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“La fe lo es todo para ser feliz” 

Entrevista a Pablo Zufía, voluntario en Zambia

Dios tiene razones sabias que nuestra mente y corazón no alcanzan a entender, pero que el tiempo desvela como lo mejor y más acertado. Pablo Zufía creyó haberlo perdido todo cuando la novia y el trabajo le dieron la espalda. Triste y desolado aceptó viajar a Zambia sin más pretensiones que escapar de la desdicha, y justo allí, entre los arrinconadosde la tierra, descubrió que el más pobre era él. Dios, ese Padre paciente que nunca ha dejado de esperarlo y amarlo, aun cuando él se alejara por caminos errados, lo aguardaba en África a través del cariño y la fe viva de sus gentes. De vuelta a España y con un corazón transformado por este encuentro, Pablo afronta el presente con esperanza, sabiendo bien que, en el libro de la vida, la página que firma Dios tiene siempre el mejor final.

¿Cuántos años tienes y qué has hecho hasta ahora? Tengo veintisiete años y soy licenciado en Ciencias del Trabajo. Cuando acabé la carrera y las prácticas me fui a Edimburgo para mejorar el nivel de inglés. Al volver a Madrid, estuve trabajando en una empresa hasta que en junio del año pasado se me acabó el contrato.

¿Cómo has conocido el amor de Dios en tu vida? He nacido en una familia cristiana, aunque hasta ahora no me había tomado muy en serio la fe. Después de estar cuatro años fuera de la Iglesia, el año pasado me acerqué de nuevo a la parroquia, ya que estaba muy “pillado” por una chica, y ella me lo pidió . A los seis meses me dejó y, justo al día siguiente, me informaron en la empresa que no me renovaban el contrato. Me vi hundido y sin los dos referentes en los que me apoyaba: la novia y el trabajo. Ahora sé que Dios lo permitió para que me encontrara fuertemente con Él. En el peor momento de mi vida he descubierto el amor que Dios me tiene, porque ha venido personalmente a rescatarme.

¿Qué hiciste después? Me hablaron de pasar un mes en Zambia con un grupo de jóvenes de la parroquia de Santiago y San Juan Bautista de Madrid y, aunque me quedaba una semana todavía para terminar el contrato de trabajo, acepté como una salida. A los cuatro días ya estaba volando para África. Fue una locura porque tuve que prepararlo todo en un tiempo récord.

lo que guardé lo perdí, solo tengo lo que di

¿Engancha África? Desde el primer minuto que pisas esta tierra, algo especial te seduce. Dicen que cuando regresas a casa, parte de tu corazón permanece allí; el mío sigue entero en África. Del aeropuerto, situado en Lusaka, la capital del país, hasta el pueblo dónde íbamos a vivir tardamos en llegar un día entero en autobús. Solo viendo la sonrisa de los niños —apostados en la carretera para intentar vender un tomate o una pieza de fruta—, la alegría de la gente, su generosidad…, me di cuenta de lo tonto que había sido yo en los últimos años. En una ocasión, vimos a un niño de cinco años que llevaba a hombros a su hermanito de dos, y le dimos un plátano. Lo peló y se lo pasó a su hermano. Cuando quedaba un pequeño trozo, se lo comió; a otra niña le di un pequeño regalo, y antes de aceptarlo me dijo: “¿Y para mi hermano no tienes nada?”. ¡Eso es África!

¿Cuánto tiempo has estado allí? He estado en dos ocasiones; primero un mes con estos jóvenes y luego, enamorado totalmente de Zambia, he vuelto dos meses, pero ya solo. La primera vez estuve en el orfanato de Mufulira, a unos treinta km de la frontera con el Congo, que llevan adelante religiosas franciscanas; en un primer momento llegaron cuatro monjas coreanas, sin saber ni siquiera inglés, y con el tiempo han llegado a formar una comunidad de cinco coreanas y veinticinco monjas nativas. El orfanato acoge a más de cien niños, de los cuales veinte son huérfanos y los restantes vuelven a casa cada tarde. Fue tan genial la primera experiencia que, nada más volver, comencé a preparar el segundo viaje. En agosto me ofrecieron un trabajo, pero lo rechacé porque mi idea era volver en octubre. Algunos no lo entienden, pero lo que he recibido allí no tiene precio. Como me fui tan rápido la primera vez, no pude arreglar los papeles del paro y me he quedado sin la prestación; y esta segunda vez sin el trabajo. Pero no me arrepiento. ¡Zambia me ha hecho encontrarme con Dios y ser mejor persona! Lo demás es solo dinero.

¿En qué consistía tu ayuda? En ayudar a las monjas del orfanato en la granja, pero nada más llegar enfermé de malaria; se contrae por la picadura de un mosquito y, aunque no es mortal en sí, los vómitos y la diarrea pueden provocar deshidratación e incluso la muerte si no se tienen medicinas. Hasta que me recuperé totalmente, estuve en el orfanato. La granja, aparte de ser su medio de subsistencia es también un centro de enseñanza agrícola y ganadera. Todo el trabajo es manual, pero se debe hacer muy bien para que germine y dé fruto. Las lluvias allí no son el chirimiri de Bilbao; a los treinta segundos de comenzar a llover, la tierra está totalmente empapada, por lo que no basta con hacer un hoyito para plantar la semilla. Estuve siete semanas haciendo de todo: desde contar pollitos, plantar maíz y judías, recolectar, hasta arreglar carreteras y cargar piedras. Lo mejor es que conocí a gente maravillosa.

¿Qué aporta salir de uno mismo y darse a los demás? No siento que me haya dado a los demás, sino más bien que yo he recibido mucho. El sacerdote que nos acompañaba la primera vez lo dijo claro: “¿Alguno cree que realmente viene a cambiar Zambia en un mes?”. Yo fui porque en el fondo tenía necesidad de recibir amor de los demás. Lo único que puedes dar en África es cariño, y encima uno recibe cien veces más. Siento que he ido a curar mi corazón y sanar todas las heridas que tenía pendientes. Allí he aprendido lo que de verdad es el amor, la generosidad, el compañerismo, la amistad… Puede que no tengan nada para comer o solo una pieza de fruta para todo el día ¡y te dan la mitad! Yo al principio lo rechazaba, pero me enteré que es ofensivo para ellos no aceptarlo. Dios puso pequeños ángeles en el orfanato para que me rescataran, porque yo estaba hundido. He descubierto que siempre he sido un egoísta que solo buscaba mi propio interés. Estoy aprendiendo a cambiar. Llevo diez años acumulando y acumulando y ¿para qué? Llegué con dos maletas y me vine con lo puesto; todo lo regalé. ¡Qué menos podía hacer para intentar devolver algo de su impresionante generosidad!

mi hermano es africano

¿Has sentido que somos todos hermanos? Sí. Lo mejor de Zambia es la gente. Allí no necesitan conocerte para tratarte como a un hermano. ¡Hasta la independencia del Reino Unido fue un acto pacífico, sin revolución ni bombas ni guerrillas! No hay problemas entre etnias como en el Congo, o conflictos como en Zimbabwe, los dos países fronterizos. En mi caso, todos los sábados me desplazaba hasta el seminario, que está a una hora de camino en autobús, para asistir a la Eucaristía de la parroquia. Puede parecer que, por ser el único blanco del autobús, la gente se interesaba por mí, pero es que son así. El del asiento de al lado, como veía que yo no tenía nada para comer, me daba una pieza de fruta o la mitad de la suya. Solo una vez me intentaron robar; un tipo me puso la zancadilla y me quitó el móvil, pero conseguí arrebatárselo y salió corriendo. ¡Qué mal me supo que para uno que llevaba puesta la camiseta del Real Madrid —allí todos son del Barça— fuera el único que me quiso robar!

Amamos a Dios cuando amamos a nuestros hermanos. ¿Te has sentido amado por Dios en ellos? Sí, totalmente. Desde el primer momento los niños se te lanzan al cuello. Aunque no podía hablarles porque desconocía su lengua nativa —el bemba—, podíamos comunicarnos con el lenguaje del cariño. Este amor viene de Dios, por eso he descubierto a través de ellos cuánto me quiere Dios, que a pesar de todos los años en que lo he rechazado, Él me busca. La mayoría de la población es católica y reza con devoción. Durante toda la semana esperan la misa del domingo con verdadera ilusión para bendecir a Dios y darle gracias. En Zambia, por lo general, cualquier persona —incluidos los niños— por famélica que esté, se pone su mejor ropa para asistir a lo que es la mayor fiesta para ellos, la Eucaristía. Todo lo hacen con un amor extremo a Dios.

¿Te has visto alguna vez amenazado por ser blanco? En cualquier ciudad grande se puede ver a algún que otro blanco, pero nunca en poblados pequeños ¡y menos en autobús, como iba yo! Sin embargo, siempre he sentido el cariño de la gente. Solo en tres ocasiones he pasado miedo, pero porque estaban borrachos los que se metieron comigo.

esto que soy, ¡eso te doy!

¿Te ha llegado a escandalizar el sufrimiento en este mundo tan desigual? Sí. Al principio de llegar, no entendía por qué unos podemos llegar a tener tanto y otros tan poco; hasta que descubrí que no hace falta tener seguridades —casa, coche, trabajo fijo…—, ya que la fe lo es todo para ser feliz. Entonces llegué a comprender muchos “porqués”.

¿Puedes ver que Dios no se ha olvidado del hombre negro? Los ama y mucho. Podemos pensar que, como no tienen nada o muy poco para comer, Dios se ha olvidado de ellos, pero no es así. Continuamente le están dando gracias. Puedo asegurar que son más felices que cualquier europeo rodeado de comodidades. Al poco de llegar al orfanato la segunda vez murió Estela, una niña de trece años a la que yo ya conocí en el primer viaje. Enfermó un lunes y el miércoles murió, no se sabe de qué. Mi primera reacción ante este acontecimiento fue pensar que, si los europeos ayudáramos más, esto no sucedería. También me hizo cuestionar a Dios: ¿Por qué te la has llevado si lo único que hacía era dar cariño? Pero en el funeral entendí que Él todo lo permite para nuestro bien. El poco tiempo que ella vivió fue más feliz que yo en toda mi vida, y ahora está junto a Dios para siempre. Por eso no siento que se haya olvidado de ellos, sino que los tiene muy presentes.

¿Cómo fue el funeral? El funeral se celebraba en su casa y allí fui con los niños mayores del orfanato. Ella era una de tantas que se iban a dormir a casa. Vivía en el área más pobre de la ciudad, dividida de la parte rica —donde se encontraba el orfanato— por la vía del tren. A pesar del sufrimiento fue una de las experiencias más emotivas que he vivido. Para los niños del orfanato era como una hermana y, a través del canto, manifestaban su sufrimiento, pero también su amor hacia ella.

¿Cómo viven los niños su fe? De una forma consciente y madura, a pesar de su corta edad. Por ejemplo, en el camino de vuelta del funeral una joven de quince años del orfanato me contó su vida: cuando ella tenía tres meses, murió su madre y cuatro meses después su padre, con lo que a los siete meses ya era huérfana. Su abuela se hizo cargo de ella, pero a los diez años se quedó nuevamente sola al morir también esta. Desde entonces vivía con las monjas. Lo contaba con tal naturalidad que yo escuchaba con la boca abierta. Su deseo era acabar el colegio y ayudar a gente como ella que no tenía familia, porque sabía bien el sufrimiento que eso supone. Recuerdo que me dijo: “Dios no se aparta de mi lado; me protege cada día”. ¡Fue una experiencia de fe impresionante! Ella misma el último día de mi estancia en Zambia me dijo: “Pablo, ahora te vas de aquí. Vayas donde vayas y hagas lo que hagas, pregúntate siempre: ¿Esto es lo que quiere Dios que yo haga? Da igual lo que te digan los demás”. Cuando oí esto, pensé para mis adentros: “probablemente acabo de tener la mejor catequesis de mi vida, ¡y de parte de una niña de quince años!”.

sobre ti fijaré mis ojos

Jesucristo cuando nos pide algo, siempre va con nosotros. ¿De qué forma has sentido su presencia y su empuje? Yo no he ido a Zambia por casualidad. Desde el primer momento entendí que Dios me había llevado allí; soy demasiado egoísta y, por mí mismo, nunca hubiese ido de voluntario. La primera vez, al ir acompañado, fue una estancia idílica; por eso decidí volver otra vez, pero solo, y ha sido mucho más profunda la experiencia porque he descubierto que Dios está detrás de todo sufrimiento. Hasta que llegué a Zambia, prácticamente no tenía fe. Ahora lo único que hago es dar gracias a Dios porque me ha cambiado la vida; siento grandes deseos de tener intimidad con Él.

¿Quién es ahora Cristo para ti? Para mí es la Luz; el que me salvado, ha perdonado mis pecados, me ha rescatado de una vida sin sentido… ¡Es una persona viva que me quiere! Ahora tengo paz dentro de mí y un deseo grande de cambiar, de ser generoso, de seguir ayudando a los demás. Mi cabeza y mi corazón se detuvieron en Zambia y allí volví a nacer. Pero a día de hoy, Dios quiere que esté aquí, en Madrid. Me he dado cuenta de cuán equivocado estaba anteriormente en todo lo que hacía, en el trato con mi familia, con tantas cosas… La vida que llevaba antes, ya no me gusta; por eso le pido a Dios que me ilumine el camino por el que quiere que vaya.

¿Has podido ver palpable que Dios tiene un plan de salvación para cada hombre? Sí. Zambia es un país recientemente católico; hace solo dos años que se celebró el centenario de la llegada de los primeros misioneros católicos al país. Como ha sido una colonia inglesa —conocida anteriormente como Rodesia—, hasta su independencia en 1964 estaba plagado de protestantes. Pero el catolicismo se está abriendo camino y ya hay muchas congregaciones católicas de misioneros. La ayuda humanitaria la puede hacer cualquiera, pero el misionero llega más allá que las ONG, porque comparte su vida con ellos, les habla del amor de Dios y de la dignidad que tienen como hijos suyos… A partir de aquí muchos nativos empiezan a tomarse la vida en serio, buscan trabajo, dejan el alcohol, dan por primera vez un abrazo a sus hijos y tratan a sus mujeres como semejantes. El misionero, por amor a Dios y a los hermanos, se deja la piel, pues no es una misión de unos días o meses, sino de la vida entera. Pero los frutos son muchos.

Actualmente en Zambia un 78% de su población vive por debajo de la línea de pobreza. Pero ¿quiénes son realmente los pobres? Nosotros, Europa, los países ricos. Hay dos tipos de pobreza: la del corazón y la económica. Nosotros somos pobres porque tenemos el corazón podrido. Los niños allí tienen una capa de tierra y polvo, ropa vieja, los dientes medio caídos…; pero están felices, tienen cariño y dan cariño.

¿Tienes en mente volver? Sí, claro, es lo que más deseo. De momento estoy buscando fondos para regalarles un microbús a las monjas del orfanato. Les hace mucha falta, sobre todo a la hora de llevar los niños al hospital, puesto que por falta de medios se desplazan andando con ellos en brazos. En época de lluvias es muy habitual caer enfermo de malaria y casi todos los días hay que llevar a alguno al hospital. Si alguien quiere colaborar, la cuenta es 0030 1141 66 0003008271. Dios se lo pagará.

¿Crees que Dios ha sido bueno contigo? Muy bueno. Me ha cuidado y me cuida en todo momento, sin tener en cuenta los muchos momentos en los que le he rechazado; ha roto las cosas del pasado que tanto sufrimiento me han provocado y me regala una vida nueva y plena… ¡Es alucinante!

Responder a “La fe lo es todo para ser feliz”

  1. Javier Flamarique

    Muchas gracias por tu testimonio Pablo. Impresionante. 1 abrazo

     

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