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La Eucaristía y María – “Un manjar más dulce que la miel” 

Cuando María dice: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” acepta de modo incondicional y responsable el proyecto de Dios. Con fe ciega y amor total se pone a disposición de su Señor, abierta a la acción creadora del Espíritu, realizándose así la gran maravilla: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). Entonces comienza el más que evidente paralelismo entre la disponibilidad de María y la del celebrante en la Eucaristía cuando dice: “Esto es mi cuerpo…”, y entones, repitiéndose la maravilla es cuando ¡el pan se hace cuerpo de Cristo!

María es mujer eucarística con toda su vida. Ella ha practicado su fe eucarística antes incluso de que esta fuese instituida, por el hecho de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo. En María se encarna Cristo total, con su cuerpo mortal, su cuerpo místico y su cuerpo eucarístico. La tradición patrística resalta cómo en el seno de María es donde Jesús fue ungido sacerdote y tomó el cuerpo que luego ofrecería en sacrificio y nos daría en la eucaristía. Todo cristiano debe imitar pues a María poniéndose a disposición de su Señor y abriéndose a la acción del Espíritu, pues hay una analogía profunda entre el fíat de María y el amén que cada fiel pronuncia al recibir el cuerpo del Señor. paralelismo también resaltado en las bellas palabras de la beata Teresa de Calcuta: “Os deseo la alegría de la Virgen que por ser humilde de corazón pudo guardar a Jesús nueve meses en su seno. ¡Qué larga comunión!” .

Cuando en la visitación a su prima Santa Isabel, María lleva en su seno al Verbo se convierte en el primer tabernáculo de la historia. Jesús va irradiando su luz a través de los ojos y la voz de María. Ella nos enseña a ser tabernáculos de Jesús, a irradiar su luz.
Como resalta Juan Pablo II, “el sacerdote pone su boca y su voz a disposición de aquel que las pronunció en el cenáculo y quiso que fueran repetidas”.

amor sin exigencia

Jesús nació en Belén, que en hebreo significa “casa del pan” y fue colocado en un pesebre. El simbolismo eucarístico es evidente: Jesús eucaristía es el pan de vida con que se nutre la comunidad cristiana. “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.» (Jn 6, 51). La carne que Jesús recibió de su madre virgen es el sacramento de la presencia de Dios entre nosotros, es decir, del pan bajado del cielo.

María presenta a Jesús a los pastores, a los pobres, a los magos, a los hambrientos de Dios, y cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés, María lo presentó en el templo de Jerusalén al Señor y lo ofreció como primogénito de la nueva familia humana. Esto mismo exalta San Bernardo cuando aclama: “Oh consagrada Virgen, ofreces tu Hijo y presentas al Señor el fruto bendito de tu vientre. Ofrece por la reconciliación de todos nosotros esta sagrada víctima agradable a Dios. El Padre aceptará por completo esta preciosa oblación”.

Sobre el Misterio del Niño Jesús en el templo, Benedicto XVI, entonces Cardenal Ratzinger, señaló: “María debe aprender a dejar libre a aquel al que dio a luz. Debe llevar hasta el final el sí a la voluntad de Dios: retirarse y poner a Jesús en libertad para su misión. Gran lección para las madres”.
del pesebre hasta la cruz

Las bodas de Caná constituyen también todo un símbolo del banquete eucarístico. María ocupa un puesto central junto a Jesús y contribuye decisivamente a su glorificación. Para Juan Pablo II, “el mandato de Cristo en la Última Cena (“Haced esto en memoria mía”), se convierte en aceptación sin titubeos de la invitación de María (“Haced le que Él os diga”). Con solicitud materna María parece decirnos: Confiad en la palabra de mi Hijo. Él, que transformó en agua en vino, es capaz de hacer del pan y el vino su cuerpo y sangre”.
¿Participó María en la cena pascual? Es posible pues ella también se encontraba en Jerusalén para la pascua y, según el rito judío de la cena pascual, la madre era quien encendía las luces, además de guisar. Sin embargo de lo que no hay duda es de la presencia de la Virgen María en el Calvario ( cfr. Jn 19,25-27). Una presencia nada casual, sino ordenada por Dios.
Puesto que en la caída del primer hombre participó activamente la mujer (Eva), así en la acción reparadora del nuevo Adán intervino también la mujer (María) que Dios le dio por compañera. María ofreció la víctima divina por la salvación de toda la humanidad en perfecta conformidad con la voluntad de su Hijo y de Dios Padre. Lo hizo con fe ciega y con amor inmenso. Y, juntamente con Jesucristo, se ofreció a sí misma. Y ahora lo hace en unión con sus sacerdotes.
Entrando en los planes del Padre, María ofrece místicamente la víctima que libera a mundo, mientras Cristo es realmente sacrificado. Ella representa la humanidad que debe ofrecer el sacrificio de Cristo, junto con Cristo. Representa el sacerdocio que día a día ofrece la víctima sagrada, como si ella hubiera sido la primera sacerdote.
María vivió en plenitud lo que la Iglesia y los fieles estamos llamados a vivir a lo largo de los siglos: unir nuestra vida y trabajos al sacrificio de Jesús que se renueva en todo momento. (cfr. Rm 12; Col 1,24). En el Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte, por tanto también lo que él ha hecho con su Madre para beneficio nuestro: confiarle al discípulo predilecto y entregárnosla en él a cada uno de nosotros: “He aquí a tu madre”.
Vivir en la eucaristía el memorial de la muerte y resurrección de Cristo implica recibir continuamente este don: aceptar a quien nos fue entregada como madre, aprender de ella y dejarnos acompañar por su presencia. Aquí como en Caná, Jesús la llama mujer en alusión a Génesis 2, 22: “De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre” (Gn 2, 22). María es la nueva Eva, la ayuda adecuada que Dios proporciona al nuevo Adán, Jesucristo. Su fiat en Nazaret la hizo Madre del Verbo, su fiat renovado junto a su hijo crucificado la convierte en madre de todos los vivientes. Así se inaugura su maternidad espiritual.

Orígenes comenta al respecto: “María no ha tenido más hijos que a Jesús. Y Jesús dice a su madre: “He ahí a tu hijo”, y no por ejemplo, “he ahí a otro hijo”. María es la madre de la nueva humanidad redimida que nace del costado abierto de Cristo y se nutre de su sangre y su cuerpo eucarístico; el alimento que nos va convirtiendo en Cristo. “En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado” (Ga 2, 19).

Hija de tu Hijo
Jesús nace de María en Belén. En el Calvario, María nace de Jesús, pues todos hemos nacido a la vida inmortal por la muerte de Cristo. María es la primera redimida que goza en plenitud la gracia y liberación conseguida por el divino Redentor. En un himno de san Efrén se expresa María frente a Jesús: “¿Cómo te llamaré? ¿Te llamaré hijo, hermano, esposo, maestro? ¡Oh tú que engendras a tu madre con una nueva generación salida de las aguas! En efecto, soy tu hermana; de la casa de David; él es padre de ambos. También soy tu madre porque te he llevado en mi seno; soy tu sierva e hija por la sangre; el agua, porque tú me has redimido y bautizado” (Diccionario de Mariología, pag 726)
La eucaristía es el memorial de la pasión y muerte redentora de Cristo en el Calvario; no un mero recuerdo, sino un sacramento que hace real y actual la inmolación de Cristo por la salvación del mundo. Como señala Juan Pablo II, este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano que Jesucristo lo ha realizado y vuelto al Padre, solo después de habernos dejado el medio para participar de él como si hubiésemos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él y obtener sus frutos.
La Iglesia como sacramento de Cristo, y María como mediadora de gracia nos comunican los frutos de redención. Como señala San Efrén (s. IV), “tanto la iglesia como María nos dan el pan eucarístico y con él la vida eterna. Pues si la Iglesia nos ha dado el pan vivo, en lugar del ácimo que había ofrecido Egipto, María nos ha dado el pan que conforta, en lugar del pan laborioso que nos dio Eva”.

icono de la Iglesia naciente
Dos grandes amores de la Iglesia oriental son la Eucaristía y María. Su mutua relación la refleja el Epitafio sobre la tumba del San Abercio (siglo III): “La fe en todas partes me guiaba y en todas partes me proporcionaba como alimento un pez que una casta virgen ha pescado y lo distribuía a los amigos para que se alimentaran de él siempre. Ella posee un vino delicioso y lo da mezclado con el pan”. (Dic. de Mariología pág. 725).
Como se recoge en Juan 19, 33-37, la Iglesia y sus sacramentos de gracia han nacido del costado de Cristo abierto en la cruz. La iconografía medieval representa a la derecha de la cruz una mujer que recoge en una copa la sangre del Salvador. A veces se trata de la Iglesia (acompañada de la sinagoga a la izquierda), a veces de María (acompañada del discípulo amado). María es modelo de la Iglesia en la acción de gracias más completa y perfecta que hay, la Eucarístía. Como maestra de intercesión, toda su vida es un Magníficat ininterrumpido, una intercesión constante a favor de sus hijos. Así debe ser también la del cristiano.

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