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La fe comienza donde termina el orgullo 
31 de Marzo
Por Juan Alonso

«En aquel tiempo, salió Jesús de Samaria para Galilea. Jesús mismo había hecho esta afirmación: “Un profeta no es estimado en su propia patria”. Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose. Jesús le dijo: “Como no veáis signos y prodigios, no creéis”. El funcionario insiste: “Señor, baja antes de que se muera mi niño”. Jesús le contesta: “Anda, tu hijo está curado”. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: “Hoy a la una le dejó la fiebre”. El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora cuando Jesús le había dicho: “Tu hijo está curado”. Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea».  (Jn 4,43-54)


Jesús viaja desde Samaria hasta Galilea, donde se ha criado, aunque es consciente de que un profeta no es estimado en su propia patria, según había experimentado tiempo atrás en la sinagoga de Cafarnaún. Al llegar a Caná de Galilea, donde había hecho su primer milagro convirtiendo el agua en vino durante las bodas a las que había sido invitado, Jesús hace otro “signo” curando al hijo del funcionario real. La escena evangélica que ha recogido San Juan nos ofrece varias enseñanzas.

Por un lado, vemos a Jesús que pasa haciendo el bien por los caminos de la tierra, como en tantos otros momentos de su vida. El Señor que pasa… anunciando la buena nueva de la salvación y comunicando la alegría del Evangelio a quien está bien dispuesto. Jesús pasa también cerca de cada uno de nosotros todos los días, en las circunstancias más corrientes: la familia, el trabajo, el encuentro con las personas que están necesitadas de ayuda y consuelo. En esos momentos Jesús se manifiesta en nuestra vida, nos ofrece su apoyo y nos encomienda tareas. El problema es que muchas veces no nos damos cuenta: ¡puede haber tantos ruidos que nos impiden escuchar el paso del Señor! San Agustín decía: temo que pase y yo no me dé cuenta. ¡Qué lamentable sería una situación así!

Nosotros hoy hacemos el propósito de fomentar una escucha constante que solo puede nacer de una vida de oración habitual y de una práctica frecuente de los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia. Esos medios alimentan en nosotros la presencia de Dios durante nuestra jornada y nos permiten descubrir a Jesús que pasa.

Por otro lado, el evangelio nos muestra la actitud ejemplar de aquel funcionario real que, siendo extranjero, aparece con una fe mayor que la de los judíos. En efecto, este hombre cree antes, durante y después del milagro de la curación de su hijo. “Antes”, porque solo con oír que Jesús había llegado a Galilea, se marcha veloz y lleno de confianza al encuentro con Jesús para pedirle por su hijo moribundo. “Durante”, porque insiste en su petición a Jesús cuando este pone a prueba su fe: «Como no veáis signos y prodigios, no creéis». Y “después”, porque cuando Jesús le dice que su hijo ya está curado, lo acepta sin haberlo comprobado con sus propios ojos. El modo en que lo expresa el evangelista san Juan es magnífico: «El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino». Y además, añade que cuando anuncian al funcionario la curación de su hijo, «creyó él con toda su familia».

Creer en la palabra de Jesús y ponerse en camino es lo propio de quien desea ser su discípulo. Ponerse en camino significa avanzar siempre sin detenerse. Recordemos la exhortación de san Agustín: «Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes». La Cuaresma nos invita a tomar resoluciones concretas de fidelidad a Jesús, de deseos de santidad, de generosidad apostólica.

“Hagan lío y vayan contracorriente”: ¿no son estas palabras del Papa Francisco una invitación a creer más en Jesús y ponerse en camino?

Juan Alonso García

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