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La felicidad de la TELE 

Cuando un presentador guapo y sonriente nos invita a ser felices desde la pantalla de televisión, ¿a qué se refiere? Cuando se acaba el programa de la televisión, ese presentador guapo, ¿sigue sonriendo?, ¿sigue tan guapo o era todo maquillaje? ¿Dónde está la felicidad que nos venden? ¿Qué es la felicidad?
Si preguntamos a la gente qué entiende por felicidad, la mayoría nos dirá que es disfrutar de la vida, no pasar penas ni dolores, hacer siempre lo que te apetece, tener dinero y gastarlo en lo que te mola, sentirte bien con la persona que te atrae, tener mucha salud, ser gente guapa y tener  muchos amigos y amigas que te quieran porque eres alguien guay: la felicidad de la televisión.
Pero el que busca la felicidad de la tele en esta vida, es como el mosquito que se golpea una y otra vez  contra el cristal de la bombilla por intentar llegar al filamento. El alcohol y las drogas son un ejemplo de estas sustancias generadoras de felicidad efímera y fugaz. Pasan factura siempre y a veces tan cara que no compensa la felicidad que se compró con ellas. Estos brotes de felicidad son como la sonrisa del presentador de la  tele, que finalizado el programa, la guarda, quizá hasta la próxima grabación, porque puede que en su vida no haya otro motivo para sonreír salvo la obligación de su contrato televisivo.
“Me he jubilado anticipadamente para disfrutar más de la vida, para ser más feliz y, a los dos años, me veo ingresado en un hospital porque he perdido mucho peso, me encuentro mal y no sé lo que me pasa”. Así me hablaba hace poco un hombre que esperaba la felicidad de una buena indemnización por una jubilación anticipada. Pronto habrá que decirle que la razón de su malestar es un  tumor avanzado que le  dejará vivir unos seis meses, a pesar del tratamiento. No contó en sus planes con el regalo permanente de la salud, un regalo de Dios, como todo lo que recibimos en cada instante.
Otros apoyan su felicidad en un coche deportivo, que a los dos años les parece pasado de moda y ya sueñan con cambiarlo. Una chica guapa puede hacernos feliz, pero cuando los años la hacen menos guapa, ya no somos tan felices. La casa de mis sueños, decorada a mi antojo, se convierte en una jaula, un antro de profunda soledad, porque mi mujer me ha abandonado…
Para otras personas, la felicidad es un simple fin de semana divertido: bailar, beber, reírse mucho, practicar sexo y todo eso que todos hacen, imitando la felicidad de la tele, la de las chicas y chicos majos y sonrientes que no tienen ningún problema y son  siempre muy simpáticos y amables. Esos que nunca envejecerán ni padecerán sufrimiento alguno. Esa felicidad es un auténtico fraude, pero consigue que todos nos la creamos y que corramos trás ella, estrellándonos contra el cristal una y otra vez.
Hace poco, un hombre que acompañaba a su mujer gravemente enferma de cáncer y que había sufrido una recaída de su estado general, me comentaba con sencillez que tenía en casa a  una hija con una enfermedad neurológica tan severa que permanecía en la  cama inmóvil desde hacía 30 años y precisaba ayuda para todo. También me contó que tenía nueve hijos, pero que a uno le atropelló un coche cuando tenía cinco años y aún no lo olvidaba. No vi reproche en su rostro. Sabía sonreír y agradecer. No había rebeldía ni desesperación en su vida. Sus palabras estaban llenas de sosiego. Pensé: ¿Cómo se  puede vivir una vida así con serenidad? El  hombre me miró con dulzura y me dijo estas sencillas palabras del Evangelio: “Señor, si es posible pase de mí este cáliz; pero no se haga  mi voluntad, sino la tuya”. Yo asentí emocionado y él no tuvo que decirme nada más. ¿Era feliz ese hombre? Sin duda, para muchos, ese hombre era un pobre desgraciado, porque su felicidad no era de televisión y anuncio. Pero ¿qué era lo que tenía ese hombre que le permitía afrontar tantas desgracias sin sentirse desdichado? Tenía a Dios en su vida.
Si mi vida corre sin Dios, buscaré algo que llaman felicidad fuera de Él y no encontraré al final a  ninguno de los dos.
Si mi vida discurre junto a Dios, la felicidad está junto a mí, aunque no tenga sabor a vainilla, como la tele me dice.
Al final, siempre es preferible tomar algo bueno y de calidad, aunque sepa  amargo, que el dulce sabor de la mentira.

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