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La hora de la familia 

Al leer este título alguien podrá quizá preguntarse cómo es posible hablar de la “hora” de la fa-milia en pleno siglo XXI: ¿no es la familia una institución antigua y desbordada por los torrentes de la historia? ¿Acaso no es represora y coarta la libertad y el desarrollo de sus miembros? ¿No está ya superada ?

La respuesta a estas preguntas es, obviamente, negativa. Que estamos viviendo un renaci-miento del interés por la familia lo atestiguan, entre otros aspectos, la gran cantidad de libros publicados recientemente sobre ella. No nos referimos a libros, trabajos y estudios académi-cos o dirigidos a especialistas –que nunca han dejado, gracias a Dios, de producirse- sino de obras dirigidas al público general, a toda la sociedad.

En los dos últimos años, entre otros que podríamos citar, se han publicado títulos tan intere-santes como “En defensa de la familia” (Benigno Blanco), “La familia. La institución de la vida” (Ignacio Sánchez Cámara), “La familia, desafío para una nueva política” (Mariano Martínez-Aedo, Lola Velarde y Eduardo Hertfelder), o más recientemente, “Familia: los debates que no tuvimos” (Benigno Blanco y Juan Meseguer).

Con un formato de una extensa y pausada entrevista, este último aborda temas tan funda-mentales para el futuro de nuestra sociedad como la identidad de la familia, la defensa de la dignidad de la vida humana o la libertad de educación. Su título, “Familia: los debates que no tuvimos”, hace referencia a la falta de un debate serio y profundo sobre estas cuestiones, no entendiendo por tal los rifirrafes político-mediáticos resueltos siempre por el rodillo ideológico de la mayoría parlamentaria del momento. Los autores se rebelan contra la impo-sición del pensamiento único políticamente correcto, derivado de la ideología dominante ac-tual que es la teoría de género.

ni contigo ni sin ti

Según diversas encuestas, la familia es reiteradamente una de las instituciones más valoradas de nuestra sociedad pero, al mismo tiempo, se la denigra y agrede de múltiples formas: normas legales que dificultan sus funciones, crítica conceptual, caricaturización en los me-dios, etcétera.

En el plano particular se reconoce, generalmente, el papel fundamental de la familia: ayuda a todos sus miembros en momentos de crisis y dificultad, da cobertura y protege cuando el estado del bienestar deja desamparadas a las personas, sirviendo de colchón que amortigua los efectos negativos tanto para el individuo como para la sociedad que, de no ser por la fa-milia, se podría ver sometida a fuertes tensiones sociales. Es clarificadora, en este sentido, la definición de William Bennett (ex Secretario de Educación y Comisario Nacional del Plan contra la Droga en USA): “La familia es el primer y mejor Ministerio de Sanidad, el primer y mejor Ministerio de Educación, y el primer y mejor Ministerio de Bienestar Social”.

En cambio, en el plano teórico-conceptual se la puede criticar y anatematizar: coarta la liber-tad de sus miembros; es un lugar de autoritarismo y de transmisión de una concepción pa-triarcal, sino machista sin más, de la sociedad; ejerce la represión de determinados instintos o comportamientos, especialmente en materia sexual y de roles sociales; es un entorno tradi-cional y conservador.

¿Cómo es posible este contrasentido? Veamos por qué se ha producido este doble fenómeno simultáneo de aceptación social y rechazo conceptual.

Tomás Melendo, defensor de la familia al igual que los autores citados, ha denunciado que “la familia viene siendo, desde hace ya muchos lustros, el centro de ataques organizados de toda una civilización.” Esta visión la concreta Juan Meseguer señalando la existencia de “ideologías antifamiliares”: marxismo, feminismo radical, el movimiento de la revolución sexual. Cada una a su modo ha presentado la familia como una institución opresora, nacida de una cultura impuesta por los poderes dominantes. Estas posiciones provocaron que durante los años setenta del siglo pasado estuviera de moda anunciar la “muerte de la familia.”

Estos ataques continuados produjeron efectos muy negativos en la conciencia social y en la propia institución familiar: desestructuración y fracaso, menor nupcialidad, mayor conflicti-vidad y aumento incesante de las rupturas matrimoniales, reducción de la tasa de natalidad incluso por debajo del umbral de reemplazo generacional, mayor número de hijos concebidos fuera del matrimonio, incremento del individualismo y de la conflictividad intergeneracional…

El profesor Alsina señalaba que los ataques a la familia en la modernidad tienen algo de incomprensible desde el punto de vista humano. “¿Cómo es posible que la sociedad procure su propio mal? ¿Cómo es posible este sistemático debilitamiento de la institución familiar, cuando el mundo se ve tan necesitado de ella?” Algunos decenios antes el genial Chesterton ya expresaba esto mismo diciendo que “el que ataca a la familia no sabe lo que hace porque no sabe lo que deshace”.

ni la familia ha muerto, ni Dios ha muerto para las familias

Nuestra sociedad, ante la grave situación creada, y quizá más por necesidad que por virtud, ha empezado a reaccionar, aunque muy lentamente. En esta reacción, de tipo cívico y social al principio y jurídico-político posteriormente, tuvo un papel relevante la reciente doctrina social de la Iglesia que, como “Madre y Maestra”, ha ayudado a iluminar nuestra razón con recientes documentos magisteriales.

El Concilio Vaticano II (1965) ya definió a la familia como “célula primaria y vital de la sociedad”. El Beato Juan Pablo II, viendo el panorama social existente, pero al mismo tiempo el vigor y fuerza interior de la institución, proclamó en la Exhotación Familiaris Consortio (1981), que “el futuro de la humanidad se fragua en la familia”, señalando diez años después en la Encíclica Centesimus Annus (1991) que “la primera estructura fundamental a favor de la ‘ecología humana’ es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado y, por consiguiente, qué quiere decir en concreto ser una persona.”

Por ello, asimismo recordaba este Santo Padre tan querido, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1994, que “como núcleo originario de la sociedad, la familia tiene de-recho a todo el apoyo del Estado para realizar plenamente su peculiar misión. Por tanto, las leyes estatales deben estar orientadas a promover su bienestar, ayudándola a realizar los co-metidos que le competen.”

También Benedicto XVI se ha referido a este asunto en su Encíclica Caritas in Veritate (2009): “Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir propo-niendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad haciéndose cargo también de sus problemas económicos y fiscales, en el respeto de su naturaleza relacional.”

más familia y menos Estado

Las desastrosas consecuencias de las políticas familiares adoptadas al amparo de las ideolo-gías antifamiliares, junto a las voces que poco a poco se han ido levantando a favor de la familia, han provocado una vuelta paulatina al reconocimiento del papel insustituible de esta institución para el futuro de nuestra sociedad. Este reconocimiento ha ido adquiriendo cada vez mayor relevancia, llegando a plasmarse en documentos oficiales de diverso rango jurídico que no han hecho más que intentar poner en práctica de modo efectivo lo que ya se pro-clamaba en la Declaración Universal de Derechos Humanos al decir que “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y que tiene derecho a la protección de la so-ciedad y del Estado” o en el artículo 39.1 de nuestra Constitución, al señalar que “los Poderes Públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”. Vemos, además, que hay sintonía plena con las posturas eclesiales antes reseñadas.

Citando solo algunos ejemplos podemos señalar que un Informe del Parlamento Europeo (A6-0520/2007) indicaba que “la futura estrategia de la UE debe reconocer el importante pa-pel de la familia como institución social clave para la supervivencia, la protección y el desarrollo del niño”. En el mismo año, la Comisión Europea, en un Dictamen sobre “La fa-milia y la evolución demográfica” (SOC 245 – CESE 55/2007) proponía “animar a los Países Miembros a incorporar la dimensión de familia en sus políticas económicas y sociales”. Por último, una Comunicación de la Comisión (COM 2009 180/4) que trataba sobre el enve-jecimiento de la población, actualmente uno de nuestros problemas más graves, recordaba que “la renovación demográfica requiere el desarrollo de un clima social receptivo a las ne-cesidades de las familias, un cambio hacia una sociedad receptiva hacia la maternidad y la creación de condiciones que permitan una mejor conciliación de la vida laboral y familiar”.

Por esto hablamos de que es la ‘hora’ de la familia. Ahora que las viejas y trasnochadas ideologías han fracasado por las terribles consecuencias de su irracional ataque a la institución familiar; ahora que los distintos poderes de diversos ámbitos y niveles se están dando cuenta del papel fundamental de las familias; ahora que nuestra sociedad, en estos graves tiempos de crisis económica y moral, está comprobando que la familia es el lugar donde cada uno es valorado por lo que es y no por lo que tiene o produce, es el lugar a donde siempre se puede volver, es el lugar que atiende a todos sus miembros en la enfermedad, el desempleo, las dificultades o la dependencia; ahora es el momento de que las familias reclamemos nuestro papel en la sociedad, sin ánimo de revancha pero con firmeza, puesto que estaremos trabajando por el bien común y por el futuro de nuestros hijos.

En este sentido, el ya citado Tomás Melendo reclama que los padres de familia tienen que actuar como “agentes de transformación de la sociedad en que viven”. Algo similar, aunque en tono más radical, proclamaba Chesterton: “si queremos preservar a la familia debemos revolucionar la nación.” Por último, recurrimos una vez más a la autoridad de Juan Meseguer: “Para que las familias puedan desempeñar el papel activo que les corresponde en la sociedad, propongo tres medidas revolucionarias. Primera: conceder a las familias aptitud para ser titulares de derechos, puesto que lo son ya de obligaciones. Segunda: limitar cualquier intervención del Estado en la vida de las familias, especialmente las que se refieren a la libertad de enseñanza. Y tercera: favorecer la comprensión de la familia como sujeto impulsor de soluciones sociales, y no como mero objeto de políticas públicas”

Veamos, una vez más, lo que dice la Iglesia sobre el papel de las familias como actores so-ciales y responsables de su propio destino. En efecto, Juan Pablo II puso de manifiesto que “las familias deben crecer en la conciencia de ser ‘protagonistas’ de la llamada ‘política fa-miliar’, y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferen-cia.”

La visión católica de la naturaleza humana no contradice, ni mucho menos, los datos de la realidad y de la ciencia. Es más, como hemos visto tanto en la definición de la familia como en la cuestión de su necesario papel activo en la sociedad, las intuiciones y posiciones de la Iglesia se ajustan perfectamente a una concepción racional y científica de la antropología humana. Como tantas veces han recordado Juan Pablo II y Benedicto XVI, fe y razón, reli-gión y ciencia, no se contradicen, se complementan. Esto ya lo expresó Robert A. Millikan, Premio Nobel de Física en 1923: “A mi juicio jamás se encontrará una verdadera contradic-ción entre la fe y la ciencia.”

Ante la crisis económica y de valores, ante las crisis o conflictos personales, la respuesta está en la vuelta social a la familia y en el apoyo institucional a la misma. La respuesta no es, pues, más soledad, más individualismo, más aislamiento o, mucho menos aún, más Estado. La respuesta, eficaz y natural, es más familia. Es su hora.

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