Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, septiembre 19, 2019
  • Siguenos!

La justicia de Dios 
14 de noviembre
Por Pedro Barrado

«En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: ‘Hazme justicia frente a mi adversario’. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: ‘Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara’”. Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”». (Lc 18,1-8)


El texto de hoy forma parte de las instrucciones de Jesús camino a Jerusalén. Para Lucas, esta «sección del camino» (9,51-19,27) es muy importante, no solo por el espacio que le reserva —nada menos que diez capítulos—, sino también porque ha insertado en ella destacadas enseñanzas de Jesús. En concreto, la parábola de nuestro texto de hoy tiene que ver con la fidelidad en la espera de la llegada del Hijo del hombre y con el papel de la oración en ella.

La introducción del texto, con su referencia al desánimo, y su final, con la pregunta de Jesús, nos ponen sobre la pista de la situación de la comunidad lucana, una comunidad que probablemente encuentra dificultad en que aún no se haya producido la «parusía», que era el término con que los primeros cristianos aludían a la «segunda venida» de Jesucristo en gloria. En efecto, esta creencia, la de la inminencia de la aparición gloriosa de Cristo, fue característica de la primera generación cristiana (puede verse, por ejemplo, en las más antiguas cartas de San Pablo, por ejemplo 1 Tes).

La parábola que cuenta Jesús presenta, como ocurre con frecuencia, una situación más o menos habitual (una viuda que trata de que un juez le haga justicia) en la que aparece un elemento extravagante. En este caso, la extravagancia reside en la descripción del juez, que es todo lo contrario de lo que cualquier persona mínimamente sensata esperaría: un juez inicuo al que no le importan ni Dios ni los hombres. Sin embargo, el razonamiento del juez es impecable, humanamente hablando (los malos son malos, pero no tontos). De ahí sacará Jesús precisamente la «moraleja» de la historia. Una moraleja que se hace con un tipo de argumentación conocida en la antigüedad: a fortiori o minus ad maior la llamaban los retóricos greco-latinos. Los rabinos la conocían como qal wahomer («ligero y pesado»): si algo se puede decir de lo menos o aplicar a lo pequeño, con mayor razón se podrá decir de lo más o aplicar a lo grande. En nuestro caso, si un juez injusto es capaz de hacer justicia, cuánto más no la hará aquel que es el Juez justo por antonomasia.

Jesús habla de la actitud que han de tener sus discípulos: su fe y su confianza deben ser fuertes. Ese es el único requisito que se pide. Porque el otro, la voluntad de Dios, se da por supuesto. En efecto, si la parábola deja algo claro es que la justicia de Dios hacia los seres humanos está asegurada, porque Dios es un Juez justo (y cuando hablamos de justicia de Dios, hablamos de misericordia). Lo que hace falta entonces es «asegurar» la actitud de los hombres, para lo cual es bueno tener como modelo el de la viuda de la parábola: una mujer caracterizada por la carencia (en Israel, las viudas son prototipos de la persona vulnerable y pobre, ya que no tiene protección), pero que utiliza la única arma que le queda: la insistencia.

Pedro Barrado

Añadir comentario