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La esperanza, razón de la crisis II 

«¿Cuánto estáis dispuestos a darme si os lo entrego?

Y ellos se ajustaron con él en treinta monedas?» (Mt 26,15)

En la primera parte de este artículo (Revista Buenanueva nº 36) dejé perfiladas las líneas maestras de lo que considero la dimensión más profunda de la crisis que padece buena parte de nuestro mundo, y cuyo epicentro es la economía: por una parte el dinero, convertido en ídolo supremo y, por otra, la esperanza cristiana como el “logos” o razón capaz de articular una salida auténtica a esta situación. Dinero y esperanza mantienen una dialéctica que empieza en el corazón de cada ser humano y se extiende a los grupos, instituciones, pueblos y naciones. La lucha ya no es de unas clases con otras, sino de unos “horizontes universales de sentido” con otros. Estos podrían reducirse a dos formas de existencia: bajo el imperio del dinero o en la libertad del Amor de Dios*.

Conviene avanzar más en esta explicación de la crisis. Lo voy a hacer ahora desde el convencimiento de que hoy hemos de enfrentarnos más que a una crisis de la razón en cuanto tal, al aprisionamiento de la misma dentro de sus propios límites o fronteras, que es lo mismo que decir que hemos de vérnoslas con la razón de la crisis. Hemos insistido tanto en la capacidad de la razón para explicarlo todo por sí misma, sin otra ayuda alguna, que hemos logrado una razón perfectamente acotada y “reducida”. Y no es porque la consideremos incapaz de trascenderse, sino porque le hemos negado el campo de trascendencia; es como si tuviéramos en las manos una luz a la que reconocemos una casi infinita potencia, pero a la que negamos algo que iluminar que no sea lo cotidiano, lo de tejas abajo.

¿De dónde nace en nuestro Occidente, racional y (en sus raíces) cristiano, esta oclusión reduccionista de la razón? Creo que no me equivoco si digo que de una profunda desilusión del potencial mismo cristiano y de una pretensión sustitutoria: la creación de un “hombre último” que está bastante de vuelta de todos los mesianismos y superhombres ilusorios, a los que se ha arrinconado en el desván del “Estado del bienestar”.

Hemos construido un nuevo (o último) mito de lo humano, un mundo privado de todo idealismo en la creencia de que el paraíso se perdió definitivamente, y que nadie nos va a proporcionar otro Edén, si no lo hacemos nosotros mismos. En este mito último Dios ya no está, ya no es relevante ni siquiera plantearse el problema de su existencia o inexistencia.

Occidente se forjó, como ya quedó dicho, sobre los supuestos cristianos; principalmente Europa. La pérdida de estos supuestos son las tierras aquellas de las que son estos barros. La legitimidad de la reflexión teológica arranca de una visión global de este problema. Le pasó también a Israel en el desierto, pues el oscurecimiento de Dios le llevo a sustituirlo por un becerro que había de ser de oro, precisamente. En mi opinión la pretendida muerte de Dios se ha revelado como una suplantación del mismo por los ídolos, sobre todo por el oro del becerro.

Dios no ha muerto, pero la trayectoria del secularismo, la pérdida de la sacralidad y la propia debilidad del cristianismo en amplios sectores de nuestra sociedad, han venido a parar en una increencia que ha permutado un Dios por otro dios. Se ha producido un trueque en esta Europa mercantilista que, ya se ve, padece el síndrome de Judas: « “¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?”. Ellos ajustaron con él un precio equivalente a treinta monedas de plata». (Mt 26,15)

el regreso del becerro de oro

Según Éxodo 21, 32 la vida de un esclavo valía treinta monedas o siclos. Quizá no sea una cantidad excesiva pero… ¿qué podría haber hecho Judas con ese dinero?¿En qué lo habría invertido? Otros lo invirtieron por él… ¡en un cementerio para forasteros! (Mt. 27,7).

Parece el texto del evangelista una premonición de lo que nos iba a pasar. Y ciertamente es más que una premonición: es una profecía, una palabra de Dios que, no es que adivine sin más el futuro, sino que lo ilumina; aquel campo que se compró con el dinero de Judas se llamó “Campo de Sangre”.

Basta mirar nuestra Europa y nuestro mundo para ver el sentido del texto de Mateo. Europa, en la medida en que ha olvidado sus raíces cristianas, ha hecho en el trueque de Dios por el dinero un mal negocio. Porque ¿qué becerro es este cuyo oro la ha empujado a semejante mercadería? Es una pregunta de compleja respuesta, pero que podríamos resumir en que se trata de un becerro de amplia panza, repleto de monedas, de bienes y servicios…: el “Estado de bienestar”. Dicho de otra manera, el paraíso con Dios, en el que ya no se cree, se ha cambiado por un Estado de cosas en que se vive bien, en el que se está bien…, hacia dentro.

Hemos construido (y no es algo en sí malo, sino todo lo contrario) una casa bastante bien amueblada y confortable. Pero tiene dos grandes inconvenientes: que no hay muebles ni confort sino para solo una parte de sus inquilinos, y que sus puertas y ventanas no son tales; están pintadas en las paredes y nada más. Hicimos la casa, la amueblamos, nos metimos dentro, habiendo echado a Dios de ella previamente por miedo… a que pudiera volver pretendiendo entrar, porque es un Dios celoso y tozudo (Ap. 3, 20) y le basta para ello solo una rendija.

Y con esto nos encontramos en las manos con una crisis cuyo corazón es no poder (sin consecuencias devastadoras) servir a Dios y al dinero. Atrapados en una disyuntiva que genera sufrimiento, muerte y destrucción, porque es imposible tener en el mismo campamento al becerro tirano y al Dios libertador.

La configuración del Occidente cristiano en base a la elección del primero, con olvido del segundo, ha adelgazado nuestras reservas morales y espirituales de forma preocupante y ha engordado la factura humana hasta extremos muy difíciles de soportar. El listado de males que nos aquejan no dejan lugar a dudas y afectan a todos los órdenes de la vida. El “Total a pagar” es abrumador y para muchos desalentador. ¡Pero no es impagable!

de las ideologías a la Esperanza

Dos cosas pertenecen a la esencia misma de la propuesta cristiana para hacer frente a la crisis: una, que Dios ha entregado a su Hijo mismo para saldar nuestras deudas; y otra, que este Hijo entra, una vez resucitado de la muerte, en las casas aunque estén cerradas sus puertas y ventanas. Pero Europa tiene que escuchar esta propuesta o argumento, antiguo y actual, que solicita de la razón valor y audacia para recorrer todo el camino que puede recorrer: de las ideologías a la Esperanza, alimentada por la fe (Hbr 11,1) y operante por el Amor.

Hemos llegado a un punto en que la fuerza de los hechos avala el dicho del Señor: “No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mt. 6,25). Que no es una mera exhortación piadosa o un mandato de buena religiosidad moral, sino una revelación de extraordinaria profundidad e ilimitado alcance a la hora de encontrar la estrategia que abra el verdadero “rescate” de Europa y del mundo.

De buscar estrategias se ocupan, como es obvio, los economistas, los políticos, los sociólogos, los filósofos, los psicólogos, los artistas y hasta los curas, y no solo los de la Iglesia, sino también esos otros que ofician en las catedrales y templos de las grandes finanzas y Bancos Centrales y Fondos Monetarios.

Pero, ¿quién de estos ministros plantearía en una sesión de estas liturgias como estrategia clave de solución, el abandono de la idolatría del dinero y la vuelta al Dios verdadero y del Amor… sobre todo a los pobres y más necesitados? ¿Cómo sonaría en una de estas sesiones una propuesta semejante? ¿Qué cara pondrían los grandes de las finanzas y del dinero? Pero no serían sus posibles muecas nada nuevo, porque también ya se mofaron de Jesús, en su tiempo, los ricos, cuando hablaba de la codicia porque eran sus serviles amigos (Lc. 16,14).

¿Tan descabellado es y fuera de lugar que el Evangelio volviera a resonar en estas ceremonias económicas y políticas de alto grado? Lo que ha quedado “fuera de todo lugar” es precisamente el Evangelio, y así nos va.

se cambia la fuente por el charco

En la idolatría, raíz última de nuestra profunda crisis, hay un dramático engaño. El ser humano se fabrica un Dios con las astillas que le sobran al acabar un utensilio que se está haciendo. Y se postra ante él, invirtiendo el orden racional de las relaciones. Sabiduría 13, 10-19 es bien elocuente.

Una vez postrado ante el ídolo, la insensatez del corazón le lleva a “pedir por la vida” a un muerto, a solicitar ayuda a algo inerte (al más torpe) y un viaje feliz al que ni siquiera puede andar; y para las ganancias, las empresas y el éxito de sus tareas pide ayuda al que menos puede dárselas” (vv. 18 y 19). Al caso que nos ocupa: la inversión y perversión del orden racional de las cosas se manifiesta aún más en el pensamiento de que “nuestra vida es un juego y la existencia una feria de negocios” (Sb 15,12).

¿Se puede decir más claro? Esta creencia tiene fatales consecuencias: la primera es la ceguera, el encarcelamiento de la verdad en la injusticia (Rm 1,18-23). El corazón se endurece al envolverse en la estupidez e irracionalidad de mudar la gloria de Dios por la imagen de seres corruptibles. Se cambia la fuente por el charco, lo primigenio y auténtico por la copia y sucedáneo. Nos pasa como al hijo de Proverbios que se ríe de su padre y desprecia a su madre: los cuervos del torrente y los aguiluchos le picotean y devoran los ojos (Pr 30,17) y ¡que bien lo dice el dicho popular: “nos ciega la ambición y la codicia”.

Pero aún hay más: la injusticia de la idolatría nos cierra toda otra opción que no sea la de servir en lugar de amar. El daño es de tal envergadura que introduce en la condición intrínseca de ser del hombre una mentira óntica: él, que fue creado para la libertad del amor, resulta esclavo de la tiranía del odio. No cabe mayor tropelía e injusticia contra el proyecto creador de Dios. Además, este proyecto creacional y fundante del ser del hombre va desplegándose en la historia de la Revelación cristiana hasta presentar la naturaleza misma de Dios en unos términos que ninguna otra religión ha alcanzado; Dios es padre y nosotros hijos suyos por una alianza de Amor que no es otra cosa que la donación del Espíritu de Dios mismo en su Hijo único muerto y resucitado de entre los muertos. Esta verdad es ocluida por la mentira de la idolatría.

al encuentro del sediento llevad agua

Por otra parte, en todas las épocas —y en la nuestra a calderadas— la mentira de los ídolos se ha tragado la esencia misma de nuestra relación esencial y fundante con el Amor: exactamente lo que hace el dios Moloc con su hijos, a los que exigía ser abrasados en holocausto. Levítico 18,21 añade a la condena de tal horror el porqué de la misma: “No profanarás así el nombre de tu Dios. Yo, Yavhéh”. De otro modo: Dios no es un concepto cultural o proyección de la debilidad humana; es un “nombre”, una consistencia real. Entre el concepto de Dios y el nombre de Dios hay una infinita distancia, exactamente la que media entre el servilismo y el Amor, la tiranía idolátrica y el Dios padre de Jesucristo. Dios es y el ídolo Moloc no es.

Como tampoco es su hermano gemelo, Mamón: la codicia pura y dura, es decir, la obsesión por medrar y enriquecerse a toda costa (Lc 12,13-21). Y es su hermano porque ambos tienen de común naturaleza su instinto asesino; ambos reclaman la vida de sus súbditos. La codicia del dinero y del poder no se sacia; como dice Proverbios, “la rapiña quita la vida hasta a su propio dueño” (1,19). Pablo lo avisaba a los Corintios previniéndonos también a nosotros de que no codiciemos ni nos hagamos idólatras (1 Cor 10,6 ss); el mismo Judas pagó con su vida la venta del Señor, al mismo tiempo que la Palabra de Dios enseña que “quien aborrece la codicia alarga sus días” (Pr 28,16) y Santiago escribe lo que pasa hoy en tantas partes del mundo: “¿De dónde proceden los conflictos y las guerras que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros? Codiciáis y no tenéis, asesináis y envidiáis y no podéis conseguir nada…” (St 4,1-2).

Diagnóstico y pronóstico acertados de nuestros males, de nuestra crisis del bienestar, de tanto esfuerzo por acumular oro y plata que se nos están oxidando y convirtiendo en herrumbre…, en testimonio contra nosotros y en fuego que devorará nuestras carnes. ¡Hemos acumulado riquezas… para los últimos días! Lo dice Santiago en 5,1-4 y Juan en el Apocalipsis lo completa, añadiendo que somos dignos de lástima, pobres y ciegos (Ap 3, 17).

Sabemos que palabras como las citadas de la Escritura serán dislates y tonterías para unos, para otros vaticinios de tristes agoreros; habrá quien las considere (en la mejor trayectoria de la Iglesia) como medio de manipulación de las conciencias, etcétera. Pero, ¿y para nosotros, los cristianos, acrisiados como los demás…? ¿Qué son para nosotros? Desde luego, no inculpaciones que arrojamos al rostro de Europa, de la Europa rica, ni de ninguna otra parte del mundo. Para nosotros son otra cosa, y bien distinta. Lo dice la Palabra:

“Me gritan desde Seir: ‘Vigía, ¿qué queda de la noche? Vigía, ¿qué queda de la noche? Responde el Vigía: Vendrá la mañana y también la noche. Si queréis preguntar, volved otra vez y preguntad’ ”. (Is 21,11-12).

A partir de esta palabra, en lo que resta de esta reflexión, hablaremos de la inteligencia y razón de la crisis que es la Esperanza… Con la ayuda de Dios y Santa María.

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* Cuánto se dice del dinero y de su influencia y poder sobre las estructuras económicas y sociales de nuestras comunidades humanas, deja a salvo, como es natural, la voluntad personal de cada responsable que solo Dios puede juzgar.

César Allende
Profesor de Religión

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