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La Encarnación del Hijo de Dios 

El rezo del rosario comienza con la contemplación de los misterios gozosos. No podía comenzar de otra manera sino con gozo —palabra hermosa esta—  la irrupción de Dios en la historia humana de forma definitiva. Hasta este momento, Dios se había anunciado a través de intermediarios: patriarcas, profetas, reyes, sacerdotes, e incluso a través de todo un pueblo, el pueblo de Israel, paradigma de todos los pueblos, al que Dios escoge para hacer con él una historia que exprese al resto de los pueblos de la tierra que la mayor dicha es poseer al Señor, así como la mayor desolación es perderle, extraviarse de Él. Este es el tesoro de este pueblo, su razón de ser, de tal manera que sin Dios, este pueblo no tiene historia ni cabida en la tierra.

Llegado el momento culminante de la historia, Dios irrumpirá personalmente en ella, sin intermediarios ¡Qué impresionante! Y lo hace solapadamente, sin trompetazos, sin redobles de tambor; deslizándose silenciosamente entre los hombres como uno más, en el último rincón de la tierra.

Todos los hombres, en todas las culturas y en todas las épocas, han experimentado un deseo indefinible de conocer a Dios. Y todas las religiones responden a este deseo que realmente existe en su corazón. Por eso el cristianismo no es estrictamente una religión, al no ser la consecuencia de la  búsqueda a la que ese deseo nos impulsa. En el cristianismo ha sucedido justo al contrario: la iniciativa ha partido de Dios. En Cristo Jesús, Dios ha hecho añicos la distancia infinita que nos separaba de Él, no nos era posible acceder a Dios, no estaba a nuestro alcance, pero Él nos ha buscado y ha acontecido entre nosotros. Eso es el cristianismo, un acontecimiento maravilloso que ha cambiado el curso de la historia, un hecho real, que, de grande que es, no cabe en nuestra mente.

El cristianismo hace presente que ya no hay que romperse la cabeza buscando a Dios, imaginándolo de mil maneras, definiéndolo y dotándolo de cualidades que siempre acaban siendo nuestro reflejo. El cristianismo hace presente un hecho inenarrable: Dios ha irrumpido en la historia humana haciéndose uno de nosotros, con todas sus implicaciones espacio-temporales ¡Dios se ha encarnado! ¡Dios se ha hecho de carne y hueso! Ha asumido nuestra naturaleza y ha acontecido en el tiempo. Ha sentido como yo, ha llorado, reído y sufrido como yo. Ha experimentado el cansancio, el gozo, el hambre, el calor y el frío. Dios ha sido concebido en el vientre de una mujer y ha devenido en un fragilísimo embrión que lo necesita todo de su madre María: el alimento, la temperatura, el amor… El momento más crucial de la historia de la humanidad transcurre en un encuentro sencillísimo y lleno de delicadeza. ¿Es posible no conmoverse? “El ángel del Señor anunció a María… y concibió por obra del Espíritu Santo. He aquí la esclava del Señor… hágase en mí (esto es, fórmese en mí) tu Palabra”.

Y así fue, el Verbo que habitaba en Dios y que era Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo carne para habitar entre nosotros. En este brevísimo y sutilísimo encuentro se lleva a cabo el proyecto que Dios mismo había acariciado desde la misma creación del mundo. ¿Qué proyecto? Recrear a su creatura el hombre, al niño de sus ojos, al ser libre por excelencia, tan libre que podía optar por separarse de Dios, su auténtica imagen, dando así origen a la muerte.

Enrique Solana de Quesada

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