Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, agosto 10, 2020
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La fe lo define todo 

Rebeca Reynaud

San Juan, el apóstol amado, dice: Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe (1 Jn 5,4). La fe es batalla y es victoria. Si la fe milita, es seguro el triunfo. La fe es la victoria que vence porque aun antes de llegar al combate, ya va cantando el triunfo.

San Agustín le pedía a Dios, origen de todos los bienes, que le acrecentase la fe. Le pedía que no permitiera que le negara con los desvaríos de su vida, ni le ofendiere con la negligencia o la tibieza de su alma. Y llama a la fe “dulzura y gozo del alma”

Pedirle a Dios una fe que obre en nosotros lo que es agradable a Dios. Pedir una fe que no pueda ser vencida por palabras ni por la persecución.

Dijo el mismo San Agustín que la diferencia entre los herejes y los malos católicos es que los herejes creen falsedades, y los malos católicos no viven según lo que creen (Quaest Evang 12).

Porque Cristo se encarnó y habitó entre nosotros, ya no somos hijos de ira, sino de adopción, y coherederos de Cristo. Y el enemigo nos podría decir: ¿Qué méritos hay en ti para ganar el Cielo? Y yo le puedo contestar: Creo en Dios que me adoptó por hijo suyo y me hizo unas promesas. Sé que él es fiel a sus promesas y es todopoderoso para cumplirlas, y así, lo que falta en mí, sobra en su piedad y en su misericordia.

Existe un vínculo entre la pureza de corazón, la del cuerpo y la de la fe (CEC 2518). Los fieles deben creer los artículos del Símbolo “para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciendo, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen” (San Agustín, fidet symb. 10, 25).

San Juan Crisóstomo dice que la fe nos hace conservar la imagen de Dios que se imprime en el Bautismo, porque aunque esta impresión la haga la Sangre de Cristo para que nunca se borre, es necesario resguardarla en la caja de las buenas obras (Hom 6, 1 In Joan).

 

La fe no es creer que yo puedo, la fe es creer que Dios puede.

La fe no la establece la razón, sino la Sagrada Escritura y la Tradición.

La fe es la respuesta amorosa al amor de Dios manifestado en Jesucristo: La prueba más grande de que Dios nos ama es: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna” (Ioh 3, 16). La fe va desde creer como niños en lo que Dios nos dice, hasta percibir la bondad de Dios en aquello que nos hace sufrir. Lo que distingue al cristiano es la fe, y, concretamente, la fe en que el Hijo de Dios se ha hecho hombre para salvarnos.

El enemigo siembra cizaña como el ateísmo práctico, la envidia, el egoísmo. Los males del mundo nos vienen de los no creyentes: la promoción de la droga, del aborto, de la guerra. Hay que rezar por los no creyentes. ¡Cuántas cosas buenas nos vienen de una persona que tiene fe! ¡Y cuántos males nos vienen de los incrédulos! No reconocer a mi Creador es el origen de todo pecado.

Dios nos diría: Eres único e insustituible en el lugar en que estás, en el momento en que vives, en la situación que he dispuesto para ti. Yo te necesito para esta parcela del mundo, para este momento de la historia. Yo puedo divinizarlo todo si tú me lo permites. Con tu fe te encuentras Conmigo; con tu esperanza te adhieres a mí (¡me abrazas!); con tu amor, unido al mío, construimos el mundo (cfr. Ricardo Sada, Oír tu Voz, Minos, México 2013, pp. 88-89). La confianza que me agrada es la absoluta, la total, no importa que te parezca difícil de entender, o que te rebasen los acontecimientos negativos. La confianza se basa en la esperanza teologal (cfr. Ibidem, p. 66).

A Israel Dios lo llamó a ser diferente a los demás pueblos, y su problema fue que ellos querían ser como los demás pueblos. Y ese mismo problema lo tiene la Iglesia desde los años 60s.

El Señor le dijo a una mujer que está en proceso de beatificación (Josefa Menéndez): El mundo está lleno de odio y vive en continuas luchas: un pueblo contra otro, unas naciones contra otras, y los individuos entre sí, porque el fundamento sólido de la fe ha desaparecido de la tierra casi por completo. Si la fe se reanima, el mundo recobrará la paz y reinará la caridad… Déjate convencer por la fe y serás grande, déjate dominar por la fe y serás libre. Vive según la fe y no morirás eternamente (18 junio 1923).

La fe no se opone a la civilización. Cuanto más arraigada está en los hombres y en los pueblos, más se acrecienta en ellos la ciencia y el saber, porque Dios es la sabiduría infinita. Y donde no hay fe, desaparece la paz, y con ella la civilización y el progreso, introduciéndose en su lugar la confusión de ideas, la división de partidos, la lucha de clases y, en los individuos, la rebeldía de las pasiones contra el deber, y así el hombre pierde su deidad, que es su verdadera nobleza.

Peter Seewald cuenta en su libro Mi vuelta a Dios: Yo no quería conocer la verdad light de la fe. Los sacerdotes que se avergüenzan de las verdades de fe de la Iglesia me aburrían. Su modernidad es tan fresca como la mantequilla rancia. Es una teología que no quema, que no enciende a nadie. Yo buscaba el original, las bases, aunque fueran difíciles de comprender y de aceptar. El cristianismo no es una religión de ególatras; de eso ya me había percatado. Quizás sea esta la razón de por qué la religión de Jesús encuentra tantas dificultades en una sociedad de personas egocéntricas. Yo había estado ausente de ella por más de 20 años… Cuando un periódico alemán me ofreció el puesto de especialista en religión, lo rechacé indignado, no quería tener relación con la fe… y de repente te encuentras en la venerable abadía de Montecassino frente a un cardenal; dejas que te explique la doctrina cristiana y luego escribes libros sobre temas que antes ni siquiera te interesaban. El encuentro con el cardenal Ratzinger me dio el empujón para dar el último gran paso (cfr. p. 114-118).

Benedicto XVI dijo: «La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días».

“Creo en el sol, aunque no brille; creo en el amor, aunque no lo sienta; creo en Dios, aunque él se calle”, decía una inscripción encontrada en una bodega donde los judíos se escondían de los nazis

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