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LA FE DE UN INCONFORMISTA 
14 de Febrero
Por Antonio Segoviano

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes (San Marcos 1, 40-45).

COMENTARIO

Nos encontramos, en este texto, con una confesión de fe impresionante: -“Señor, si tú quieres, puedes curarme-.” ¡Qué profunda confianza en el poder y la bondad de Jesús! ¡Qué deseo de ser sanado!

 Me pregunto si, los que nos llamamos cristianos, tenemos ese nivel de fe. Porque todos cargamos con alguna clase de lepra: vicios arraigados, rencores, envidias, egoísmos, iras…

Cristo quiere y puede curarnos; ha venido al mundo para eso. Desea que seamos felices dando y recibiendo amor. Pero ¿queremos nosotros vernos libres de aquello que nos impide amar, y nos hunde en la mediocridad?, ¿no estamos muy cómodos con nuestras lepras interiores, que nos aíslan de los demás? El miedo a cambiar de vida demasiado nos ha llevado a pactar con esos diablillos que, de cuando en cuando, nos asaltan y nos llevan a pecar.

Jesús sólo requiere, para curarnos, que se lo pidamos de corazón, no de boquilla. Sin temor a que nuestra vida se transforme. Porque ni hemos nacido leprosos, ni es ése nuestro destino fatal. Dios nos ha creado para El, para compartir con nosotros Su felicidad.

Este leproso es, sin duda, un inconformista. No se resigna a una vida miserable, apartado de todos, rechazado como un ser inmundo. Él ha creído que Jesús es el Mesías, el único que puede curarle. Su insatisfacción vital le ha llevado hasta el Señor. Él le suplica: le va la vida en ello.

Nosotros llevamos dentro una insatisfacción, que radica en que no somos santos, como nos pide nuestra vocación. Pero no lo somos porque nos hemos conformado con una vida gris y mediocre. Ponemos una vela a Dios y otra al diablo. Los santos han llegado a serlo porque no se resignaron con menos. Buscaron una vida plena, unidos en todo a Jesús, y donde tropezaban con sus limitaciones, pidieron ayuda al Señor con insistencia, con determinación, seguros de ser escuchados. ¡Cuán luminosa sería nuestra vida, si no nos conformásemos con otra, chata y mezquina!

Ciertamente, la oración sincera y no rutinaria es un acto difícil de humildad. Supone reconocer que Dios es otro, y que, ante El, somos mendigos. Pero ¿acaso no es también un acto de honradez con uno mismo, un bajarse del trono al que tantas veces estamos subidos? No es fácil rezar: es un combate contra el orgullo, es desnudar el alma ante Cristo, para decirle nuestras angustias, miserias y necesidades. Pero hay momentos en la vida en que sólo se sale adelante con Su ayuda, y hay que pedirla.

Una vez escuché a un hombre de Dios decir lo siguiente: – “¿Sabéis por qué Cristo no os salva de vuestras esclavitudes? ¡porque no se lo habéis pedido! ¡porque no creéis que pueda hacerlo! ¡si tuvierais fe para estar una noche pidiéndolo, seríais curados de lo que fuera!

Quedé sorprendido de escuchar algo tan obvio como insospechado. Me hice el propósito de probarlo. Y puedo garantizar que es cierto: Cristo tiene poder para curar al hombre de toda esclavitud.

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