Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, agosto 22, 2019
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La fe de dos militares 

Hay dos centuriones en los evangelios que dan fe en la condición de Jesús como Hijo de Dios: uno es el que le pide que cure a su criado enfermo; el otro, quien después de morir certifica su muerte: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).

De los cuatro actos de fe más importantes que nos ofrecen los Evangelios, dos son profesados por militares ¡y del ejército invasor! (lo cual, si cabe, le da un mayor realce y no ha dejado nunca de asombrarme). Sublime  es el acto de fe que nos ofrece San Pedro cuando, a requerimiento de Jesús, le proclama como “Cristo, el hijo de Dios vivo” (Mt 16,16), respuesta que resume la enseñanza que de Él había recibido, y que nos descubría que, por primera vez, un discípulo había entendido todo y alcanzado a ver que era verdaderamente Hijo de Dios, aunque no fuese la carne la que se lo revelase. Pero ¡claro!, Pedro era discípulo directo del Maestro y vivía con Él. Su gran mérito era haber sido el único apóstol que le supo contestar.

el buen ladrón, Dimas

No menos grandioso y emotivo es el acto de fe realizado por el buen ladrón, a quien conocemos por San Dimas, quien en las puertas mismas de la muerte y después de una atroz agonía, no duda en recriminar al otro delincuente, que sufría también los horrores de la crucifixión y se mofaba de Jesús con los mismos insultos del populacho: “Acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino” (Lc 23,42).

Maravilloso acto de fe y esperanza a la vez, que surgía de la profunda convicción de que Jesús es el Rey de los judíos, por lo tanto el Mesías, luego Dios; que precisamente fue lo que, burlándose, le negaban los judíos que presenciaban su calvario.

Fe completamente recompensada con la promesa de Jesús: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Pero Dimas era judío y como tal  esperaba desde siempre la llegada del Mesías.

Sin embargo, para un romano, el llegar a creer en algún momento con la fe que profesaban los judíos, era muy difícil; no porque no fuesen tolerantes con las religiones de los pueblos conquistados, pues de muchos de ellos habían acogido a sus dioses, a los que agregaban tranquilamente a las largas listas de deidades propias y extrañas, sino que, precisamente por eso, no podían creer en una religión que preconizaba tajantemente que solo existía un Dios, por lo que todos los demás eran falsos, incluido el César, a quien se le atribuía una particular divinidad. Y más nos sorprende que militares de cierta graduación, como eran los centuriones destacados en el país de los judíos, aceptasen sin más a un Dios único, no romano además, si no era debido a un completo convencimiento.

no soy digno de entrar en tu casa

Y así encontramos que son dos centuriones quienes dan fe de la divinidad del Maestro. El primero le pide a Jesús que cure a su criado que está a punto de morir. Su fe es tan grande que le dice que no es necesario que vaya hasta su casa, pues le basta simplemente con decir “hágase” para que su criado se salve.

“Yo también tengo mando y cuando le digo a un Legionario que haga ésto o aquello, lo hace” (Mt 8,9). Tú tienes el poder de hacer un milagro, que solo un dios puede hacer, le está insinuando a Jesús. Pero no era un dios como Júpiter o Marte, no. Era Dios, el de los judíos, el Único. Pues sabía que sólo a uno seguirían estos: al Mesías que había de venir, al Cristo.

Siempre me ha impresionado la contestación de este centurión, compañero mío de armas. Pero me ha impresionado más el pensar que la Iglesia haya conservado sus palabras —Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para salvarme (Mt 8,8)— para ese momento tan sublime de la Santa Misa, cuando se va a recibir el Cuerpo de Cristo en la comunión, como un acto íntimo y colectivo de contrición. No en vano Jesús se admiró diciendo que ni en su pueblo había visto una fe tan grande.

Otro Centurión —quizás llamado Longinos y quizás de la Bética— mandaba el pelotón de ejecución en el Calvario. Cumpliendo con su deber, y sin saberlo, estaba siendo el artífice de la Obra de Dios, efectuando escrupulosamente lo que habían dicho los profetas sobre la Redención del Hijo del Hombre: iba a realizar la segunda proclamación de su divinidad.

Efectivamente, él ordenó que le diesen a beber hiel y vinagre, que no le quebrasen los huesos y que le atravesasen el costado, manando al instante agua y sangre… ¡precisamente lo que estaba escrito! Pues bien, de sus labios salieron las palabras más categóricas de toda aquella tragedia: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios”.

curtido en mil batallas

Él, que había participado con sus chanzas —quizás por su jerarquía no lo hiciese—, que había visto hundido a aquel hombre que se autoproclamaba Dios, que había hecho cumplir a conciencia la orden de Pilatos de azotarlo cruelmente, creyendo que el pueblo de Jerusalén se conformaría con este atroz castigo y así le salvaría la vida, que lo vio humillado con una caña en la mano como cetro y una corona de espinas; él, que tenía el corazón curtido en mil batallas, no tiene reparos en manifestar en voz alta, haciéndose oír a través de los truenos y temblores de tierra, que ese pobre hombre, esa piltrafa humana, es nada más y nada menos que Dios. No dijo éste es el dios de los judíos, ni un dios, dijo sencillamente: Dios. ¡Y acertó!

Téngase en cuenta que una de sus misiones era ser fedatario de que Jesús había muerto, ya que Pilatos, extrañado de que con sólo seis horas de crucifixión estuviera ya muerto, lo requiere para que le atestigüe su fallecimiento y así poder entregar el cuerpo a José de Arimatea. ¿Quién lo iba a saber mejor?  Pues no sólo el centurión certificó al pretor y al mundo entero que había muerto —condición sine qua non para que pudiese resucitar, lo que constituye la columna vertebral de la fe cristiana—, sino que testificó, por los siglos de los siglos —y por eso lo dejaron escrito los evangelistas— que este hombre que acababa de morir, era el Hijo de Dios, del Dios Único de Israel y del orbe. Era Dios, era Cristo el Mesías.

Dos de cuatro. Dos autos de fe, de militares, entre los más claros e impactantes que nos dejaron los Evangelios.

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