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La familia natural 

A raíz de la multitudinaria manifestación que hubo en Madrid a finales del año pasado, con motivo de la fiesta o Día de la Familia, en el ámbito de nuestros dirigentes políticos se aseguraba que el gobierno “está haciendo una apuesta decidida y sin precedentes para apoyar a todos los modelos de familia sin imposiciones y libre de prejuicios.

La familia, institución natural que precede a todas las demás creadas por el hombre para vivir en sociedad, admite una serie de definiciones, recogidas en el Diccionario Espasa y en el de la Real Academia de la Lengua Española, en las cuales siempre se hace referencia a los vínculos de sangre expresados de diversas maneras y, también, a la autoridad del señor de la casa y a un “techo común”, en clara referencia a la servidumbre que, en tiempos no muy lejanos, llegaba a ser considerada parte de la familia unida por la sangre, por su lealtad y continuidad en el ejercicio de sus funciones.

Lo que en ninguna parte aparece es la consideración de “familia” aplicada a uniones homosexuales. Lo cual es lógico por su carácter antinatural, sin que este hecho objetivo suponga ninguna discriminación ni condena de las personas que han optado por esta forma de vida. Lo mismo ocurriría si un solitario amante de la naturaleza viviese rodeado de perros, gatos y pájaros. A esta unión podría aplicársele cualquier denominación menos la de “familia”.

La frase citada “todos los modelos de familia” es un eufemismo en el que se incluye toda suerte de uniones antinaturales que corrompen y sutilmente desvirtúan el verdadero concepto de familia; y mantener que se hace sin “imposiciones y libre de prejuicios” es no querer ver el perjuicio de las familias en la mayoría de los españoles.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el porcentaje del PIB destinado en 2006 a la familia era del 1,2, mientras que en Dinamarca, por ejemplo, era del 3,7 y la media de la UE estaba en 2,1, casi el doble que en nuestro país. En cuanto al valor en euros por persona y año dedicado a prestaciones familiares, en España fue de 212, mientras que en Francia llegó a 649, en Alemania a 796, en el Reino Unido a 449, en Dinamarca a 1353, siendo 439 la media de la UE. Así, la prestación media a la familia española por hijo es de sólo 24,25 euros mensuales.

Sin ser el único, este desinterés es un factor importante que incide en el bajo índice de natalidad que sufren las familias españolas: 1,39 hijos por mujer, cuando para que se consiguiera el relevo generacional harían falta al menos 2,21.

La consecuencia de esto es lamentable, sobre todo para la mujer, como muestra otro estudio de la Fundación de las Cajas de Ahorro: el 72% de las que tienen entre 20 y 49 años y que viven en hogares con hijos, están ocupadas a tiempo completo, ya que la mayoría de los hombres no ayudan en las tareas domésticas, de forma significativa y continua, salvo en el caso de que sus mujeres tengan un alto sueldo. Por otra parte, este mismo estudio afirma que el 25% de las mujeres nacidas en 1994 nunca tendrá hijos.

En aquel Día de la Familia se exaltaban los valores de la misma, en contraposición a tantos ataques directos que minan la estabilidad familiar (aborto, divorcio, matrimonios homosexuales…). Otro político reivindicaba tales acciones porque esas cosas suponían “avances en derechos individuales.”

“Los avances en derechos individuales” es algo muy positivo que en toda cultura se debe tratar de conseguir, mantener y mejorar; de no ser así, la cultura en cuestión acaba por desaparecer. Sin embargo, respecto a lo que verdaderamente es cultura y a tales “derechos individuales” conviene tener en cuenta el comentario de Jacques Maritain en su libro “Religione e cultura”: “La cultura es la expresión de la vida propiamente humana, que permite conducir una existencia éticamente conforme a las leyes de la naturaleza y es capaz de impulsar un desarrollo real de las distintas aptitudes presentes en el hombre”. En este contexto es evidente que tales políticas no pueden considerarse “avances en derechos individuales”, porque están en clara disonancia con las leyes de la naturaleza. ¿No habría que hablar, más bien, de una denuncia de costumbres antinaturales que, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia, corrompen la civilización hasta su exterminio?

Por otra parte, es evidente que la Iglesia ha mantenido siempre una posición y exposición clara de su doctrina sobre cuestiones de fe y de costumbres, que ahora lo hace sin empleo de expresiones duras, sin descalificar a ninguna persona, y dirigiéndose a quienes profesan la misma fe que sus pastores, lo que provoca interpretaciones tan sesgadas sobre el pueblo cristiano, sus pastores y sus fieles. Aquí sí que podríamos hablar de prejuicios, pues ¿qué puede importarle a un individuo que no participa de la fe de la Iglesia, que la jerarquía eclesiástica oriente a sus fieles? Por la misma razón podría expresar su indignación si el presidente de un club, al cual él no pertenezca, decide aumentar la cuota mensual que pagan sus socios.

Con estos ejemplos de opinión, entresacados de afirmaciones de personas que se consideran laicistas, progresistas y, además, demócratas, se ha tratado de poner de relieve el abismo que separa a quienes participan de estas opiniones de la postura que siempre ha mantenido la Iglesia católica.

La concepción del hombre, el sentido de la vida y la visión del mundo entre estos dos grupos es tan opuesta que no es posible establecer ninguna posibilidad de diálogo entre ellos.

El laicismo, que en principio no es más que una doctrina que defiende la independencia del Estado respecto de cualquier organización o confesión religiosa, ha derivado hacia una intransigencia total hacia la religión, en especial la católica: es el paso de un laicismo aséptico a una rabiosa posición laicista de beligerancia pura y dura.

Por eso, la formación laicista parte de unos supuestos relativistas diametralmente opuestos a la concepción cristiana del mundo, de la vida y del hombre. Para ellos Dios no existe o no se ocupa de nada; no hay trascendencia; la finalidad de hombre es vivir gozando haciendo su voluntad, para acabar en el absurdo de la muerte, ante la que no pueden ofrecer ninguna explicación. Así, la familia puede ser cualquier cosa en la que alguien se aparea con alguien, etc.

Entre esta manera de entender todo y el rechazo visceral a lo católico, se ve la inutilidad de cualquier argumentación que pretenda exponérseles. Los argumentos han de servir, únicamente para confirmar en la fe a los que ya son católicos.

Ante esta imposibilidad de diálogo, viviendo a contracorriente en un mundo cada vez más hostil, ¿qué podemos hacer los cristianos para defender nuestra fe, para no vernos arrastrados por las erradas formas de afrontar la vida preconizadas por tantos medios audiovisuales? ¿Cómo conseguiremos desengañar a tantas personas equivocadas por las que Jesucristo, también, ha dado su vida?

A estos interrogantes es fácil contestar: viviendo nuestra fe con coherencia, siendo fieles al Evangelio. Lo que ya no es tan fácil, es ponerlo en práctica, pues supone que no haya división entre la fe que se profesa y la vida que se lleva. Esto es posible si se está convencido de que por mucho que alboroten y se opongan a Cristo, éste vencerá al final. Sabemos que estará con nosotros hasta la consumación de los siglos y que ante Él se doblará toda rodilla. Nuestra labor es la de perseverar. Recurriendo a Él por la oración, sacaremos fuerzas de flaqueza ayudados por el Espíritu Santo y seremos invencibles. La familia es el lugar más apropiado para vivir y contagiar la fe, cuando todos sus miembros participan de estas creencias, oran en común y exponen sus vicisitudes ante los demás haciendo una conversación estimulante, con contenido, a la vez que alegre y distendida.

A título individual, esta manera de actuar se traduce en unas actitudes muy concretas entre las que cabe destacar las siguientes:

Alimentar la fe viviendo unidos a una comunidad de creyentes. No se puede ser cristiano por libre. Jesucristo dijo que a sus seguidores se les conocerá porque entre ellos se darán dos señales: el signo del amor, incluso hasta poder dar la vida por el otro, y el signo de la unidad que todos, como hermanos, formarán entre sí. Es imprescindible fortalecerse constantemente para rechazar los ataques de Satanás, para resistir a las tentaciones y mantenerse firme, cuando los demás, instigados por el Maligno, pongan a prueba nuestra paciencia y la inamovilidad de nuestras convicciones.

Dar testimonio con la palabra y con el estilo de vida. De esta manera se crea un interrogante en quienes no piensan como nosotros o viven dejándose llevar por la corriente sin haberse planteado nunca los grandes interrogantes de la existencia. Cuando se nos dé pie para ello, debemos dar razón de nuestra fe, sin complejos, sin tratar de imponerla, sin entrar en discusiones bizantinas que a nada conducen y hacen perder los nervios. Y, cuando sea necesario, corrigiendo o amonestando por amor, sin malos modos, guiados por el Espíritu que se nos ha dado.

Nunca hemos de juzgar y, mucho menos, condenar a nadie. Nos debe guiar el amor al enemigo. Este amor es el que verdaderamente diferencia a un seguidor de Jesucristo de cualquier otro hombre, es la prueba de fuego del cristiano. Por otra parte, ¿cómo podemos juzgar a nadie si ignoramos las gracias que ha recibido, el uso que ha hecho de ellas y cuál es el tiempo en que el Señor tiene previsto encontrarse con él?

Apertura a la vida. La familia católica ha de estar abierta a tener los hijos que Dios quiera. Él es quien sabe lo que conviene a cada cual. No se puede ser cristiano desconfiando de Dios. Esta apertura a la vida incluye no sólo la procreación, sino también la educación de la prole y, sobre todo, el pasarles la fe.

Tratar de actuar en todo momento según la voluntad de Dios. Este es, en definitiva, el consejo que nunca se debe perder de vista. A cada persona en concreto Dios le asigna una misión. No vivimos para satisfacer nuestros deseos, sino para amar a Dios y a los demás hombres hasta que Él nos llame a disfrutar de la verdadera vida, la eterna a su lado y con cuantos hemos conocido y amado.

Por último, conviene recalcar que nada de esto ha de ser producto de nuestro esfuerzo personal; sería un fracaso. Dios envía gratuitamente su Espíritu a quienes de corazón lo deseen para que se comporten así y, viéndoles, los hombres reconozcan al único Dios.

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