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LA IMPUREZA DEL CORAZÓN 
7 de Febrero
Por Tomás Cremades

Llamó de nuevo Jesús a la gente y les dijo: “Escuchad y entended todos: Nada que entre por fuera puede hacer al hombre impuro. Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo. “¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre por fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la letrina. (Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió: Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro, y hacen al hombre impuro” (Mc 7,14-23)

Siempre que comenzamos a meditar sobre la Palabra de Vida que es el Evangelio, es conveniente leer los versículos anteriores para meterse dentro del “cuadro”, dentro del contexto de ese momento. Y así vemos que Jesús llamó de nuevo a la gente. Sucedió que había una controversia en si los fariseos se lavaban las manos antes de comer, y los discípulos de Jesús no. La Ley de Moisés, con más de seiscientos preceptos, cargaba sobre los hombres de tal manera, que quedaban oprimidos. Jesús viene a liberar a los hombres, no a romper la Ley, sino a darle plenitud y cumplimiento.

Y no puede ser más explícito: lo que hace impuro al hombre es lo que sale de su corazón. Y, curiosamente, ¡no lo entienden! Ni los discípulos tampoco.

De hecho, Jesús les recrimina su falta de entendimiento… ¿No comprendéis? La Ley de Moisés señalaba los alimentos impuros, tales como la carne de cerdo, y demás.

Eso no hace impuro al hombre. Lo que come se va a la letrina, como sabemos, como sabían. Jesús habla de la impureza del corazón. No tanto ya de la impureza como entendemos los pecados contra la castidad, de pensamiento o de obra, sino entendida como “idolatría”, como seguimiento a los ídolos, como abandono de la Ley, pero de la Ley de Dios. Y desmenuza con precisión, diríamos ahora coloquialmente, “para torpes”, los pecados más comunes en que el hombre cae habitualmente, con el agravante de pensar que ni tan siquiera lo son.

Es lo que en la Escritura se llama “necedad”, lo opuesto a la sabiduría; a la Sabiduría como atributo de Dios.

No están todos en el mismo orden de gravedad, por supuesto, ya que incluso en esa época, el adulterio, – de las mujeres, no de los hombres, – ¡cuidado! Estaba castigado con la lapidación hasta la muerte.

Pero es que ahora, pecados como la murmuración, el orgullo, la envidia, la difamación, la codicia, el desenfreno, el fraude…están a la orden del día, y, por desgracia, pueden considerarse hasta “un valor añadido”.

Y es que hemos tergiversado incluso el significado de las palabras. Todos decimos “enseñar en valores”. Palabra pagana. Hemos de enseñar a nuestros hijos en “virtudes”. No es lo mismo.

Los no cristianos, no los juzgamos como buenos o malos. El juicio es de Dios, no nuestro. Pero también tienen lo que ellos llaman “valores”: honestidad, amabilidad, respeto a los mayores, ayuda al prójimo (mientras a mi no me perjudique) ¡Ojo!

Ceden el sitio a una señora en el metro, abren la puerta para que pasen los más débiles (mujeres y niños…) Y consideramos “jocoso” y gracioso cuando alguien se emborracha, en esta época, donde se comete el pecado de gula, del que, probablemente nadie se confiesa.

Y es que pecados así, predisponen al relajamiento del alma, de tal forma, que todo se convierte en “relativo”. Gran problema este de la relatividad de las cosas.

Y todo ello está muy bien. Son también valores cristianos. Cuando todo ello se hace por amor, cuando se tiene presente a Jesucristo en el hermano, entonces cobra valor de “virtud”. Nos recordará Juan en el Epílogo del Evangelio, que a Dios nadie lo ha visto jamás, sólo el Hijo Único Jesucristo, que es quien lo ha dado a conocer.

A Dios lo vemos en Jesús, y si no amamos al hermano, no podemos amar a Dios. De ahí nace la virtud.

Pues queda muy claro, dónde tenemos que “trabajar” nuestro corazón, para no caer en esa impureza, en ese abandono de Dios.

Alabado sea Jesucristo

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  1. Liliana

    Mal

     

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