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La dolorosa experiencia del exilio 

 “¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha…”
(Sal 136, 4-5).

Ningún creyente que se precie puede librarse en algún momento de la amarga experiencia de sentir que habita en tierra extraña, de estar viviendo una vida para la que no ha nacido. Esta es nuestra realidad diaria porque no somos de aquí, no es este nuestro destino, nada de este mundo sacia nuestras aspiraciones más profundas. Pero cuando uno se empeña en caminar en la dirección opuesta a ese destino último y se identifica con aspiraciones mundanas, cae en la trampa y entra en una vida en la que otro marca los ritmos y los hábitos. Da “palos de ciego” y no es libre para salir de ahí. Vive encadenado. La falta de libertad interior es la experiencia más amarga de la existencia. Es como vivir sin aire.

La situación se describe con distintos matices en muchos pasajes de la Escritura a nivel individual o colectivo. Es decir, pertenece a la Revelación y por tanto es conocida por Dios, lo que equivale a decir que tiene salida. Saber esto ya es un gran consuelo.

Aparece ya en el Génesis desde el momento en que el hombre desobedece a Dios, razón por la que Adán y Eva fueron expulsados del Edén. Caín hubo de vagar errante sin encontrar descanso interior. Abrahán, que vivía en medio de la idolatría, sobreviviendo como todo el mundo sin entender las claves de la existencia, ha de realizar un arduo camino abandonando todas las seguridades hasta conocer a Dios. Jacob se pasa la vida huyendo de su hermano Esaú y de su tío Labán. Sus intrigas y sus mentiras le abocan a vivir así hasta que en una noche oscura ha de enfrentarse con la verdad, y surge de ese combate un hombre nuevo y con un nuevo nombre: Israel. Este abandona una y otra vez a Dios, que se le ofrece insistentemente, y su rechazo continuo le lleva a una lamentable situación, la de ser esclavo de otro pueblo e incluso a vagar errante en busca de una tierra propia. Y más adelante los israelitas serán deportados y vejados hasta el extremo de tener que cambiar sus hábitos, de no poder realizar sus liturgias y de contemplar la destrucción de su lugar sagrado, el Templo.

Se está hablando en todos los casos de la misma situación, la dolorosa experiencia del exilio, de un profundo desarraigo interior en que perdemos toda referencia y asidero, de no tener suelo bajo los pies. La experiencia, aunque dolorosa, es imprescindible para acceder a Dios, lo que requiere cambios profundos en la persona, como es el caso de esos seres de la naturaleza que han de cambiar de piel para poder crecer y han de sufrir un tiempo en “carne viva”.

“por ti, patria esperada”

Lo más enigmático es saber que Dios lo permite, que Él está detrás de todo, incluso de estas situaciones tan amargas. Ciertamente Dios actúa en la historia para que su nombre no sea tomado en vano. Perdonar las ofensas siete veces implica gran discernimiento, hacerlo setenta veces siete —como dirá Jesucristo— mucho más: requiere conocer el corazón de Dios. Pues bien, setenta años permanecerá Israel en el exilio para aprender una vez más de dónde le viene la vida, para distinguir el bien del mal, para aprender a discernir y ser así realmente libre.

Dios es el dueño de la historia, que es el auténtico escenario en el tiempo que Dios ha previsto para que podamos acceder a la fe. La actuación de Dios en la historia lleva a los hombres a la oscuridad o a la luz, según convenga para suscitar el encuentro con Él, la fe.

Al momento de poner fin al exilio, Dios se dirige a Israel y lo escruta para ver si ha entendido el destierro como un castigo medicinal de Dios. ¿Acepta Israel que ha sufrido por su pecado?: “¿Vas a admitirlo?” —le dirá el Señor—. Porque lo importante es aprender de la historia. Dios no pretende otra cosa con la corrección que hacer que volvamos a Él nuestros ojos.

Cuando la historia se ilumina, todo aparece totalmente nuevo. No es que Dios lo haga nuevo, sino que aparece así a los ojos de los que se vuelven al Señor. Cuando uno reconoce la propia culpa —¡qué difícil suele ser!—, todo vuelve al punto de partida y se percibe la bondad de Dios. Al fondo de la maraña de la historia aparece un hilo conductor que es el amor de Dios. La obediencia al Señor lleva a la vida; la desobediencia, en cambio, al exilio y a la muerte.

“suspirad por Jerusalén, cumbre de nuestras alegrías”

Este el punto: una vez se le abren los ojos a Israel, ha llegado el momento de la liberación. Dios no desea el castigo, que no es un fin en sí mismo. Desde la fe, la historia de la salvación se presenta con una unidad que ilumina toda la vida. Se trata de la misma llamada hecha a Abrahán a salir de la idolatría, de la misma llamada hecha a Jacob para abandonar la mentira que le hace vivir huyendo, de la misma llamada hecha a Israel para salir de la esclavitud de Egipto. Ahora le llama a salir de la desobediencia a Dios con los mismos acontecimientos, pero siempre es el mismo Dios quien llama a sus elegidos para convencerlos de su amor.

Nosotros estamos en el mismo escenario. Lo queramos o no, formamos parte de la misma historia de salvación. A medida que nos vamos acercando a la fe, repetimos el mismo proceso que parte de las mismas idolatrías, mentiras, esclavitudes y desobediencias a la voluntad de Dios, fundamentalmente porque dudamos de su amor.

El mayor peligro que acecha a la fe es el miedo a pensar que no somos amados; esta es la mayor tentación, el momento en el que la persona de fe sucumbe y se vuelve a pedir la vida a los ídolos. Lo que ocurre es que el amor divino no es ese amor empequeñecido que solo se ocupa de evitarnos sufrimientos. Por el contrario, el amor auténtico es exigente, y nosotros mismos preferimos con mucho ver sufrir a las personas que queremos realmente, antes que verlos disfrutar de una felicidad banal y alienante. Pues así es el amor de Dios.

“libertad, gratuidad y salvación”

Israel ha de saber que es amado por Dios con un amor especial, un amor que la Escritura denomina de elección (“Israel, tu eres mi elegido”). El amor de elección que Dios muestra a su pueblo conlleva sufrimientos, los que sean necesarios para que no se separe de Él. Es como si Dios quisiera vincular a toda costa la suerte de su pueblo a la de su Hijo Jesucristo.

El misterio de Job se prolongará hasta el fin de los tiempos y la fe del creyente será probada constantemente, y en ciertos casos incluso llevada hasta la más profunda oscuridad —la noche oscura del alma que cantan los místicos y tantos santos—. Job será llevado a la auténtica fe con pruebas enormes hasta llegar al reconocimiento: “Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos”. Esta es la adoración más perfecta, la que ha sido purificada.

Aunque este amor es de una alegría más profunda que cualquier otra alegría humana, es también, hasta que seamos purificados, fuente de un sufrimiento desgarrador. Dios quiere llevarnos a estos amores, que no son cualquier cosa. Quiere llevarnos hasta la identificación con Él de su criatura, este es el objetivo definitivo de toda situación de exilio en este mundo.

Enrique Solana de Quesada

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