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La esperanza, razón de la crisis 

César Allende García
Profesor de Religión
 

¿De qué crisis? La que nosotros sufrimos ahora ¿Qué tiene de especial respecto de las de otras épocas? Toda crisis lo es siempre, de un modo u otro, de la razón. Porque a quien primero provoca y estimula es a nuestra capacidad de juicio y de búsqueda de soluciones. Escribe Pablo a los Romanos: “… en las tribulaciones la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,3-5).

Esta alusión a la esperanza indica ya la orientación teológica de las reflexiones siguientes. Pedro, quien hace explícita referencia a los escritos de Pablo, (2P 2,15-16) desarrolla y refiere a la confrontación de la fe con otras formas de pensamiento (necesaria, por otra parte, y conveniente) la misma idea del apóstol: “Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza” (1 P 3,13-15).

Estas reflexiones acerca de la crisis, como he señalado antes, pretenden buscar las raíces teológicas que hay en su base, aunando aportaciones de la razón y de la fe, porque la naturaleza de la cosa a tratar es tal, que la razón sola se queda a medio camino. El propio Señor indica la auténtica perspectiva que ha de adoptar esta reflexión y establece la tesis de la misma: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Si juzgo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre” (Jn 8, 12-16)

de una fe sin esperanza surge una esperanza sin fe

En la condición anímica del ser humano es fácil percibir la tendencia, a veces manifiesta y a veces larvada, a servir a otros dioses; digamos desde ya mismo que el principal de todos ellos es el dinero. ¿Qué hemos aprendido, a lo largo de tantos años, siglos, de caminar por la historia, como Israel por el desierto? Ojalá sea lo que hay en lo secreto del corazón, cosa que nos es fundamental para vivir (Dt 8,2).

Allí encontramos la experiencia del lamentable engaño que ha supuesto para los hombres la pretensión de ser Dios. Este fraude emerge al exterior en la vida corriente y cotidiana, tanto individual como social y planetariamente, en un movimiento anímico y operativo que repta como una serpiente de dos cabezas: el miedo y la hostilidad frente al entorno. Buscar refugio y pertrecharnos ante lo que hay ahí frente a nosotros parece de lo más natural; la civilización y la cultura obedecen, en el fondo, a esta búsqueda y necesidad.

Así, la razón y la sensibilidad se encuentran con que liberarse de las limitaciones y esclavitudes físicas apenas suponen lograr nada, si no logramos desembarazarnos de la propensión interna a servir a los dioses protectores. Abierta la cuestión, se nos plantean dos opciones: a ningún dios hay que servir, y solo servir al Dios verdadero (Mt 4,10). Pero inmediatamente aparece el problema de cómo distinguir a los dioses entre las otras cosas del mundo, y cómo saber cual es –si lo hubiera– el Dios verdadero. De momento ya se puede concluir algo: la situación de crisis, que abarca un amplio espectro, lleva a la crisis del corazón y de la razón de lo ordinario, y estas apuntan a la cuestión del fundamento: los dioses y/o Dios.

 

la fe en Cristo nos pone en camino 

De este fondo o sustrato da cuenta la fe cristiana, sirviéndose de la revelación bíblica. La narración del pecado de los orígenes se nos presenta como una profunda visión etiológica de las estructuras del mal, destacando la polarización que el hombre hace de todas las cosas y de sus propios semejantes hacia la satisfacción de su interés y egoísmo.

Las estructuras de pecado son las raíces que sostienen y alimentan el árbol de cuyo tronco hacemos la leña con la que fabricar nuestros ídolos (Sb 13,11-19), y cuyos frutos amargos son visibles en tanta naturaleza destruida, tanta opresión y explotación por la codicia y el ansia de poder y tanta sangre derramada… Desazona profundamente a la razón poder encontrar sentido al mal. San Pablo refiere a la razón precisamente este problema del sentido del mal, cuando establece una relación del mismo con la verdad, campo propio de la actividad racional. Escribe a los cristianos de Roma que la injusticia es una impiedad, porque los hombres en su injusticia aprisionan con ella la verdad (Rom 1,18).

Verdad e injusticia tienen un conflicto que se resuelve en mal para la humanidad cuando esta trueca la gloria de Dios por la mentira del culto y servicio a la criatura en lugar del creador (v. 25). La constelación de pecados que Pablo señala entre los versículos 27 y 32 son las manzanas de aquel árbol. Bien mirado, la raíz pivotante de nuestra crisis es la quiebra de la misma razón, que arrastra al corazón a la insensatez y a la idolatría. Considero que es necesaria, con una necesidad de urgencia, la recomposición del hombre entero para salir de esta crisis; las variables políticas, económicas, sociales, culturales, etc. dependen de esta dimensión profunda del ser humano. La propia razón moral así lo demanda.

Pero, por otra parte, es este un tiempo pletórico de esa clase de acontecimientos y vicisitudes que nos han sido siempre los más estimulantes compañeros de nuestro viaje por la vida. Son estos tiempos para no estarse quietos, que galvanizan la desidia, frontalmente en contra de la acidia y el pasotismo. Este va quedando como algo anticuado y pasado. La razón parece volver por sus fueros y se despunta lentamente como “razón crítico-activa”: me parece que su mejor denominación sería “razón esperanzada”. Lo que supone un replanteamiento positivo del carácter andariego del hombre sobre la tierra. Es posible que estemos a punto de descubrir otra vez por dónde acceder a los panales de la miel y a las fuentes de la leche que estaban en el proyecto inicial del Dios Creador.

el pasado a tu misericordia, el futuro a tu providencia, el presente a tu amor

Ezequiel, lamentándose de la suerte de su pueblo, decía: “se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, ha desaparecido, estamos perdidos” (Ez 37,11) Perdidos, pero no acabados, ni rematados (2 Cor 4,8-9), un espíritu de vida comienza a soplar pobre los huesos. La construcción de Europa fue lenta y laboriosa, sobre todo esto último: la estructura que la vertebró en sus orígenes bajo el signo y principio orgánico de la “cristiandad” se logró mediante un laboreo complejo y costoso.

La articulación de Europa lo fue esencialmente bajo los postulados teológicos del cristianismo que permeabilizaron los estratos económico, político, social, ideológico etc. de tan compleja realidad. Y en aquellos postulados, el fundamental es la pretensión de Único y Verdadero que le fue atribuida al Dios del Antiguo y Nuevo Testamentos. La afirmación veterotestamentaria del monoteísmo judío radical se afianzo en la Europa cristiana mediante la doctrina trinitaria y excluyó absolutamente otro dios cualquiera, principalmente el dinero.

La complejidad del “proceso económico” que atraviesa toda la historia de Europa hasta nuestros días, pone aún más de manifiesto los efectos profundamente negativos de la quiebra de Dios como Único y Verdadero. En términos generales: la cuestión europea de hoy tiene una vertiente teológica digna de atención, al mismo tiempo que la eterna cuestión de Dios no puede plantearse en nuestro contexto histórico desvinculada de los elementos que configuran y dan actualidad histórica al viejo continente.

En esta cuestionabilidad, el sistema de creencias europeo se presenta como afectado de desacralización, secularización e increencia junto al esfuerzo por establecer una ética de base consensual con intenciones de universalidad. No es fácil la objetivación antropológica de la crisis de Dios, pero la proclamación de su muerte acarreó un repique de campanas, preludio del funeral a celebrar por el hombre.

No es necesario dramatizar más de lo que ya es un drama en sí, como explicó Henri de Lubac, presbítero jesuita francés y uno de los teólogos más influyentes del siglo XX. Pero es innegable para el pensamiento europeo, occidental en general, que Dios y el ordenamiento mundano van inseparablemente entrelazados. El análisis de la crisis que nos agobia no puede prescindir ni de la vertiente teológica ni del estudio del desarrollo económico de nuestro sistema monetario, financiero y productivo; se hace, pues, necesario ver qué pasa con la relación Dios- Occidente.

La situación que tenemos (respetando la autonomía debida a las realidades terrenas) desmiente el dicho de que el cristianismo sea la respuesta a una pregunta que hoy ya nadie se hace. Esto quizá pudiera haber encajado de algún modo en la situación de posmodernidad; ahora estamos probablemente un paso más allá, y las viejas preguntas vuelven por sus fueros. La respuesta cristiana no es “ideología”, sino una obra de recreación de lo que hay, bajo el signo de la justicia y de la verdad, que tienen carácter no relativo, sino permanente. La retórica es, ciertamente fácil, pero los hechos la disolverán: la crisis es, a la postre, un acontecimiento que podremos apuntarnos en nuestro haber; desde luego esta crisis coyuntural nos ayudará a salir de la Crisis estructural y eternamente planteada.

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