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La fiesta eterna 
Por Juan A. Tuñón

«En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: “¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!”. Jesús le contestó: “Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: ‘Venid, que ya está preparado’. Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor’. Otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor’. Otro dijo: ‘Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir’. El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: ‘Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’. El criado dijo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio’. Entonces el amo le dijo: ‘Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa’. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”». (Lc 14, 15-24)


Este evangelio es una nueva palabra de amor de Dios para con el hombre, un Dios creador de cielo y tierra que da la oportunidad al hombre de ir al cielo, de ir a su fiesta, a la fiesta eterna. Dios es el que elige y el que invita. Por un gran misterio desconocido por el hombre invita y elige a quien quiere a su casa. Desea que todos los hombres se salven, pero también elige a unos para salvar a los otros, porque en su infinito amor entrega al hombre lo más preciado que puede tener, la libertad para salvarse y para condenarse; la libertad de elegirlo o despreciarlo.

En este evangelio, la fiesta del Señor es el cielo al que invita a todos, aunque a unos antes que a otros. Pero hay hombres muy ocupados en si mismos, en su hacienda, en sus afectos, en sus bienes, en definitiva, en mirarse a sí mismos… Y está claro que cuando nos miramos a nosotros no vemos más que nuestras propias narices, con lo que no distinguimos el camino a seguir que nos lleva al cielo.

Este pasaje, aun siendo como es una palabra de Amor, no deja de ser una palabra difícil de cumplir, en la que se habla de la elección del Señor y nos invita a estar atentos.

El Señor hace una llamada, pero si estás más pendiente de tu ego que de escucharlo, la invitación a su casa será ocupada por otro que esté más atento a su palabra y a su llamada.

Una vez más Dios quiere que formemos parte de sus elegidos, y quien escucha esta palabra es uno de ellos. Tan solo es cuestión de querer y pedirle que nos dé fuerzas para luchar contra nuestros egoísmos e idolatrías y que son los que nos alejan de Dios.

Juan Antonio Tuñón

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