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La gran ‘fake news’ sobre las ‘fake news’ 

En la reciente Jornada Mundial de la Comunicación, el Papa nos alertaba contra las ‘fake news’, exactamente igual que llevan haciéndolo CNN, el New York Times y el resto de medios ‘de prestigio’ desde la victoria de Donald Trump.

Hoy me gustaría compartir con el lector, más que la glosa de una noticia concreta, una desasosegante impresión derivada de muchas de las últimas que nos llegan, una sensación que, por lo que colijo a partir de numerosas conversaciones, es común a muchos.

No pretendo que tenga más importancia que la que tiene, aunque admito que, siendo débil, me entristece.

Verán: el católico que no se ha retirado del siglo vive por fuerza en dos mundos paralelos. Si, por un lado, comparte la misma realidad y, por tanto, la misma actualidad que todos sus congéneres, por otro lado tiene la vida de la fe y, en punto a actualidad, la de la Iglesia.

Hasta hace relativamente poco -no necesito precisarles cuánto-, estos dos mundos se distinguían marcadamente, no en cuanto a los hechos, sino en su interpretación. Uno esperaba encontrar en lo que nos llegaba de Roma mensajes muy diferentes de los que procedían de los medios seculares.

En ocasiones, los temas, las prioridades informativas, eran muy distintas, recordándonos Roma nuestra condición de ‘homines viatores’ que están de paso y poniendo continuamente ante los ojos la realidad sobrenatural. En otras, los asuntos coincidían con los de los periódicos, pero en una interpretación a menudo contrapuesta.

El católico se sentía más rico, más completo con esta doble información, consiguiendo con la segunda poner en perspectiva y encontrar una explicación de la primera a la luz de su fe.

Y esa es la impresión de la que hablaba al principio: que la agenda de Roma se ha adaptado en todo o casi todo a la del mundo. Hay, naturalmente, aquí y allá referencias inevitablemente religiosas -tampoco muchas, la verdad-, pero lo que nos llega de Roma, sus prioridades y preocupaciones, no parecen diferir mucho de las que se leen en los editoriales de The New York Times o se debaten en la ONU, con unas conclusiones muy semejantes, cuando no idénticas.

En la reciente Jornada Mundial de la Comunicación, el Papa nos alertaba contra las ‘fake news’, exactamente igual que llevan haciéndolo CNN, el New York Times y el resto de medios ‘de prestigio’ desde la victoria de Donald Trump (¿coincidencia? no lo creo) y que empiezan a hacerlo los propios gobiernos europeos.

No es, naturalmente, que me parezca mal que se alerte contra las noticias falsas; nada puede haber más cristiano que el énfasis en la verdad, y muy especialmente en la periodística, cuando nuestra fe no proviente tanto de una doctrina como de una Buena Noticia. Es que cualquiera que conozca el asunto sabe que el debate sobre las ‘fake news’ no se refiere solo o especialmente a noticias demostrablemente falsas, sino al desafío que una miriada de medios pequeños en Internet plantean al Pensamiento Único y al monopolio informativo de un puñado de medios controlados por el mundo financiero.

“Las noticias falsas revelan así la presencia de actitudes intolerantes e hipersensibles al mismo tiempo, con el único resultado de extender el peligro de la arrogancia y el odio”, ha declarado el Papa. ¿Dónde he visto yo esa “intolerancia hipersensible” últimamente?

Pero es solo un ejemplo. ¿Las élites reunidas ahora mismo en Davos defienden la desaparición de las fronteras? El Papa denuncia los ‘muros’ y se convierte en el principal apostol de la llegada masiva de inmigrantes, contra el juicio incluso de sus colegas africanos en el episcopado, que ven cómo se despueblan sus diócesis y pierden sus sociedades a sus miembros más dinámicos y emprendedores.

¿El Cambio Climático es prioritario para la ONU? Pues también es prioritario para el Vaticano, declarando Francisco “perverso” incluso cuestionar este dogma de nuestra era, al tiempo que se nos pide que no nos “obsesionemos” con temas tales como el aborto o la familia.

No presumo de ser objetivo ni imparcial; ya he advertido que se trata de una impresión, pero es la impresión de que mi Iglesia, a estos efectos, en vez de ser un lugar donde se me habla de otras realidades más altas o se me da otra visión sobre las mundanas, sigue con algún retraso la agenda informativa del mundo, calcándola cuando es posible hasta en las urgencias y los sesgos.

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