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La historia desconocida de los monasterios españoles 

El dibujante y escultor Miguel Sobrino reivindica, en su libro Monasterios (ed. La Esfera de los Libros), las biografías desconocidas de alguno de los cenobios españoles que, durante siglos, mantuvieron y divulgaron gran parte del saber antiguo. Es un libro que nos invita a disfrutar de un patrimonio cercano, y a profundizar en nuestra deuda histórica con el fenómeno monástico

Por muy extraño que parezca, los monasterios nos incumben más de lo que nos imaginamos. Entre sus piedras se acrisolan historias que enlazan nuestro destino con el de todos aquellos monjes que habitaron entre sus paredes durante siglos. Fueron ellos quienes nos legaron el saber antiguo, gracias a su trabajo de copistas, quienes abrieron sus puertas a la enseñanza y quienes nos descubrieron que la tierra podría ser más productiva, mientras asentaban las bases arquitectónicas que darían lugar a las catedrales. Debemos mucho a ese puñado de valientes que quisieron alejarse del mundo y acabaron convirtiéndose en una de las piezas fundamentales de su vertebración. En el libro Monasterios (ed. La Esfera de los Libros), su autor nos invita a dar un paseo por la historia de los cenobios españoles, desde la época visigoda hasta la actualidad, recorriendo monasterios asentados en parajes únicos, como Leire, o resguardados entre las grietas de una montaña, como San Juan de la Peña, o colgados al borde del mar, como el de Oya, y otros que engrandecen núcleos urbanos como San Juan de los Reyes, en Toledo, o Santo Tomás, en Ávila.

Del pastor Millán, al monje Beato

En sus páginas, descubrimos, por ejemplo, que la raza del caballo cartujano, quizá la mas prestigiosa del mundo, tiene su origen en los monjes de la cartuja de Santa María de la Defensión, en Jerez de la Frontera, que allá por el siglo XV se dedicaron a la cría de caballos; o que, ahondando en terrenos gastronómicos, en el Monasterio de Piedra se hizo por primera vez chocolate en el Viejo Mundo y se creó la primera piscifactoría que existió en España.

Originariamente, los monjes eran ermitaños. La palabra monasterio procede del griego mono, que significa uno solo. Eran personas solitarias, como el pastor Millán, que en el año 490 tuvo una revelación que lo llevó a buscar una vida dedicada a la oración y el retiro. Tras diversas vicisitudes, se fue a vivir a una cueva cercana al monte de la Cogulla, donde el eremita, ya reconocido como santo, murió a la edad de 101 años. A finales del siglo X, se fundó un monasterio sobre la antigua gruta de San Millán. Cuando, un siglo después, se quisieron trasladar a Nájera los restos del santo, el carro de bueyes que portaba sus reliquias se quedó clavado en el suelo. Todos entendieron que el ermitaño quería permanecer en ese lugar, por lo que se levantó un nuevo monasterio, pero asentado al pie del valle. Así nació el monasterio de Yuso.

Nos acercamos a Liébana, una comarca cercada por los Picos de Europa, donde, hacia el siglo VIII, por miedo al avance musulmán, se trasladaron a uno de sus monasterios los restos de santo Toribio, junto con el que asegura la tradición que se trata del fragmento más grande de lignum crucis que existe en el mundo. En ese monasterio vivía un joven monje llamado Beato, que se hizo muy popular por su apasionada defensa de la ortodoxia frente a la herejía del adopcionismo. Al entonces arzobispo de Toledo, Elipando, se le ocurrió un modo de contemporizar con los árabes: propuso que Jesús sólo era hijo adoptivo de Dios, con lo que se limaban aristas con quienes lo veían como un simple profeta. Beato rebatió esta teoría con gran solidez y recibió por ello las felicitaciones del mismísimo Carlomagno, pero lo que realmente convirtió en inmortal al futuro san Beato fueron sus Comentarios al Apocalipsis de San Juan, redactados por primera vez en el año 776. En el siglo X, se produjo una auténtica fiebre por copiar este libro en los monasterios leoneses, lo que dio lugar a los famosos beatos, joyas de la bibliografía mundial. Siglos más tarde, el Papa Julio II otorgó al monasterio de Santo Toribio de Liébana la potestad de celebrar Jubileo los años en los que la fiesta local cayese en domingo.

La larga estela del Camino de Santiago

A finales del siglo XI, aquellos peregrinos que se aventuraban por los tramos centrales del Camino de Santiago, seguro que se toparon con dos grandes sujetos trabajando mano a mano en sus calzadas, o construyendo puentes, o levantando hospitales y ermitas. El maestro se llamaba Domingo, y su aprendiz, Juan, y la historia los recordará por haber dado origen a la ciudad de Santo Domingo de la Calzada y al monasterio de San Juan de Ortega, situado en los montes de Oca. En otra parte del Camino, se encuentra el monasterio de Santo Domingo de Silos, que también se convirtió en otro gran foco de peregrinación. Hoy podemos disfrutar de su claustro, joya del arte románico mundial, gracias a que quienes quisieron tirarlo abajo en el siglo XVIII se quedaron sin dinero. Además, este monasterio no corrió la misma suerte que muchos otros en la desamortización, porque su último abad, Rodrigo Echevarria, no lo abandonó, y a lo largo de 20 años se dedicó a proteger su tesoro artístico. Piedras, silencio, arte y oración: éstas son parte de las resonancias que encierran nuestros monasterios.

Eva Fernández

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