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La fiesta de la gran familia humana 
28 de diciembre
Por Alfredo Esteban

«Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. y a ti, una espada te traspasará el alma.”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba». (Lc 2,22-40)


Hoy comentamos dos celebraciones, una importante para el mundo y la otra importante para mí y también comentamos un revuelto de palabras. En primer lugar me centraré en las dos celebraciones: de una parte es el día de la Sagrada Familia, día para celebrar la familia encumbrada por unos, maltratada por otros, pero a su vez situada en el centro de un mundo caótico, creando vida y aportando esa chispa de relación que permite a los seres humanos reconocernos, entendernos, comprendernos y hasta llegar a querernos; y de otra el aniversario de mi boda y por tanto el aniversario de la creación de una nueva familia. Gracias por las dos fiestas.

Si nos asomamos a la historia de la salvación y en la medida en que la paternidad de los antepasados se va concibiendo más espiritualmente, se va haciendo también más universal. Con Abraham serán bendecidos todos los pueblos de la tierra. Jesús nos enseñará a decir a Dios Padre nuestro… Esta paternidad de Dios nos capacita para ver a los otros hombres como hermanos, y si Dios es padre en tanto que ama y perdona, nosotros somos hijos en tanto que obramos de la misma manera con todos nuestros hermanos. Esta es la fiesta de la gran familia humana.

En segundo lugar hablaremos del revuelto de palabras: familia, ley, costumbres, ritos, cumplimientos, acción de gracias y bendiciones. Todas ellas son una buena noticia, nos ponen delante en un primer término del cumplimiento de una ley menor, cotidiana, cultual, que cumplen la familia de Nazaret. María, José y Jesús cumplen con las normas o leyes que existen en el pueblo judío y que configuran e identifican a una sociedad y cultura. “Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor”.

En el Antiguo Testamento la Ley está ligada a la Alianza: Dios hace promesas y pone condiciones al pueblo de Israel. Estas condiciones o exigencias son en realidad una gracia, pues van a permitir hacer de Israel un pueblo sabio para buscar hacer la voluntad de Dios. Esto se aplica ante todo a los mandamientos morales del Decálogo, centro de la Torah; pero también se aplica a las normas civiles y cultuales, que van a ser centro de la vida cotidiana. Este nexo de la ley con la Alianza explica que en Israel no haya otra ley más que la de Moisés.

La nueva ley que trae Jesús en el Nuevo Testamento se resume en amar a Dios y amar al prójimo como a sí mismo. En las relaciones de los hombres entre sí esta regla de oro de caridad contiene toda la ley y los profetas (Mt 7,17). El cumplimiento de la ley por parte de María y José trae consigo la acción de gracias y las bendiciones por parte de Simeón y Ana. La bendición tiene que ver con la justicia, la abundancia, el bienestar y la paz. En definitiva, tiene que ver con la riqueza de la vida y la fecundidad.

La llegada de Jesús al mundo suscita en Isabel, en Zacarías, en Simeón, en Ana y en María misma una oleada de bendiciones. Ahora bien, la bendición de Dios, en el sentido pleno de la palabra, es sin duda su Espíritu Santo. Los grandes temas de la bendición, el agua, el nacimiento, la vida, la fecundidad, la plenitud y la paz, el gozo y la comunión son frutos del Espíritu Santo.

Alfredo Esteban Corral

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