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La ilógica lógica de la Suprema Corte 

La resolución de la Suprema Corte de Justicia es realmente desconcertante: “Como la finalidad del matrimonio no es la procreación, no tiene razón justificada que la unión matrimonial sea heterosexual, ni que se enuncie como ‘entre un solo hombre y una sola mujer’”. Perdón la ignorancia, pero si no tiene como uno de sus fines esenciales la procreación, ¿para qué sirve?, ¿cuál es su finalidad? Siempre se argumenta: “hay parejas que no pueden tener hijos”, y es verdad; sin embargo, aparte de que se trata de una excepción, suele ser además motivo de pena, no es lo deseable, esas parejas quisieran tener hijos, y si no lo desearan, aunque fueran heterosexuales, no serían matrimonio, sino una unión sentimental, unos amantes por ejemplo.

¿Por qué no son matrimonio los amantes o las parejas sentimentales?, porque su finalidad y sentido es otro muy diverso, una finalidad sentimental y emotiva, valga la redundancia, que nada aporta a la sociedad civil, y que no precisa por ello de ningún tipo de reconocimiento jurídico, como no lo tiene, por ejemplo, el hecho de que dos personas sean mejores amigos. Esta dimensión humana, pudiendo ser importantísima para la vida de los interesados, es irrelevante para la sociedad, y por eso no precisa de una peculiar institución jurídica que la regule, legitime y defienda.

¿Por qué el matrimonio sí? Precisamente por los hijos, porque da lugar a una familia, en el seno del cual se desarrollan las personas, rebasando así los límites de lo estrictamente emotivo e individual, aportando a la sociedad su “materia prima”: las personas; no solo en lo que a existencia se refiere, sino también en lo que a su maduración respecta, a su crecimiento y formación armónica como individuos dentro de una sociedad. Se aprende a vivir en sociedad en el seno de una familia, por eso a la sociedad le interesa tutelar la familia, y particularísimamente el matrimonio, origen de la misma. Eso ha sido así desde los albores del derecho, desde el derecho romano. En este sentido la Suprema Corte se desmarca de una convención de milenios.

La Suprema Corte nos sigue admirando, cuando se refiere a la definición de matrimonio como unión entre un hombre y una mujer. “Dicha enunciación resulta discriminatoria en su mera expresión” afirma lacónicamente. Cabría contra argumentar: dicho planteamiento hace imposible definir cualquier realidad, despoja de sentido al lenguaje. Se yo defino el taco como “tortilla enrollada que contiene carne”, ningún agravio le hago a la “torta ahogada”. Según el planteamiento de la Corte sí lo hago. Definir es delimitar, poner límites supone excluir algunas realidades, de forma que se torne comprensible, es decir, delimitado, lo que deseo definir. Si quito los límites arbitrariamente, convierto en ininteligible aquello que deseaba definir.

Frente a este tipo de razonamientos solo cabe la reducción al absurdo. ¿Es discriminatorio decir que el matrimonio es entre hombre y mujer? Estupendo. ¿No resulta también discriminatorio el que no me pueda casar con mi hermana?, y ¿si deseo hacerlo con mi perro?, ¿no me están discriminando?, o ¿conmigo mismo?, ¿por qué no puedo casarme conmigo mismo si es mi más profundo deseo?, o ¿por qué reducirlo a dos personas? Si de hecho algunos procuran practicar sexo en grupo, ¿por qué no darles el grado de matrimonio?, o ¿por qué no puede ser matrimonio una unión eventual con una prostituta?, ¿no es discriminante el hecho de precisar que se debe tener una cierta estabilidad?, ¿no discrimina a todos aquellos que desean tener sexo sin estabilidad y compromiso?, ¿por qué no se puede llamar matrimonio a su conducta?

Desde la perspectiva adoptada por la Suprema Corte no es posible responder a estas preguntas, o mejor dicho, todas ellas caben en la nueva institución matrimonial mexicana, la cual está vaciada de su contenido para no “discriminar a nadie”. ¡Enhorabuena!, las parejas del mismo sexo pueden acceder al matrimonio en México… la mala noticia es que la diferencia entre ese “matrimonio” y nada es nula. Es un papel que pueden colgar de su oficina, que les costó algo de dinero, y nada más, pues en esa pseudo-institución cabe todo.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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