la primera.

Y no cabe disfrazar el desarrollo excesivo del progreso tecnológico respecto al ético con un barniz de moralina progresista. El avance, sin más, del saber instrumental en materia de la vida humana no se justifica por sí mismo. No todo lo que se puede hacer, se debe hacer, ni lo todo lo que se logra es automáticamente admisible. Es bien conocido a qué extremos esta lógica ha conducido a la humanidad. Sin embargo, se insiste en tachar de conservadores y retrógrados a quienes pretender reflexionar sobre la conveniencia de aplicar determinados avances en materia genética o de ciencia biológica.

De nuevo nos encontramos con el error epistemológico, que ahora se convierte en ético, de sacralizar el saber positivo mientras se acusa, paradójicamente, de religiosos fundamentalistas a los que piden prudencia por considerar el respeto que se debe a la vida humana. Este falso juego es tan frecuente hoy en día que abre los ojos sobre la existencia de determinados extremismos fanáticos de nuevo cuño.

desorden científico y moral

La reciente historia de la humanidad nos demuestra que no todo avance lo es en la buena dirección y que no todo logro científico es  beneficioso para la humanidad. Por ello, predicar de ellos que automáticamente han de ser aceptados y admitidos en aras del respeto a la capacidad humana de adquirir nuevos conocimientos y logros es tan cuestionable, que preocupa muy seriamente pensar que tantos caigan en la trampa del enaltecimiento acrítico de la ciencia y sus posibles aplicaciones.

Nadie dice que el conocimiento y las conquistas del saber no sean beneficiosos para la humanidad, sino que se ha de ser muy prudente a la hora de hacer uso de ellas, pues la naturaleza humana no es, en contra del espíritu roussoniano ilustrado y moderno, benéfica y filantrópica. La historia más bien nos demuestra lo contrario, y cuando se trata del respeto a la dignidad humana tener presente esta reflexión es aún más pertinente. El potencial humano ha de ser sometido previamente al juicio moral. Como todo, depende del uso que se haga y de los criterios éticos que se manejen. Lo demás es un cientificismo ciego y peligroso que sustituye a la razón ética por la instrumental o técnica.

El diagnóstico es, pues, que nos encontramos atrapados en un problema filosófico o cultural antes que científico o técnico al referirnos a la cultura contemporánea y el respeto de la vida humana. Y de él se derivan monstruosidades que pretenden anestesiar la sensibilidad ética y humanista, como la igual consideración de la dignidad de los embriones humanos y de los chimpancés (P. Singer), de la igual dignidad de la condición humana y de algunos primates (Proyecto Simio), la real y activa eugenesia que se lleva a cabo con determinados diagnósticos “preventivos” (eliminación de niños con síndrome de Down), la mezcla de materiales genéticos y/o embrionarios de la especie humana con los de otras especies (manipulación genética de híbridos), la pretensión de niños a la carta (mediante selección del material genético), la clonación de humanos, etcétera…

A veces, el debate en estos asuntos se pretende situar entre sensibilidades religiosas y actitudes científicas, o entre progresistas y conservadores en lo moral, sin saberse muy bien qué se quiere decir con ello, si no es más que un subterfugio para descalificar la postura  del adversario. Bastaría con atenerse a la sabia tradición humanística occidental (y no solo ella) que es una mezcla de elementos sapienciales, científicos, religiosos y filosóficos, para advertir la necesaria precaución que merece abordar estas graves cuestiones que afectan al futuro de nuestra especie.

la arrogancia de poner precio a la vida 

Esta tradición, que acumula una sabiduría acrisolada durante muchos siglos, indica que el ser humano no es reductible a un objeto cosificable sin más, o a un elemento como otro cualquiera del conjunto de la realidad natural. Por el contrario, el asombro y la veneración ante el misterio de la condición humana es un legado irrenunciable que hemos recibido desde la noche de los tiempos.

La arrogancia de los cientificistas de nuevo cuño es la que pretende, como aspiraba Laplace, reducir la entraña misma del cosmos o de la persona, a una fórmula matemática o física, o a mecanismos neurobiológicos o químicos o a meros episodios de dinamismos electrofísicos. Sería el logro del sueño de la vanidad humana de descifrar el misterio último de la realidad, del mundo y del yo, para creerse dueña y señora de ella: ser los nuevos dioses, en definitiva. Pretendiendo haber agotado el secreto último de los seres, la razón humana se considera a sí misma cuasi-divina, pues estaría en condiciones de re-crear los mismos o de disponer de ellos desde su nueva condición de conocedora de la totalidad y, por lo tanto, de  su supuesta capacidad de disponer de ella como deseara.

El asombro y el sobrecogimiento ante el misterio real de lo que nos rodea y de nosotros mismos, que ni mucho menos está agotado, induce, como les ha pasado a los grandes sabios a través de los siglos e incluso aún hoy, a plantearse con cautela la pretensión positivista de haber desentrañado casi el entramado último e íntimo de las cosas y, por ello, de despojar de la vida humana de su carácter ontológicamente precioso, manipulándola y usándola como si se tratara de algo que nos perteneciera.

Este hecho es fruto de trasladar la ilusión niestzchiana de haber dado muerte a Dios al plano de la ciencia y el conocimiento, tan propio del relativismo postmoderno nihilista, que es precisamente el marco cultural e intelectual donde hay que encuadrar la, cada vez más arrogante, “cultura de la muerte” y sus ideologías adyacentes.

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